Las 12 mejores series españolas de terror que tienes que ver
Durante años pareció que el terror español pertenecía casi exclusivamente al cine. Teníamos casas que respiraban, orfanatos llenos de secretos, niñas que veían lo que los adultos se negaban a mirar y pueblos en los que la fe se confundía con la superstición. Sin embargo, la televisión también llevaba décadas ensayando su propia manera de asustarnos. Antes de las plataformas ya estaban Chicho Ibáñez Serrador, los internados inquietantes y las urbanizaciones donde nunca convenía bajar al garaje a solas compitiendo por ser las mejores series españolas de terror.
La gran diferencia es que ahora el género se ha multiplicado. Hay terror religioso, fantasmas adolescentes, sectas, gótico andaluz, comedia paranormal y relatos rodados desde la pantalla de un teléfono. No todas las series de esta lista buscan provocar el mismo miedo y algunas se mueven deliberadamente entre el drama, el thriller y lo fantástico. Lo que comparten es algo más importante: utilizan lo sobrenatural, (o la posibilidad de que exista) para revelar aquello que una familia, una comunidad o un país preferirían mantener oculto.
El terror también permite observar cómo han cambiado algunos personajes femeninos de la ficción española. La mujer amenazada, perseguida o convertida en víctima sigue formando parte de los códigos del género, pero cada vez convive más con protagonistas difíciles de encerrar en ese papel. En La mesías, el fanatismo religioso, la maternidad y el control sobre las hijas convierten el ámbito familiar en el verdadero espacio del horror; Alma coloca a una adolescente en el centro de un relato sobre el cuerpo, la identidad y la pérdida; mientras que Feria: La luz más oscura hace recaer en dos hermanas buena parte del peso de una historia marcada por los secretos familiares y una comunidad dominada por un culto.
No es un cambio menor en un género que tantas veces ha utilizado el cuerpo femenino como escenario del miedo. No significa que el terror español haya dejado atrás todos sus viejos estereotipos, pero sí que muchas de sus series utilizan ahora a sus personajes femeninos para explorar el miedo desde lugares bastante más complejos que el de la simple víctima.
Esta es nuestra selección de las mejores series españolas de terror. El orden es inevitablemente subjetivo (en vuestro ranking seguro que las posiciones son difeerentes), pero todas merecen entrar en la conversación.
Las mejores series españolas de terror:
12. Terror.app (2019): el miedo cabe en el teléfono
Terror.app entendió pronto que ya no hacía falta encerrar a los personajes en una mansión. Bastaba con observar cómo vivimos: mirando una pantalla, compartiendo nuestra intimidad y aceptando condiciones que casi nunca leemos. Su estructura de episodios breves convierte cada historia en una descarga rápida de ansiedad digital.
El formato puede resultar irregular, como sucede en casi todas las antologías, pero también le permite probar registros distintos sin agotar la idea. Lo interesante no es únicamente la tecnología amenazante, sino la facilidad con la que cedemos a una aplicación el acceso a nuestros deseos, nuestros cuerpos y nuestros secretos. Es un terror pequeño, inmediato y muy reconocible.
Por qué verla: porque transforma gestos cotidianos (abrir una aplicación, aceptar un reto, grabar un vídeo) en posibles puertas de entrada al horror.
11. Caminantes (2020): perderse en el Camino de Santiago
Cinco jóvenes comienzan el Camino de Santiago y desaparecen. La historia se reconstruye a partir de los teléfonos móviles que llevaban consigo, una elección formal que sitúa a Caminantes dentro del found footage: imágenes supuestamente encontradas después de que todo haya terminado mal.
La serie aprovecha muy bien una contradicción. El Camino suele asociarse con el encuentro, la espiritualidad y el paisaje abierto, pero aquí cada sendero estrecha las opciones de los protagonistas. El bosque deja de ser refugio y la distancia respecto a cualquier núcleo habitado multiplica la indefensión. La cámara móvil no siempre es elegante, pero la suciedad de la imagen forma parte de su eficacia.
