¿Quién es Rachel Sennott?: la incomodidad queer que incomoda a Hollywood
Rachel Sennott, actriz, creadora, directora y guionista, no intenta caer bien. Y ahí está precisamente su potencia. En una industria obsesionada con la simpatía femenina, con las protagonistas “queribles” y las mujeres digeribles, Sennott ha construido una carrera a base de incomodar, exagerar lo peor de sí misma y convertirlo en comedia afilada. Su nada disimulada expresividad y su capacidad para encarnar personajes socialmente torpes, moralmente dudosos o directamente insoportables la han convertido en uno de los nombres más interesantes del cine indie estadounidense reciente.
Nacida en 1995 en Nueva York, Sennott creció entre el teatro y la comedia, y se formó en la prestigiosa Tisch School of the Arts. Pero su verdadero terreno de juego no fue el drama clásico ni el realismo académico, sino un tipo de humor profundamente generacional: incómodo, autorreferencial, atravesado por la ansiedad, el deseo, la culpa y la necesidad constante de validación. El humor de alguien que ha crecido en internet y sabe que el ridículo ya no es una amenaza, sino una moneda de cambio.
Rachel Sennott: comedia feminista sin pedagogía
Lo interesante de Rachel Sennott es que su trabajo conecta con una comedia feminista que no busca aleccionar. No hay discursos explícitos ni moralejas subrayadas. La política está en el cuerpo: en cómo ocupa el espacio, en cómo habla demasiado, en cómo desea mal, en cómo fracasa sin redención inmediata. Sus personajes no “aprenden la lección” al final; simplemente sobreviven, a veces un poco peor que al principio.
Esto la emparenta con otras creadoras contemporáneas como Emma Seligman, Shiva Baby mediante, o incluso con el espíritu de Phoebe Waller-Bridge, pero con menos glamour y más sudor. Sennott representa una feminidad desordenada, excesiva, torpe, que no se corrige para agradar a la mirada masculina ni al algoritmo.

Shiva Baby o el arte de sudar en público
Su salto definitivo llega con Shiva Baby (2020), ópera prima de Emma Seligman que funciona como una pesadilla social en tiempo real. Sennott interpreta a Danielle, una joven atrapada en un velatorio judío donde confluyen su familia, su sugar daddy y su exnovia. Todo ocurre en espacios cerrados, con diálogos que se pisan y una cámara que asfixia. Y en el centro está ella: sudando, mintiendo, colapsando.
Lo brillante de su interpretación no es solo el timing cómico, sino la crudeza emocional. Danielle no es una víctima simpática ni una heroína en construcción: es contradictoria, egoísta, confusa y profundamente humana. Shiva Baby conecta con una generación que vive en permanente estado de exposición, donde cada error parece definitivo y cada silencio es una acusación. Sennott no suaviza nada: se queda en la incomodidad y la estira hasta que duele… y hasta que hace gracia.
Bodies Bodies Bodies: chicas malas, pero de verdad
En Bodies Bodies Bodies (2022), Sennott da otro giro a su registro sin abandonar su núcleo: interpreta a Alice, una influencer superficial, insegura y emocionalmente dependiente, atrapada en una fiesta que se convierte en slasher. La película, dirigida por Halina Reijn, es una original cinta de terror que funciona como sátira generacional sobre el privilegio, la corrección política y el vacío emocional de la juventud acomodada.
Aquí, Sennott se permite ser directamente odiosa, y eso es clave. Alice no está escrita para ser defendida, sino para ser observada como síntoma: del capitalismo emocional, de las relaciones performativas, de la fragilidad que se esconde tras los discursos “woke”. Su comedia es física, exagerada, casi grotesca, pero nunca gratuita. De nuevo, no pide empatía: expone.
Bodies Bodies Bodies, sin dudad, fue una de las mejores películas que pudimos disfrutar en el Festival de Sitges de 2022.
Bottoms: la fantasía lesbiana como sabotaje del cine teen clásico
Si Shiva Baby convertía la ansiedad en encierro y Bodies Bodies Bodies en sátira generacional, Bottoms (2023) directamente dinamita el cine adolescente desde dentro. Dirigida de nuevo por Emma Seligman y coescrita con la propia Rachel Sennott, la película es una comedia deslenguada, violenta y absurdamente queer que se ríe de los códigos del instituto heterosexual sin pedir permiso. Bottoms es una película súper original, atrevida, delirante y maravillosa a la que se le debería haber dado más foco.
