‘Furious’: una de las grandes series de 2026
Furious, la serie de Hulu que en España podemos ver en Disney+ es una auténtica delicia. Una obra mayúscula con espectaculares interpretaciones y una ambientación oscura y realista que te remueve desde el primer episodio hasta el último. La serie creada por Elizabeth Meriwether enfrenta a unas increíbles Emmy Rossum (El fantasma de la ópera) y Lola Petticrew (Al descubierto) en un thriller que utiliza la persecución de una asesina para adentrarse en un territorio bastante más incómodo: el de la violencia contra las mujeres, los límites de la justicia institucional y el momento en que una víctima deja de comportarse como esperamos de ella.

Furious: cómo sobrevivir al poder masculino
La ficción criminal lleva décadas diciéndonos cómo debe comportarse una buena víctima. Debe sufrir, por supuesto, pero también debe hacerlo de una manera que permita al espectador reconocer inmediatamente su inocencia. Su dolor tiene que ser comprensible, sus decisiones razonables y su comportamiento posterior al trauma lo suficientemente ejemplar como para que nuestra empatía permanezca intacta. Puede estar destrozada, pero no resultar demasiado desagradable; puede sentir rabia, siempre que finalmente aprenda a canalizarla; puede desear venganza, aunque normalmente alguien deberá recordarle que llevarla a cabo la convertiría en aquello que odia. Furious comienza a resultar interesante precisamente cuando decide acercarse a una mujer que no está dispuesta a cumplir esas reglas.
Furious construye su historia alrededor de Alice Black, una agente del FBI interpretada por Emmy Rossum, y Catherine, la joven a la que da vida Lola Petticrew. La primera intenta detener unos crímenes mientras la segunda parece haber encontrado en la violencia una forma de responder a aquello que anteriormente se ejerció contra ella. La estructura podría conducir fácilmente hacia el conocido juego del gato y el ratón entre policía y asesina, pero Furious comprende pronto que su verdadera historia se encuentra en otro lugar. Lo que enfrenta a Alice y Catherine no es únicamente una investigación criminal, sino dos maneras incompatibles de relacionarse con la justicia.
Alice todavía cree, o necesita creer, que las instituciones pueden funcionar. Su mundo está construido sobre procedimientos, pruebas, investigaciones y responsabilidades. Catherine pertenece al otro extremo de esa lógica. Su experiencia parece haberle enseñado que confiar en esos mecanismos puede significar permanecer indefensa mientras quien ha provocado el daño continúa viviendo con una normalidad insultante. Entre ambas aparece entonces la pregunta que recorre toda la serie: qué ocurre cuando la persona que debería confiar en la justicia llega a la conclusión de que la justicia no tiene nada que ofrecerle.
Ahí es donde Furious encuentra su dimensión más perturbadora. Catherine no funciona como una heroína y sería un error convertirla en una especie de icono feminista de la venganza. Su pasado permite comprenderla, pero comprender las razones de alguien no equivale a absolver sus actos. La serie se mueve constantemente dentro de esa contradicción y encuentra en ella buena parte de su fuerza. Podemos reconocer la legitimidad de una rabia sin aceptar necesariamente aquello que una persona decide hacer con ella.

Catherine: la obligación de ser una víctima perfecta
Existe una vieja sospecha cultural hacia las víctimas que no se comportan como esperamos. Cuando una mujer denuncia una agresión examinamos sus actos anteriores y posteriores en busca de una coherencia que raramente exigimos en otras circunstancias. Queremos saber por qué estaba allí, por qué volvió, por qué mantuvo el contacto, por qué no denunció inmediatamente o por qué parece demasiado tranquila al contar lo sucedido. Detrás de muchas de estas preguntas permanece la necesidad de construir una víctima perfecta que permita separar con absoluta claridad a inocentes y culpables.
Catherine amenaza esa división porque no es una mujer construida para tranquilizar al espectador. Lola Petticrew compone un personaje capaz de generar empatía y rechazo prácticamente al mismo tiempo. Su vulnerabilidad convive con su capacidad para manipular, su experiencia del daño con su propia violencia y su condición de víctima con decisiones que tienen consecuencias para otras personas. Furious se resiste así a una idea que continúa apareciendo con demasiada frecuencia en la ficción: que haber sufrido convierte automáticamente a alguien en una persona moralmente superior.