Por qué verla: por su duración contenida y por convertir uno de los recorridos más famosos de España en una experiencia claustrofóbica.

10. Hay alguien ahí (2009): fantasmas en una nueva urbanización
Antes de que las plataformas popularizaran las series españolas de género, Hay alguien ahí llevó el terror sobrenatural al prime time. Una familia se muda a una urbanización aparentemente perfecta y descubre que la casa conserva una memoria mucho menos amable que sus acabados de obra nueva.
Vista hoy, muestra las costuras de la televisión de su época: capítulos largos, abundancia de tramas y una tendencia al melodrama. Pero también posee una idea poderosa. El hogar recién comprado, símbolo de seguridad y ascenso social, puede estar construido sobre una violencia que nadie quiere reconocer. En plena obsesión española por la vivienda, esa casa encantada tenía más lectura política de la que parecía.
Por qué verla: porque demostró que una ficción generalista española podía abrazar los fantasmas sin pedir disculpas.

9. El internado (2007): secretos detrás de cada puerta
El internado, clásico de nuestra televisión, no es una serie de terror puro, tiene misterio, melodrama juvenil, conspiración y aventura, pero pocas producciones españolas han utilizado con tanta persistencia la gramática del género: pasillos en penumbra, bosques prohibidos, desapariciones, laboratorios ocultos y adultos que mienten sistemáticamente a los menores. Una mezcla de Lost y From pero de marca blanca.
La Laguna Negra se convirtió en un lugar televisivo reconocible porque cada habitación parecía contener otra historia. Su verdadera amenaza no procedía únicamente de lo desconocido, sino de las instituciones que debían proteger a los jóvenes. En ese sentido, ha envejecido mejor de lo que se esperaba: el miedo nace cuando quienes poseen la autoridad controlan también el relato.
Por qué verla: por su capacidad para convertir el descubrimiento adolescente de que los adultos no son fiables en una maquinaria de suspense casi inagotable.
8. Paraíso (2021): nostalgia, desapariciones y otra realidad
En un pueblo costero de los años noventa desaparecen varias chicas. La investigación oficial no avanza y el hermano de una de ellas decide buscarlas acompañado por sus amigos. Lo que empieza como un misterio juvenil pronto abre una puerta a otro mundo.
Paraíso dialoga con el cine fantástico de aventuras y con la nostalgia generacional, pero encuentra una identidad propia en el paisaje mediterráneo. La feria, la discoteca, la playa y las urbanizaciones vacías fuera de temporada adquieren una cualidad espectral. Bajo su superficie luminosa hay, además, una historia sobre las jóvenes a las que una comunidad aprende demasiado rápido a considerar ausentes.
Por qué verla: porque demuestra que el terror no necesita cielos grises; también puede esconderse bajo la luz blanca del verano.

7. Feria (2022): La luz más oscura: heredar los pecados de una secta
Eva y Sofía descubren que sus padres están relacionados con un ritual que termina en una tragedia colectiva. A partir de ahí, el pueblo de Feria se transforma en un territorio gobernado por rumores, símbolos, fanatismo y una amenaza que quizá no pertenezca del todo a este mundo.
La serie es especialmente interesante cuando observa a sus dos protagonistas. Ellas no solo deben averiguar qué hicieron sus padres: tienen que sobrevivir al estigma de ser sus hijas. El legado familiar se convierte así en una forma de terror. También acierta al situar su historia en una Andalucía rural alejada del folclore amable, donde la religiosidad puede abrirse hacia zonas mucho más oscuras.
No todas sus respuestas poseen la fuerza de sus preguntas, pero sus imágenes, la mina, el templo, los cuerpos reunidos, permanecen en la memoria.
Por qué verla: por su mezcla de horror cósmico, sectas y drama adolescente, y por la relación entre dos hermanas que afrontan de manera opuesta una misma herencia.