Sennott interpreta a PJ, una adolescente lesbiana rabiosa, socialmente inepta y desesperada por tener sexo antes de graduarse. Junto a su mejor amiga (la camaleónica Ayo Edebiri de Opus o The Bear), crea un club de lucha femenina con la excusa de “empoderar” a las chicas… cuando en realidad lo que buscan es ligar. El resultado es una película que abraza el exceso y la incoherencia como gesto político: nadie aprende nada, nadie mejora como persona y la violencia es tan caricaturesca que, como en La Sustancia, se convierte en mensaje.
Lo importante aquí no es solo el humor, sino la ausencia total de castigo moral. PJ es egoísta, manipuladora y poco empática, y aun así la película no la corrige. Bottoms no quiere educar a nadie: quiere ocupar un espacio históricamente negado a las mujeres y a las historias lésbicas, el de la comedia gamberra, estúpida y sin redención. Y Sennott está en su elemento: exagerada, chillona, incómoda, absolutamente libre.
Antes era divertido: cuando la incomodidad deja de ser graciosa
En antes era divertido (I Used to Be Funny, 2023), dirigida por Ally Pankiw, Rachel Sennott da un paso importante hacia un registro más dramático sin abandonar su identidad artística. Interpreta a Sam, una comediante en crisis que lidia con un trauma no resuelto mientras intenta mantener una apariencia funcional. Aquí la risa ya no es refugio ni arma, sino un recuerdo lejano, casi una pérdida.
La película explora la salud mental, el consentimiento y el agotamiento emocional desde una mirada contenida y delicada, alejándose del sarcasmo constante que suele rodear a los personajes femeninos “rotos”. Sennott sostiene la película desde la fragilidad: silencios largos, miradas ausentes, una tristeza que no busca ser explicada del todo.
Este papel confirma algo importante: Rachel Sennott no es solo una actriz cómica, sino una intérprete capaz de trasladar esa incomodidad, marca de la casa, a terrenos más oscuros y realistas. La película no intenta convertir el trauma en espectáculo ni en relato de superación ejemplar. Simplemente observa. Y en ese gesto, Sennott vuelve a ser coherente con su trayectoria: no ofrecer alivio fácil.
I Love LA: cuando Sennott toma el mando y el cringe se vuelve manifiesto generacional
Con I Love LA, Rachel Sennott deja de ser “la actriz que se come el plano” para convertirse en arquitecta total de su universo: crea, escribe y protagoniza una comedia de HBO que lleva su ADN al extremo. La premisa es pura Sennott: una pandilla de amistades codependientes, ambición como neurosis diaria y una ciudad, Los Ángeles, que funciona menos como escenario glam y más como una trituradora de expectativas. Aunque su falsa superficialidad pueda despistar, I love LA es una de las mejores series de 2025.
Sennott interpreta a Maia, una aspirante a representante de talentos (o infliuencers) que vive entre la precariedad emocional y la ficción de estar “a punto” de petarlo, hasta que reaparece Tallulah (magnífica Odessa A’zion), ex mejor amiga e influencer, y revienta la narrativa con la que Maia se sostiene. El choque entre ambas no se juega en grandes giros dramáticos, sino en ese campo minado contemporáneo: la amistad femenina atravesada por el éxito, el resentimiento, la comparación constante y la vergüenza de haber prometido más de lo que la vida te ha devuelto.
Lo interesante es que I Love LA no “arregla” a su protagonista para que resulte aceptable. La serie convierte el cringe en lenguaje: lo incómodo no es un adorno, es la estructura. Y ahí Sennott está en casa: su comedia no pide perdón ni ofrece moraleja, simplemente retrata una generación que se autoexplica para sobrevivir y aun así se siente un fraude. En un ecosistema donde a las mujeres se les exige coherencia emocional y simpatía estratégica, I Love LA apuesta por lo contrario: contradicción, ego, deseo mal gestionado y amistad como campo de batalla. Por cierto, aquí también volveremos a ver su amiga y excelente actriz, Ayo Edebiri.
Por qué importa Rachel Sennott: del indie al mainstream
En los últimos años, Sennott ha empezado a aparecer en producciones más visibles, y la gran pregunta es si Hollywood sabrá qué hacer con ella sin limarla. Porque Rachel Sennott no encaja del todo en el molde de estrella tradicional: no busca ser aspiracional, ni adorable, ni ejemplo de nada. Su fuerza está en mostrar lo que normalmente se esconde o se corrige en las mujeres jóvenes: la inseguridad, la rabia, el deseo mal canalizado, la vergüenza.
Rachel Sennott importa porque pone el foco en una feminidad que no quiere ser ejemplar. Porque hace comedia desde el fallo, no desde la superación. Porque convierte la ansiedad generacional en material artístico sin romantizarla. Y porque, en un panorama cultural que sigue premiando a las mujeres “bien escritas”, léase: contenidas, coherentes, redimibles, ella insiste en ser un caos.
Y ese caos, hoy, también es político.