La propuesta resulta más interesante precisamente porque tampoco recorre el camino contrario. Catherine puede hacer cosas terribles sin que eso borre lo que le ocurrió. Ser culpable de un acto no impide haber sido víctima de otro. Parece una distinción evidente, pero buena parte de nuestra cultura sigue teniendo dificultades para aceptar simultáneamente ambas realidades, especialmente cuando hablamos de mujeres.
El trauma, además, no produce personajes ejemplares. Puede generar miedo, aislamiento, conductas autodestructivas, dependencia, obsesión o una rabia difícil de controlar. La ficción suele seleccionar las consecuencias que resultan más cómodas para el público y descartar aquellas que amenazan nuestra identificación con la víctima. Furious decide internarse precisamente en ese espacio menos confortable.
Por todos esos motivos y una interpretación inolvidable por parte de Lola Petticrew, Catherine se convierte en uno de los mejores personajes (¿villana?) femeninos que hemos podido disfrutar en una serie de los últimos años.

Furious: la violencia femenina todavía nos incomoda
La cultura popular ha mostrado una enorme tolerancia hacia la violencia de los hombres. El cine y la televisión están poblados por protagonistas masculinos traumatizados que matan, golpean y torturan mientras el relato nos invita a comprender las heridas que explican su comportamiento. Algunas de las figuras más celebradas del thriller y del cine de acción son hombres cuya violencia aparece vinculada a una pérdida, una humillación o una injusticia previa.
Cuando la violencia pertenece a una mujer, nuestra relación con ella cambia. La ira femenina continúa tratándose con frecuencia como una emoción que necesita explicación, contención o cura. Incluso en ficciones supuestamente transgresoras, la mujer que se venga suele necesitar una justificación extraordinaria que permita al público acompañarla sin sentirse moralmente incómodo.
El propio título de Furious sitúa la rabia en el centro del relato. No se trata únicamente del enfado de Catherine, sino de una emoción que atraviesa a muchas de las mujeres que aparecen alrededor de la historia y que nace de la sensación de no haber sido escuchadas, protegidas o creídas. La serie no necesita defender que esa rabia sea siempre constructiva para reconocer que puede ser perfectamente racional.
Quizá una de las preguntas más interesantes que plantea sea precisamente por qué seguimos sintiendo la necesidad de preguntar por qué determinadas mujeres están tan enfadadas cuando conocemos suficientemente bien las circunstancias que han producido ese enfado. El problema empieza cuando la rabia deja de permanecer en el terreno de la emoción y se transforma en acción. Es entonces cuando Catherine obliga a enfrentarse a una frontera moral mucho menos sencilla.
La venganza puede resultar emocionalmente satisfactoria para el espectador porque proporciona una reparación inmediata que la justicia real rara vez ofrece. Un culpable recibe su castigo y el equilibrio parece restablecido. Sin embargo, Furious evita instalarse cómodamente en esa fantasía. La violencia continúa siendo violencia incluso cuando comprendemos perfectamente de dónde procede, y conceder a una persona la capacidad de decidir quién merece un castigo nos conduce hacia un territorio tan peligroso como seductor.
Alice Black y la fe en el sistema
La presencia de Alice impide que la serie se convierta en una simple fantasía de justicia privada. Emmy Rossum construye de forma magistral un personaje mucho más contenido que Catherine, una mujer que necesita mantener cierto control sobre aquello que la rodea porque su trabajo depende precisamente de la existencia de unas reglas.
Su conflicto adquiere profundidad cuando la investigación empieza a obligarla a mirar más allá de los delitos que persigue. Alice puede saber que Catherine debe ser detenida y, al mismo tiempo, comprender las circunstancias que hicieron posible su transformación. Esa comprensión no elimina su responsabilidad profesional, pero sí deteriora la comodidad moral desde la que podría perseguirla.
