Dirty God (2020), la fuerza del espíritu y la superación

Atlàntida Film Fest 2020

Miguel A. Bernao

No hay nada tan aterrador como haber vivido una experiencia real en tu propia piel (nunca mejor dicho) y, después, en un certero guion de admirable y virtuosa regresión cinematográfica, volverte a encontrar con todos tus fantasmas y miedos interiores. Vicky Knight, premio BAFTA a la mejor actriz revelación (Jade en la película), sabe bien de ello.

Vicky Knight, a la edad de ocho años, se vio involucrada en un incendio que se llevó la vida de sus dos primos y de la persona que trató de auxiliarla. Le quedaron quemaduras en el 33% de su cuerpo.

Así, con este prolegómeno imborrable de nuestra primeriza actriz, pareciera que ya todo estuviera escrito, lo bueno y lo malo. Al menos, la crudeza y la propia emoción de un guion que reproduce fielmente la lucha por encontrar una nueva vida y un destino lejos del dolor más traumático.

Una historia que inocula el veneno más mortífero

En Dirty God, no hay incendio de por medio, pero sí, un «mal nacido», el cual, tras una discusión con su pareja, decide que la mejor manera de vengarse es tirándole ácido sobre su cara. A partir de aquí, Sacha Polak, directora de origen holandés (premio Becerro de Oro a la mejor dirección en el Festival de Cine de los Países Bajos de 2019) inocula en nuestra sangre el veneno más mortífero.

Miedos, inseguridades, distanciamiento familiar, escarceos sexuales, autocomplacencia, huidas hacia ninguna parte, discotecas, peleas, una lucha sin freno por encontrar su propia identidad… Y todo esto, acentuado con la luminosidad predominante del claro oscuro en la película, una fotografía nítida y detallada y una BSO, a cargo de Rutger Reinders, que refresca y engrandece hipnóticamente los momentos más reflexivos y transcendentes de tan trágica historia.

Impresionante metáfora de liberación en las últimas escenas, para Dirty God, un film, que, tristemente, reproduce con gran veracidad un problema que arrastra nuestra sociedad desde hace mucho tiempo. Un final para pañuelos sensibles y un deseo de esperanza para Jade y para cualquier persona que haya sido capaz de soportar tanto dolor interior.

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