Crónica de verano. Reyes, sugar daddies y coronavirus

Cristina Sierra

El verano es época de hits musicales pegadizos, amores al arrullo de las olas y escapadas a paraísos terrenales. Pero no hay estío que se precie sin escándalos de papel couché, y éste nos lo estamos pasando entre el divorcio de Paloma Cuevas del torero sugar daddy, y las crónicas del supuesto desfalco del rey más campechano. Todo ello, como no, aderezado con coronavirus por doquier. Decía hace unos días mi admirado Juan José Millás: “Cuando en la tele hablan de la Covid-19 parece que hablan de la familia real y cuando hablan de la familia real parece que hablen de la Covid”. Y así nos va.

Los monárquicos de toda la vida, los de foto del rey en la mesita y escudo en la solapa de felpa, dicen que el emérito no ha robado tanto comparado con el bien que le ha hecho a España. Tanto bueno ha dado a la patria, que a lo mejor tiene que meter la mano en la caja tres o cuatro veces más… Vete tú a saber. Es que hay que oír de todo. Lo que se me ocurre es que todos aquellos que consideren que los españoles y las españolas tenemos una deuda tan grande con el rey campechano y sus amigas entrañables, monten un crowdfunding para seguir sufragando los supuestos gastos del monarca en Abu Dhabi o donde coño esté.

En los años más duros de la crisis de 2008, mientras muchos de sus súbditos las pasaban canutas, el paro no dejaba de crecer y tenían que contar los céntimos, parece ser (y siempre supuestamente, claro) el amigo Juancar no tenía dedos para contar billetes. Pero nunca parece suficiente agravio, y a los ciudadanos se nos pide, entre líneas, hacer la vista gorda con las travesuras de toda esta gentuza. El rey campechano, ahora, tal como dicen, se toma “un paréntesis”. Y todavía se oyen vítores de ¡Viva el Rey! hacia el nuevo monarca, quien, tal y como se ha publicado, era, supuestamente, conocedor (y consentidor) de las andanzas del padre.

El hit nº1 del verano: el rey campechano que puede convertirse en un trilero de quinta

Del éxito “Yo no soy monárquico, soy Juancarlista”, llega a las listas de hits veraniegos: “me piro vampiro, que me han pillao con el carrito del helao”. Juan Carlos I no parece que vaya a dar la cara. Ni está, ni se le espera. Tampoco se conoce cuál será su destino definitivo, ni por cuánto tiempo estará fuera.

Periodistas cortesanos siguen destacando su gran labor como ex jefe del Estado, mientras Casa del Rey y Gobierno hacen mutis por el foro. El emérito ha asegurado al columnista Alfonso Ussía que esto es solo un paréntesis, que volverá. La investigación está abierta en los tribunales, pero no parece que nadie vaya a reclamar su presencia por el momento. Él dice que se va para no entorpecer la labor de Felipe VI. Todo un detalle, porque no sé qué haríamos sin él, claro…

De momento, se marcha de rositas a disfrutar del mes de agosto como buen español. Sería una pena que la sociedad española no reaccionase, que asintiera con la cabeza gacha y reverenciase a quienes nos tratan como a zoquetes, como a ciudadanos menores de edad, sin pensamiento crítico. Debería haber consecuencias, al menos, judiciales.

El emérito parece ser que era inviolable mientras cometía sus supuestas fechorías, por lo que podía hacer lo que le saliera de su higo real. Aunque la Justicia tendrá que decidir en función del momento en el que se realizaron los movimientos monetarios y sobre el supuesto cobro de comisiones. El momento clave es la abdicación en favor de su hijo en 2014. También habrá que tener en cuenta los movimientos que se realicen desde Ginebra con el caso abierto en el país contra Larsen. Todo apunta a que la vuelta al cole será movidita.

Ninguna institución debería estar por encima de la ley. Todas deberían estar obligadas a rendir cuentas. Queremos elegir quién y cómo nos representan.

Y así están las cosas.

Y el verano que nos están dando, oiga.

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