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Entrevista a Isabelle Stoffel: “Quien cree tener siempre todas las respuestas deja de aprender”

Isabelle Stoffel es una actriz suiza afincada en España con una sensibilidad exquisita y una mirada transparente, tan auténtica como la verdad que impregna a todos los personajes que interpreta. Actriz fetiche de Jonás Trueba, ha participado en buena parte de su filmografía; el mes pasado la pudimos ver en la magnífica Iván & Hadoum, de Ian de la Rosa, y este 17 de julio estrena Apuntes para una ficción consentida, el debut en la ficción de la documentalista Ana Serret Ituarte.

Íntima, delicada y profundamente humana, la película reflexiona sobre la escucha, la nostalgia, la búsqueda de la propia identidad y el deseo de encontrar un lugar al que pertenecer. También reflexiona sobre el modo en que nuestras decisiones transforman el mundo que habitamos: desde la gentrificación de las ciudades hasta el impacto que ejercemos sobre el entorno natural, los demás y nosotras mismas.

Póster de Apuntes para una ficción consentida.
Póster de Apuntes para una ficción consentida.

Hablamos con Isabelle Stoffel

– ¿Dónde estudiaste?

Estudié interpretación en la Escuela Superior de Arte Dramático de Berna, en Suiza. Es una escuela pública, equivalente a la RESAD española, pero en la suiza alemana.

Cuando llegué a España ya llevaba años trabajando como actriz. Antes había vivido cinco años en Berlín y, una vez instalada aquí, seguí formándome porque creo que esta profesión exige una renovación constante. He hecho seminarios de cine con Mariano Barroso, de teatro con Andrés Lima y también he trabajado con Hassan Kuyaté, de la compañía de Peter Brook. Siempre siento la necesidad de seguir aprendiendo para no repetirme. Además de necesario es muy gratificante.

Apuntes para una ficción consentida se mueve constantemente entre la autobiografía, la ficción y el documental. ¿Qué fue lo que más te atrajo de la propuesta cuando Ana Serret te la presentó?

En realidad, todo nació mucho antes de que existiera la película.

Conocí a Ana después de ver La fiesta de otros, un documental precioso sobre las personas que trabajan en las verbenas. Me impresionó muchísimo la dignidad con la que retrataba a sus personajes y la sensibilidad con la que observaba ese mundo. Después de la proyección empezamos a hablar y enseguida descubrimos que compartíamos muchas inquietudes.

Soy actriz, pero también dirijo, y en ese momento yo estaba desarrollando en Suiza un proyecto de audiowalks, muy parecido al trabajo que realiza Lea en la película. Había surgido porque el director de una residencia de ancianos me propuso montar una obra de teatro con los residentes. Sin embargo, pensé que quizá no era la mejor opción: muchas de aquellas personas rondaban los noventa años, tenían dificultades de movilidad y memorizar un texto podía convertirse en un obstáculo.

Entonces decidí darle la vuelta a la idea. Empecé a entrevistarlos para escuchar sus vidas y grabar sus recuerdos. Pensé que aquellas historias merecían ser conservadas y que el formato sonoro permitía registrar sus voces con toda la calma necesaria hasta encontrar la forma adecuada.

Precisamente por aquellas fechas Ana estaba trabajando en un proyecto sobre su padre, que más tarde acabaría convirtiéndose en la película El señor Liberto y los pequeños placeres. Él padecía demencia, así que nuestras conversaciones giraban continuamente alrededor de la memoria, la escucha y la manera en que el cine puede acercarse a esas experiencias.

Fue un encuentro muy bonito. Recuerdo que al despedirme pensé: “Qué pena que Ana haga documentales, porque me encantaría trabajar con ella”. Años después decidió dar el salto a la ficción y me propuso este proyecto.

La película no habla exactamente de mí, pero sí parte de algunos elementos de mi vida: los audiowalks, el hecho de vivir entre dos países o de empeñarme en trabajar en otro idioma. De alguna manera, nuestras trayectorias confluyeron de una manera muy natural.

Isabelle Stoffel en Apuntes para una ficción consentida.
Isabelle Stoffel en Apuntes para una ficción consentida.

La verdadera fortaleza consiste precisamente en aceptar el mundo en el que vivimos y permitir que otras personas entren en nuestra vida y en nuestra historia.

Isabelle Stoffel

– Lea es una actriz suiza que intenta encontrar su lugar en Madrid, un recorrido que dialoga inevitablemente con tu propia biografía. ¿Dónde termina Isabelle y dónde empieza Lea?

Cuando Ana escribió el guion comprendí enseguida que Lea no era yo. Hay elementos de mi vida que sirvieron de inspiración, pero la película pertenece completamente a la mirada de Ana.