La cuestión no consiste en decidir cuál de las dos tiene razón. Furious funciona mejor cuando evita formular el conflicto en términos tan simples. Alice representa la necesidad de que exista una justicia común, sometida a procedimientos y límites, mientras Catherine encarna las consecuencias de descubrir que esa misma justicia puede fracasar precisamente cuando más se necesita.
Las sociedades sustituyeron la venganza individual por sistemas judiciales porque permitir que cada persona determine quién es culpable y qué castigo merece conduciría inevitablemente al abuso. Ese pacto, sin embargo, presupone que las instituciones cumplirán razonablemente su función. Cuando una víctima denuncia y nadie la escucha, cuando el poder protege al agresor o cuando la imposibilidad de demostrar judicialmente un delito termina interpretándose socialmente como demostración de que nunca ocurrió, la confianza empieza a resquebrajarse.
Catherine aparece en ese espacio. No como respuesta adecuada al fracaso institucional, sino como una de sus posibles consecuencias. Su existencia dentro de la historia resulta mucho más inquietante entendida de esa manera que si simplemente la contemplamos como una asesina especialmente inteligente.

Furious: cuando el trauma femenino se convierte en entretenimiento
Hay otro aspecto de Furious que merece cierta cautela. El audiovisual contemporáneo ha descubierto que el trauma de las mujeres puede convertirse en un producto extraordinariamente eficaz. Las plataformas están repletas de desapariciones, agresiones, asesinatos y abusos convertidos en motores narrativos, hasta el punto de que la violencia contra las mujeres corre el riesgo de funcionar como una estética reconocible del thriller de prestigio.
La diferencia entre unas obras y otras suele encontrarse en el lugar donde deciden colocar la mirada. Durante décadas, incontables mujeres asesinadas aparecieron en pantalla fundamentalmente para proporcionar un misterio a un detective, una motivación a un marido o una tragedia a un padre. Sus cuerpos activaban las historias de otros.
Furious intenta desplazar ese centro. La violencia sufrida por sus mujeres no interesa únicamente como detonante argumental, sino por aquello que deja detrás. La memoria del daño, la vergüenza, la necesidad de recuperar el control y las distintas formas de reconstruirse ocupan un espacio que tradicionalmente pertenecía a la investigación del crimen.
Eso no significa que la serie escape siempre del riesgo de convertir el sufrimiento en espectáculo. El thriller necesita tensión y Furious utiliza mecanismos propios del género para producirla. Sin embargo, existe una diferencia importante entre utilizar la violencia contra una mujer para explicar la aventura de otro personaje y permitir que sean las propias mujeres quienes ocupen el centro moral de la historia.
Emmy Rossum y Lola Petticrew: dos interpretaciones soberbias
La relación entre Emmy Rossum y Lola Petticrew termina siendo más importante que el propio mecanismo criminal. Las actrices trabajan desde lugares muy diferentes y esa distancia beneficia a sus personajes. Rossum contiene a Alice incluso cuando intuimos que algo empieza a desestabilizarla, mientras Petticrew hace de Catherine una presencia mucho más imprevisible, capaz de cambiar nuestra percepción de una escena sin necesidad de modificar completamente el tono.
Lo interesante no está tanto en decidir cuál de ellas domina cada encuentro como en observar hasta qué punto la existencia de una empieza a modificar la mirada de la otra. Alice persigue a una persona que ha cometido delitos, pero cuanto más sabe sobre Catherine menos sencillo resulta reducirla a la categoría de criminal. Catherine, por su parte, se encuentra frente a una mujer que representa precisamente las instituciones en las que ha dejado de confiar.
La serie encuentra así una relación mucho más rica que la simple oposición entre policía y asesina. Ambas representan respuestas radicalmente distintas ante la experiencia de vivir dentro de estructuras que no siempre protegen a quienes deberían proteger.