6. Alma (2022): quién ocupa nuestro cuerpo cuando dejamos de recordarnos
Tras sobrevivir a un accidente de autobús en el que mueren varios compañeros, Alma despierta sin memoria. Reconstruir su identidad se vuelve tan urgente como comprender qué ocurrió realmente antes y después del accidente.
La serie trabaja con fantasmas, visiones y mitologías antiguas, pero su núcleo más perturbador es la pérdida del yo. Si no conservamos nuestros recuerdos, ¿seguimos siendo la misma persona? ¿Quién tiene derecho a explicarnos quiénes éramos? Esa fragilidad permite que el relato sobrenatural dialogue con algo profundamente humano: el miedo a que otros escriban nuestra identidad por nosotras.
Su ambición mitológica puede exigir paciencia, aunque la atmósfera de la montaña asturiana y el duelo de sus personajes sostienen la historia incluso cuando el misterio se expande.
Por qué verla: por su paisaje, su sensibilidad juvenil y una premisa que convierte la amnesia en una invasión íntima.

5. Romancero (2023): dos niños huyendo por una Andalucía de pesadilla
Cornelia y Jordán recorren una noche interminable mientras intentan escapar de quienes los acusan de un crimen. Son dos niños solos, heridos y perseguidos, pero el mundo que atraviesan tampoco parece obedecer por completo a las leyes de la realidad.
Romancero condensa su relato en episodios breves y construye un gótico andaluz de descampados, casas cerradas, imaginería religiosa y violencia comunitaria. Su terror no nace de importar monstruos ajenos, sino de deformar materiales culturales cercanos hasta volverlos extraños. También coloca en el centro a dos criaturas señaladas por su origen y por la mirada prejuiciosa de los adultos.
La serie no entrega todas sus claves con facilidad. Esa opacidad puede desconcertar, pero forma parte de una propuesta que se vive más como una pesadilla o una balada trágica que como un misterio convencional.
Por qué verla: por su personalidad visual y por atreverse con un terror español ligado a la poesía popular, la exclusión y el paisaje del sur.
4. El otro lado (2023): investigar fantasmas sin dejar de reírse de uno mismo
Nacho Nieto es un periodista especializado en fenómenos paranormales cuya carrera atraviesa un momento lamentable. Cuando aparece un posible caso sobrenatural en un piso de Barcelona, ve la oportunidad de recuperar el prestigio perdido. El problema es que lo acompaña el fantasma de su antiguo mentor.
Berto Romero mezcla comedia, melancolía y terror sin utilizar el género como simple decorado para los chistes. Hay apariciones inquietantes y una investigación bien construida, pero también una mirada bastante amarga sobre la precariedad, la rivalidad profesional y la necesidad de ser reconocido. La serie sabe que creer puede ser ridículo, aunque no creer tampoco garantiza estar a salvo.
El resultado es poco habitual en la ficción española: una comedia de personajes que respeta los mecanismos del miedo y un relato paranormal que no teme resultar absurdo.
Por qué verla: porque el humor no rebaja el terror; lo vuelve más humano y, en algunos momentos, más triste.

3. 30 monedas: la religión como espectáculo monstruoso
Álex de la Iglesia convierte un pequeño pueblo castellano en el centro de una conspiración religiosa de dimensiones apocalípticas. El padre Vergara, exorcista y antiguo boxeador, intenta mantener lejos una de las monedas pagadas a Judas, mientras el alcalde Paco y la veterinaria Elena quedan atrapados en una guerra que supera todo lo razonable.
30 monedas no practica la contención. Arañas imposibles, posesiones, reliquias, monstruos y jerarquías eclesiásticas se acumulan con una energía orgullosamente excesiva. Pero debajo del espectáculo hay una intuición fértil: los símbolos religiosos siguen teniendo poder incluso sobre una sociedad que se considera secular. De la Iglesia toma imágenes conocidas por cualquiera que haya crecido dentro de la cultura católica y las devuelve deformadas.