Ella tomó algunos aspectos muy concretos de mi experiencia y construyó un personaje propio. Al preparar el papel tuve incluso un momento de cierta inseguridad, porque sentía que no podía afrontar el trabajo de la manera habitual.

En muchas películas construyes un personaje desde fuera: estudias su psicología, preparas un recorrido muy preciso y la propia estructura narrativa va guiando la interpretación. Aquí era diferente. Sabía que Ana no quería una construcción completamente ajena a mí, pero tampoco podía limitarme a ser yo misma delante de la cámara.

Así que el trabajo consistió en comprender profundamente el guion, entender la mirada de la directora y confiar en que el personaje aparecería durante el propio rodaje. Fue un proceso basado en la confianza. En aceptar que el cine también es el arte del instante y que muchas cosas solo suceden cuando estás ahí, delante de la cámara.

Hay películas que avanzan constantemente de un acontecimiento a otro. Esta, en cambio, se detiene. Observa los pequeños gestos cotidianos, a la poesía de lo cotidiano: quitarse unas botas, coger una bicicleta, desplazarse de un lugar a otro… Son acciones aparentemente sencillas, pero ahí es donde la película busca la intimidad del personaje. Esa forma de mirar exige una interpretación distinta.

– Hay una idea muy bonita en la película: que actuar también consiste en aprender a mirar. ¿Qué cosas te ha enseñado la interpretación a observar en la vida cotidiana que antes pasaban desapercibidas?

Fundamentalmente a la observación y la escucha.

La interpretación me ha enseñado la importancia de observar y de escuchar, tanto a los demás como a mí misma. Me ha obligado a preguntarme y revisar constantemente por qué doy determinado significado a las cosas que me pasan o si realmente podrían interpretarse de otra manera.

Existe una mirada hacia el exterior al intentar comprender a las personas con las que te encuentras y descubrir por qué actúan como actúan, pero también una mirada interior. Ambas son inseparables.

Otro paso que para mí es fundamental es hacer que el personaje sea verdaderamente mío. No en el sentido de convertirlo en Isabelle, sino de darle una verdad interior. Si un personaje se queda únicamente en una construcción técnica, corre el riesgo de convertirse en una cáscara vacía. Solo cuando pasa por uno mismo adquiere alma y puede transmitir algo auténtico al espectador.

– Has trabajado con cineastas como Jonás Trueba y ahora protagonizas una película profundamente personal de Ana Serret. ¿Qué tienen en común los directores que más te interesan?

Lo resumiría en muy pocas palabras: un amor incondicional por el cine.

Una pasión absoluta por este oficio.

– La película plantea muchas preguntas y muy pocas respuestas. ¿Te gustan las películas que dejan espacio para que el espectador complete el sentido de la historia?

Sí, mucho.

Me gusta que el espectador forme parte de la película. Que no sea una obra que simplemente le explique algo, sino que lo invite a convivir con los personajes. Cuando sucede eso, inevitablemente el espectador aporta también una parte de sí mismo. Creo que ahí es donde el cine se vuelve realmente vivo.

– Da la sensación de que la película reivindica la vulnerabilidad como una forma de fortaleza. ¿Compartes esa idea?

Absolutamente.

La vulnerabilidad hace que nuestra piel sea más fina, que las cosas nos afecten más profundamente. Pero, al mismo tiempo, también nos vuelve más accesibles para los demás.

Creo que la verdadera fortaleza consiste precisamente en aceptar el mundo en el que vivimos y permitir que otras personas entren en nuestra vida y en nuestra historia. Solo así podemos aprender unos de otros.

La palabra “vulnerabilidad” suele asociarse a la fragilidad, pero para mí también implica una enorme apertura. Y esa apertura es imprescindible para seguir creciendo.

Isabelle Stoffel en Apuntes para una ficción consentida.
Isabelle Stoffel en Apuntes para una ficción consentida.

Uno de los grandes motores de la vida es la curiosidad. Para aprender hay que permitirse dudar, dejarse afectar, reconocer que uno no lo sabe todo. Quien cree tener siempre todas las respuestas deja de aprender. Se vuelve impermeable: ya no puede dejarse conmover ni transformar por los demás.

La película también reflexiona sobre el oficio de actuar. Después de tantos años de carrera, ¿qué has descubierto sobre la profesión que no imaginabas cuando empezabas?

Creo que, cuando decidí ser actriz, en realidad no sabía muy bien dónde me metía (risas). Y ahora pienso que quizá eso era lo mejor.

Siempre digo que, si al nacer nos entregaran una lista con todo lo que vamos a vivir, probablemente ni siquiera nos atreveríamos a empezar.