La diferencia es fundamental porque Furious no pretende sugerir que ambas elecciones sean moralmente equivalentes. Lo que hace es preguntarse qué clase de fracaso tiene que producirse para que la segunda llegue a parecer comprensible. SPOILER: En el fondo, Alice y Catherine comparten una misma herida: ambas han sido víctimas de los abusos y la violencia ejercidos por los hombres y continúan conviviendo con sus consecuencias. Lo que las separa es la manera radicalmente distinta en que cada una ha aprendido a enfrentarse a ese dolor, sobrevivir a él y recuperar el control sobre su propia vida.

Nora Washington: cuando sobrevivir al sistema también deja cicatrices
Si Alice conserva cierta confianza en las instituciones y Catherine ha decidido prescindir completamente de ellas, Nora Washington ocupa un incómodo espacio intermedio. La agente del FBI, interpretada de forma brutal por Quincy Tyler Bernstine, conoce demasiado bien el sistema como para idealizarlo, pero continúa formando parte de él. Lleva años trabajando en delitos sexuales, enfrentándose no solo a la crueldad de los agresores, sino también a las limitaciones, injusticias y miserias de la propia institución que debería combatirlos.
Nora es uno de los personajes más interesantes de Furious porque permite observar aquello en lo que Alice podría convertirse con el paso de los años. Su cinismo no parece una característica de personalidad, sino el resultado de una erosión progresiva. Ha contemplado durante demasiado tiempo la violencia ejercida contra mujeres y menores, ha tenido que exponerse profesionalmente a imágenes de abusos difíciles de soportar y ha comprobado cómo el racismo y las dinámicas internas del FBI han condicionado también su propia carrera.
Su alcoholismo aparece así sin grandes discursos ni intentos de convertirlo en el rasgo que la define por completo. Nora funciona, trabaja y mantiene su autoridad, pero lo hace arrastrando las consecuencias de todo aquello que ha tenido que ver y soportar.
La relación que establece con Alice adquiere por eso una dimensión especialmente interesante. Hay algo de mentora en Nora, pero también algo parecido a una advertencia. Cuando observa la obstinación de la agente más joven, parece reconocer una versión anterior de sí misma, todavía convencida de que trabajar lo suficiente, encontrar las pruebas adecuadas y hacer correctamente las cosas puede bastar para obtener justicia. Nora ya sabe que no siempre es así. Su experiencia le ha enseñado que combatir el mal desde una institución no garantiza permanecer indemne y que enfrentarse diariamente a la violencia también puede transformar a quienes intentan detenerla.
En una serie construida alrededor de mujeres que buscan distintas maneras de sobrevivir al daño provocado por los hombres, Nora aporta además una perspectiva fundamental: no es necesario convertirse en Catherine para acabar profundamente marcada por la violencia. También puede ocurrir mientras se intenta combatirla desde dentro. Alice, Catherine y Nora terminan formando así tres vértices de una misma reflexión sobre el trauma, el poder y la justicia. La primera todavía intenta creer en el sistema, la segunda decidió sustituirlo por su propia ley y Nora lleva suficiente tiempo dentro como para conocer perfectamente sus límites.
Quincy Tyler Bernstine consigue que todo ese cansancio resulte visible sin reducir a Nora a una mujer derrotada. Su interpretación combina autoridad, humor, dureza y una vulnerabilidad que rara vez necesita explicitarse. Precisamente por eso, mientras Alice y Catherine ocupan inevitablemente el centro de Furious, Nora se convierte poco a poco en una de esas secundarias capaces de explicar, casi sin que nos demos cuenta, buena parte de lo que la serie quiere contar.
Además, ella es el personaje que introducen en la historia a nuestro ser mitológico favorito: las furias, ya que Nora explica que en algún momento se ha imaginado como una de ellas aplicando justicia y volando con unas musculosas alas.

Los auténticos hombres de Furious
La mirada sobre la violencia y el poder masculino de la serie no lleva a Furious a construir un universo en el que todos los hombres funcionan como potenciales verdugos. Danny (Scoot McNairy), antiguo compañero de Alice en la policía, y Alden (Steve Way), una de las pocas presencias verdaderamente positivas en la vida de Catherine, sirven como contrapunto a los hombres que han condicionado las vidas de ambas mediante el abuso, la manipulación o el poder. Los dos establecen con ellas vínculos basados en algo mucho más sencillo y, dentro del mundo de la serie, casi revolucionario: el afecto sin necesidad de ejercer dominio.
