¿Qué tienen en común ‘Los chicos del coro’ y ‘Los mundos de Coraline’?

Siempre se puede encontrar un punto común entre dos cosas equidistantes. Todo nace del mismo lugar y, por tanto, suele tener cosas parecidas, aunque no sea fácil verlas a simple vista. Hoy queremos hablar de dos películas muy diferentes, pero también muy iguales, aunque, a priori, no tengan absolutamente nada que ver: Los chicos del coro y Los mundos de Coraline.

Los chicos del coro (Christophe Barratier, 2004)

Nos cuenta la historia de Pierre Morhange (Jean-Baptiste Maunier) a raíz de que su madre lo interna en el colegio Fond de l’Étang (literalmente: fondo del estanque). En esta institución están los niños menos manejables de la región. Más que un colegio parece una cárcel en la que no se les trata muy bien.

Pierre llega allí casi al mismo tiempo que Clémont Mathieu, un profesor de música fracasado, que por cuestiones de azar acaba en el fondo del estanque. Mathieu no se resigna a no dedicarse a la música allá donde vaya y crea un coro clandestino con los chicos. Es en este momento cuando se descubre que Morhange tiene una voz prodigiosa.

Jean-Baptiste Maunier en Los chicos del coro
Jean-Baptiste Maunier en Los chicos del coro

Los mundos de Coraline (Henry Selick, 2009)

Por su parte, Los mundos de Coraline es una película de animación en stop motion, que habla de la vida de Coraline cuando sus padres y ella se mudan a una nueva casa. Coraline es una exploradora nata, curiosa e inquieta, y en este lugar no tiene mucho que hacer.

Un día encuentra en casa una puerta pequeña que la conecta con un mundo paralelo. Allí, todo es igual que en su mundo, pero al mismo tiempo no. Sus padres existen, pero tienen botones por ojos, le dan toda la comida que quiere y todo es mucho más bonito que en su casa. No obstante, esto es una trampa para atrapar a Coraline en este submundo para siempre.

Los mundos de Coraline
Los mundos de Coraline

Y ahora, os preguntaréis: ¿Qué tiene que ver el tocino con la velocidad? ¿Qué tienen en común estos dos largometrajes? Pues bien, para empezar, parafraseando a Dani Rovira: «tú te hartas de tocino, te pones muy gordo y a la hora de afrontar una cuesta arriba lo haces con menos velocidad».

El poder de la música

Resulta que al visionar estas dos cintas es fácilmente apreciable que la música tiene un retrogusto similar. No podía ser de otra manera, puesto que el compositor de ambas bandas sonoras es Bruno Coulais.

Para mí, las dos películas son muy especiales, pero el elemento clave que las hace únicas, que riza el rizo y pone la guinda al pastel, es precisamente la música. La delicadeza y la luz de las canciones de Coulais es brutal. Luz que se torna oscuridad en las partes más darks de ambos filmes, que las tienen. No hay que confundirse y pensar que, al ser películas con protagonistas infantes, están pensadas para niños. Obviamente, Coraline tiene un componente más de esto, pero aún así yo no se la pondría a un niño muy pequeño porque puede traumatizarlo de por vida.

En Les Choristes la música es esencial y las voces del coro, interpretadas por Les Petits Chanteurs de Saint-Marc, realmente te hacen amar las canciones y la propia película.

Pero es que Los mundos de Coraline no es diferente, la canción Exploration es delicada, dulce y te transmite ese afán por la aventura que tiene la niña.

En resumen, si no se te ponen los pelos como escarpias escuchando las BSO de ambas es que eres un ser despreciable y sin corazón. Desde este rinconcito de Las Furias declaro mi amor incondicional a Bruno Coulais, casi tanto como a Danny Elfman, pero de eso ya hablaremos en otra ocasión.

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