Mi decisión de estudiar interpretación fue bastante conceptual. Me interesaba muchísimo la psicología, pero pensaba que una carrera universitaria me haría echar de menos el arte. Y, al mismo tiempo, si estudiaba Bellas Artes, temía perder esa dimensión intelectual que también necesitaba.

Entonces pensé que la interpretación reunía ambas cosas. Una actriz tiene que leer, comprender a las personas, intentar entender formas de vivir muy distintas a la suya y, además, expresarlas a través de su propio cuerpo y de su propia voz. Pensé que este oficio lo tenía todo.

Lo curioso es que llegué a la escuela sin haber hecho teatro antes. Entré casi por intuición y, una vez allí, descubrí que la mayoría de mis compañeros ya tenían experiencia sobre los escenarios. Poco a poco comprendí que mi instrumento de trabajo y expresión no era un pincel ni un papel: era yo misma. Mi cuerpo, mi voz, mi fantasía.

Y eso es algo que nunca termina de aprenderse.

Nunca llega un momento en el que puedas decir: “Ya sé cómo se hace”. Siempre aparecen nuevos personajes, nuevas formas de entender el mundo y nuevos directores con los que construir un lenguaje distinto. Cada película crea su propia manera de trabajar y uno sigue aprendiendo constantemente.

– La película habla del desarraigo, pero también de la posibilidad de construir un hogar lejos del lugar de origen. ¿Existe un momento en el que una persona deja realmente de ser extranjera o esa sensación nunca desaparece del todo?

Depende mucho de las circunstancias y de cómo una persona consiga integrarse en el lugar donde vive.

Probablemente esa sensación nunca desaparece del todo. Siempre queda un trasfondo distinto, una parte de ti que pertenece a otro lugar.

Pero, en realidad, creo que la película habla de algo mucho más amplio.

Lea encuentra determinados obstáculos porque viene de otro país, y eso hace que sus dificultades sean muy visibles. Sin embargo, todos tenemos obstáculos. En ella se ven con más claridad porque la cámara los enfoca, pero todos luchamos contra algo.

Por eso siento que, de alguna manera, todos somos Lea.

En la película hay un momento en el que el personaje de Violeta Rodríguez, que como Lea, también es actriz, también habla de aquello que considera un obstáculo: ser demasiado alta, tener una determinada apariencia… Lea carga con su acento; otras personas con inseguridades completamente distintas.

Todos tenemos algún frente abierto en la vida en el que luchamos y del que podemos sacar oro.

Y muchas veces es de los obstáculos donde nos podemos hacer como especialistas. Donde adquirimos una experiencia que nadie más posee. Es lo que nos hace únicos y especiales. Auténticos.

¿Qué mérito tendría ser una persona completamente “normal”?

Al final, todos encontramos dificultades en nuestro trabajo, en nuestra familia o en cualquier otro aspecto de la vida. Y, con el tiempo, esos obstáculos pueden convertirse en el lugar desde el que construimos algo valioso.

Muchas veces, aquello que más nos cuesta tanto termina convirtiéndose en nuestro mayor tesoro.

¿Crees que el cine contemporáneo está perdiendo el miedo a no explicarlo todo? Como espectadora, ¿disfrutas más de las películas que dejan preguntas abiertas?

Creo que pueden hacerse muy buenas películas de muchas maneras distintas. Me gusta un cine muy diverso y disfruto con propuestas muy diferentes.

Pero sí siento una especial “amistad” por aquellas películas que no lo explican todo. Me gusta que lancen preguntas y que dejen espacio para vivir ahí dentro un poco.

Isabelle Stoffel.
Isabelle Stoffel.

Cuestionario furioso de Isabelle Stoffel

Película favorita: Es imposible elegir solo una… Tony Erdmann, de Maren Ade; Secretos y mentiras, de Mike Leigh; First Cow, de Kelly Reichardt; La quimera, de Alice Rohrwacher; El séptimo cielo, de Andreas Dresen; Habla con ella, de Pedro Almodóvar; La ciénaga, de Lucrecia Martel; Carol, de Todd Haynes, El ángel caído de Buñuel… Y, por supuesto, todas las películas de Jonás Trueba.

Serie favorita:  No veo demasiadas series, veo mucho más cine. Pero me gustó mucho The Architect.

Libro favorito: ¿Tiene que ser uno? (risas). Ahora mismo estoy leyendo Como bestias, de Violaine Bérot. También me gustó mucho A cuatro patas, de Miranda July; Modos del deseo, de Caroline Emcke; y la poesía de Hilde Domin.

Cómic Favorito: Maus, de Art Spiegelman.

Cantante o grupo de música favorito: Tulsa.

Artista plástico favorito: Rebecca Horn.

¿Un miedo tecnológico? La deshumanización.