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‘La primera muerte’: la serie de vampiras de Netflix que reinterpreta a Romeo y Julieta

La nueva serie de Netflix La primera muerte (First Kill), se ha convertido en un fenómeno en la plataforma. Una reinterpretación de Romeo y Julieta donde las protagonistas son mujeres. Y una de ellas, es una vampiresa. La historia de Shakespeare ha sido una de las más versionadas de la historia. Sin embargo, es la primera vez que esta se dirige a un público joven desde el género sobrenatural y con cierta diversificación de identidades.

La primera muerte.
La primera muerte.

¿Qué es un monstruo? ¿quién decide qué es lo normal y qué es lo aberrante? Una reflexión y un concepto muy utilizado en las teorías y movimientos LGTB. Donde se lleva a cabo una reapropiación de la palabra monstruo para reivindicar la diversidad de identidades y orientaciones. Este es el mayor acierto de la teleserie La primera muerte. Aunque tiene una construcción narrativa superficial y no tiene una producción de alta calidad, se descubre como una serie que merece la pena observar y reflexionar.

Los productos audiovisuales dirigidos a un target joven y adolescente son de especial interés social. Con un gran potencial para construir y transformar imaginarios colectivos ya arraigados. Es por ello que una relación protagonista interracial entre dos mujeres, es un paso adelante para reconocer. Sin embargo, esto no exime a la serie del amasijo de clichés reiterados.

El género sobrenatural y vampírico, trasladado al ámbito de la diversidad

Una de las sagas más conocidas en el fenómeno vampírico es Crepúsculo de Stephanie Meyer. Adaptada posteriormente en una colección de cinco películas (2008-2012). Esta serie de películas se convirtieron en un éxito para la adolescencia. Algo que hoy se descubre como peligroso debido a los mensajes tan misóginos que trasladaba la saga. Entre ellos, el que la mujer muera literalmente por amor.

Otras series de televisión como Crónicas vampíricas (CW Network, 2009-2017) recuperan una idea similar. Una época en la que la proliferación de obras sobre vampiros e historias románticas subieron como la espuma.

Juliette (Sarah Catherine Hook) y Calliope (Imani Lewis) en La primera muerte.
Juliette (Sarah Catherine Hook) y Calliope (Imani Lewis) en La primera muerte.

Sin embargo, es en la actualidad con La primera muerte cuando finalmente se le da un giro de 180 grados a la historia. Ahora las protagonistas son dos mujeres jóvenes. Juliette (Sarah Catherine Hook) y Calliope o “Cal” (Imani Lewis). Una familia blanca y otra familia negra. Una transformación en el subtexto de la historia, donde se construye una mayor diversidad de identidades. Además, la familia de vampiros se construye en la base de un matriarcado. Donde las aparentes protagonistas en la toma de decisiones son las mujeres. Pero ¿es realmente así?

Aunque la apariencia de la teleserie sea transgresora en muchos sentidos, el desarrollo de la trama va desvelando ciertos matices heteropatriarcales. Que finalmente, terminan por situar de nuevo a los hombres en situaciones de poder. Mientras las mujeres son meras marionetas, madres o enamoradas que no tienen control sobre sus emociones o acciones.

Sarah Catherine Hook en La primera muerte.
Sarah Catherine Hook en La primera muerte.

La primera muerte: la versión contemporánea de Romeo y Julieta que subvierte roles

El fenómeno vampírico y la saga Crepúsculo causaron furor en la sociedad más joven. Pero es la historia de Romeo y Julieta una de las más versionadas de la historia. Desde películas románticas como Cartas a Julieta (Gary Winick, 2010) que utilizaban la historia como pretexto argumental. Hasta el exitoso musical West Side Story (Robert Wise y Jerome Robbins, 1961). El cual ha sido también readaptado en la actualidad por Steven Spielberg. Diversificando todavía más las identidades en pantalla. E incluso elevando la voz más reivindicativa en los Premios de la Academia cuando la actriz queer Ariana DeBose se llevó el premio a Mejor Actriz de Reparto.

En el caso de la teleserie de Netflix se recupera esta misma idea. Aunque se incluye también la interpretación de otra historia muy recurrente. Adán y Eva junto a Lilith. Esta última, considerada como la mujer que encarna el pecado y la lujuria. Una combinación de relatos peligrosa que podría acabar perpetuando las mismas ideas que trata de transformar.

La primera muerte.
La primera muerte.

La persecución del monstruo en la sociedad actual, algo que no es tan ficticio como parece

Con el argumento general construido, se transmite la interesante reflexión sobre quién caza a quién. Y quiénes son los verdaderos monstruos de la sociedad. Porque la persecución de aquellas personas que son distintas a nosotro/as, no es más que un rechazo al diferente.

Este rechazo al diferente, al “otro”, es una de las premisas fundamentales de La primera muerte. Y también una de las más acertadas. Algo que debe calar en la audiencia más joven. Junto a ello, la construcción de identidades diferentes (aunque continúen ostentando papeles secundarios o de reparto), es también una herramienta necesaria para la transformación del imaginario colectivo. El enmarcar además esta relación lésbica en pantalla bajo el género de ficción/terror es un acierto que destacar. Donde las escenas más íntimas se presentan con total naturalidad.

La primera muerte. Netflix

No obstante, no se debe bajar la guardia. Porque el desarrollo de la trama va destapando ciertas trampas que todavía quedan por pulir. Aquellas donde se termina por ceder el poder y la toma de decisiones a los hombres de la familia. Donde incluso en una familia de base matriarcal es dudoso el poder que tienen las mujeres en la misma. Del mismo modo, aquellas identidades más diversas se ven rodeadas de numerosos clichés. Tal y como ocurre con Ben, el mejor amigo de Juliette.

La reinterpretación de una historia tan adaptada como Romeo y Julieta e incluso Adán y Eva, debe estar perfectamente formulada para asentarse como novedad con perspectiva de género. Y no es suficiente con la inclusión de zombies y vampiros. Ni tampoco con la relación romántica de ambas protagonistas. Pero sí que son pasos hacia delante que no deben caer en el olvido. Pasos hacia una transformación de los relatos y personajes construidos en pantalla que, poco a poco, van dando forma a colectivos anteriormente invisibles para la audiencia.

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