Danny aporta además una calidez especialmente necesaria a la historia de Alice. Scoot McNairy, magnífico como casi siempre (una lástima lo desaprovechado que está en el innecesario remake de la genial Speak No Evil), construye a un hombre cansado y vulnerable cuya preocupación por ella nunca necesita transformarse en control. La intimidad que existe entre ambos permite que Alice se relacione con un hombre desde un lugar completamente diferente al que ha marcado otras etapas de su vida.
Alden cumple una función semejante con Catherine, aunque desde una relación distinta. Steve Way dota al personaje de un humor y una humanidad que alivian momentáneamente la oscuridad de la serie y, al mismo tiempo, permiten conocer una Catherine diferente de la asesina metódica que persigue el FBI. Con él puede aparecer una parte de sí misma que no está permanentemente condicionada por la necesidad de defenderse.
Su presencia también impide una lectura demasiado sencilla de Furious. La serie no parece interesada en plantear una oposición entre mujeres víctimas y hombres agresores, sino en observar qué ocurre cuando las relaciones humanas están atravesadas por distintas formas de poder.
Danny y Alden demuestran que la masculinidad no necesita construirse desde el dominio y que, frente a los hombres que han utilizado su posición, su dinero o simplemente su capacidad para ejercer violencia sobre otras personas, también existen vínculos masculinos sostenidos por el cuidado, la lealtad y el respeto.

Furious: el incómodo derecho a no ser ejemplar
En una época en la que la ficción parece oscilar entre el viejo estereotipo femenino y la necesidad de construir protagonistas convertidas casi en modelos de conducta, personajes de Furious como Catherine recuerdan que la representación también consiste en conceder a las mujeres el derecho a equivocarse de maneras importantes.
Una mujer puede haber sufrido violencia y ser egoísta. Puede haber sido víctima y mentir. Puede merecer justicia y tomar posteriormente una decisión injustificable. Ninguna de esas circunstancias elimina automáticamente las demás.
Esta complejidad resulta especialmente valiosa porque evita convertir el feminismo en una especie de certificado moral que la ficción concede a determinados personajes femeninos. Representar mujeres complejas no significa representar mujeres que siempre tienen razón, sino permitirles acceder a la misma amplitud moral que durante décadas hemos aceptado sin demasiados problemas en los protagonistas masculinos.
Catherine no necesita ser una buena persona para ser un buen personaje. Tampoco necesitamos aprobar sus decisiones para reconocer aquello que la serie dice a través de ella.
Al final, el verdadero conflicto de Furious no se encuentra únicamente entre una agente del FBI y la mujer a la que persigue. Entre ambas existe un espacio peligroso donde la rabia puede empezar a confundirse con el derecho a castigar.
Furious tiene la inteligencia de no resolver completamente esa contradicción. Si Catherine fuera simplemente un monstruo, la historia sería mucho más sencilla. Si fuera una heroína vengadora, también. Lo incómodo es reconocer que no pertenece por completo a ninguna de esas categorías.
En Furious se muestra el terrible sufrimiento que podemos llegar a padecer las mujeres, la insuficiente y deficiente respuesta de las instituciones y la impunidad con la que tantos hombres, poderosos o no, continúan con sus vidas después de ejercerla. Pero la serie no nos obliga a decidir si la venganza puede convertirse en justicia, sino que nos enfrenta a una pregunta mucho más incómoda: por qué, en determinadas circunstancias, somos capaces de comprender que alguien llegue a confundirlas.
¿Segunda temorada de Furiuos?
Pero… no todo podía ser bueno. Furious se concibió como miniserie, pero, a consecuencia de su éxito, tendrá una temporada más que retrasará su final y que, como suele ocurrir cuando se estira una miniserie (Big Little Lies, Por 13 razones, True Detective…), augura un buen desastre que posiblemente ensombrecerá el maravilloso y excelente trabajo realizado en esta (ahora) primera temporada. Crucemos los dedos para que salga algo bueno de ahí y no sigan estirando el chicle.