Elena es además mucho más que la mujer escéptica que acompaña al héroe. Su valentía, su aislamiento dentro del pueblo y la sospecha que despierta en los demás la convierten en uno de los ejes emocionales de la serie. A nuestro compañero Xesco Simón no le acabó mucho la serie, pincha AQUÍ para saber por qué.
Por qué verla: porque pocas ficciones españolas han dispuesto de semejante escala para construir un apocalipsis tan físico, irreverente y delirante.
2. La Mesías: el terror de crecer dentro de una familia sin escapatoria
Una banda de pop cristiano formada por varias hermanas se vuelve viral. Para Enric, esas imágenes no son una curiosidad de internet: reabren el recuerdo de una infancia dominada por una madre mesiánica, el fanatismo religioso y una casa aislada del mundo.
La Mesías tampoco pertenece de manera exclusiva al terror. Es drama familiar, musical, relato sobre la memoria y una exploración de la creación como vía de supervivencia. Sin embargo, pocas series recientes producen un miedo tan persistente. No necesita un monstruo sobrenatural porque comprende que una familia puede convertirse en una cosmología cerrada, con sus propios mandamientos, castigos y profecías.
Javier Ambrossi y Javier Calvo observan a sus personajes sin reducirlos a víctimas o villanas simples. Montserrat es aterradora, pero el relato se interesa también por cómo se fabrica su poder y por las distintas estrategias que desarrollan sus hijas para resistirlo. Las interpretaciones de las actrices que encarnan a los personajes en edades diferentes son maravillosas y mantienen una continuidad emocional asombrosa.
Por qué verla: porque su horror religioso y doméstico permanece mucho después de terminar el último capítulo.

1. Historias para no dormir: el origen de nuestras pesadillas televisivas
Sin Historias para no dormir, esta lista sería difícil de imaginar. Chicho Ibáñez Serrador demostró en los años sesenta que la televisión española podía abordar la ciencia ficción, el suspense y el terror con ambición formal. Décadas después, sus relatos siguen sorprendiendo por la claridad con la que construyen una amenaza y por la crueldad de algunas de sus ideas.
Episodios como El asfalto o La cabina (esta última concebida como mediometraje televisivo y ligada para siempre a ese universo creativo) convirtieron situaciones absurdamente sencillas en pesadillas sobre la incomunicación y la indiferencia social. El miedo no llegaba siempre de criaturas sobrenaturales. A veces bastaba con que todo el mundo aceptara como normal el sufrimiento que tenía delante.
La posterior recuperación de la antología mediante nuevas versiones dirigidas por cineastas españoles confirmó la vigencia de sus argumentos, pero su resultado fue mucho más irregular que el de la obra de Chicho. Aun así, merece la pena acercarse a los originales: no como una obligación arqueológica, sino como relatos capaces de seguir incomodando.
Por qué verla: porque es la raíz de buena parte del terror televisivo español y porque sus mejores capítulos no han perdido su capacidad de herir.
¿Cuál es la mejor serie española de terror?
Si buscamos influencia histórica, la respuesta es Historias para no dormir. Si queremos una producción contemporánea entregada al espectáculo sobrenatural, 30 monedas es la elección más evidente. Y si entendemos el miedo como una experiencia íntima, familiar y religiosa, La Mesías ocupa un lugar difícil de discutir, pero sin duda, es mi favorita.
Quizá eso sea precisamente lo más estimulante del terror español actual: ya no existe una sola respuesta. El género puede mirar hacia una aldea castellana, un pueblo andaluz o el interior de una familia. Puede aparecer en forma de demonio, de recuerdo reprimido o de adulto que asegura actuar por nuestro bien…
En todas estas series españolas de terror, el monstruo termina diciendo algo sobre el lugar que lo ha creado. Y algunas veces lo verdaderamente aterrador no es descubrir que existe, sino reconocerlo.
