Entrevista a Andrea Jaurrieta: “Prefiero seguir dando clases antes que firmar una película que no siento mía”
Andrea Jaurrieta es una de las voces más personales del cine independiente español. Películas como Ana de día y Nina han consolidado una mirada muy propia, marcada por personajes femeninos complejos y una forma de narrar que prioriza las emociones frente a las convenciones.
Como mostró en esa suerte videoblog que fue compartiendo durante la preparación de Ana de día, Jaurrieta afrontó aquella primera película con una determinación y lucha poco común. Sacó adelante un proyecto tan arriesgado como personal, dejando entrever una manera de entender el cine profundamente ligada a la libertad creativa.
Ahora traslada esa mirada a la televisión con Cochinas, disponible en Prime Video, y Millennial Mal, que llegará a Filmin el próximo 30 de junio.
Hablamos con ella sobre personajes femeninos, libertad creativa, la industria audiovisual y la importancia de mantenerse fiel a una misma.

Hablamos con Andrea Jaurrieta
– ¿Dónde estudiaste?
Estudié Comunicación Audiovisual en la Universidad Complutense de Madrid y, al mismo tiempo, Arte Dramático en el Laboratorio William Layton. Por las mañanas hacía interpretación y por las tardes iba a la facultad, así que terminé ambas titulaciones prácticamente a la vez.
Incluso llegué a trabajar como actriz. Hice de pingüino y de ardilla (risas) y participé en una versión de Bonnie and Clyde. Precisamente allí conocí a Iván, que desde entonces es mi socio en la productora. Me fui al lado oscuro (risas). Después también cursé el Máster en Dirección de Cine en la ESCAC.
– Viendo tu trabajo, da la sensación de que tú ruedas emociones antes que argumentos. ¿Te reconoces en esa idea?
Sí, creo que es así.
Cuando escribo guiones, lo que más me cuesta es estructurar un argumento. Me guío mucho más por imágenes o por emociones que por una sinopsis narrativa. Esa parte termina apareciendo después, pero el impulso inicial siempre nace de ahí. Mi forma de escribir es muy emocional antes que argumental.
– Tus proyectos hablan de mujeres muy distintas, pero todas parecen estar intentando escapar de una identidad que otros les han impuesto. ¿Es una idea que aparece de forma consciente o descubres ese hilo cuando miras hacia atrás?
Ahora soy muy consciente de ello, pero no lo fui desde el principio. Empecé a darme cuenta cuando ya llevaba varios cortometrajes y vi que todos compartían esa misma inquietud: mujeres que intentan huir, ya sea de sí mismas o de las imposiciones sociales.
Creo que toda mi filmografía gira alrededor de una misma pregunta: si realmente es posible escapar o huir de uno mismo. Siempre aparece esa necesidad de ruptura, de fuga o huida.
Supongo que tiene mucho que ver con mi propia experiencia. He pensado mucho sobre este tema, gracias por haberlo visto. Crecí en un pueblo, y desde pequeña sentía que aquel lugar era una especie de jaula. Tenía la sensación de que no pertenecía allí y que necesitaba marcharme. Ahora vuelvo, estoy encantada y ya no tengo ese conflicto, pero esa necesidad de escapar sigue estando muy presente en mis historias.
– ¿Cuál ha sido la decisión más impopular que has tomado como directora y que, con el tiempo, has comprobado que era la correcta?
Probablemente mantenerme firme con Ana de día.
Fue una película en la que insistí mucho en contar la historia exactamente como quería hacerlo. Tiene una estructura narrativa poco convencional y hubo momentos en los que esa decisión dificultó incluso la financiación. Entró menos dinero porque yo me empeñé en mantener esa forma de narrarla.
Con el tiempo creo que fue la decisión correcta. Ahí hay una esencia narrativa muy personal que terminó dándole carácter e identidad a la película.

– Si alguien viera una película tuya sin saber que la has dirigido, ¿qué pequeño detalle te gustaría que le hiciera pensar: “Esto solo podía haberlo rodado Andrea Jaurrieta”?
Me cuesta muchísimo responder porque tengo bastante síndrome del impostor y analizar mi propio trabajo siempre me resulta complicado.
Pero sí me gustaría que me relacionaran con personajes femeninos un poco punkis. Mujeres que, desde la comedia o desde el drama, intentan rebelarse contra aquello que la sociedad espera de ellas. Creo que eso sí me gustaría que acabara siendo una marca reconocible de mi cine.
– En el cine solemos hablar mucho de referentes, pero poco de renuncias. ¿Hay alguna película que conscientemente hayas evitado hacer porque sentías que no tenías nada que decir con tu voz?
Sí. Me han llegado algunos proyectos con los que no me sentía identificada y he preferido decir que no.
Hay algunas comedias que funcionan muy bien y hacen mucha taquilla, pero siento que no tendría nada que aportar en ellas. Si una historia no me interesa como espectadora, tampoco me interesa como narradora.
De Ana de día a Nina no recibía propuestas, pero desde Nina sí que me llegan propuestas. Soy consciente de la suerte que supone poder elegir, pero prefiero seguir dando clases antes que firmar una película en la que no creo. Al final estás poniendo tu nombre en una obra y, para mí, el cine sigue siendo una forma de expresión artística. Si no siento que me estoy expresando de verdad, ¿para qué hacerlo?
También entiendo perfectamente a quien acepta otros proyectos. Hay circunstancias personales que pesan mucho. Si tienes una familia que mantener, quizá no puedas permitirte decir que no. En mi caso, doy clases y eso me da cierta libertad para escoger, no sé lo que pasaría si tuviera dos hijos.

– Dirigir una serie implica poner tu mirada al servicio de un universo que muchas veces está compartido con otras personas, como te ha ocurrido con Cochinas o Millennial Mal. ¿En qué momentos sientes que Andrea Jaurrieta desaparece detrás del proyecto y en cuáles es imposible esconderla?
Depende mucho del proyecto.
En Cochinas, por ejemplo, los showrunners no iban a dirigir los episodios, así que recibí el guion y tuve mucha libertad para construir la propuesta visual. Pude llevar mis referentes, decidir cómo quería mover la cámara, plantear la iluminación y marcar el tono de la serie. Como además era la directora principal, después compartí esa línea con las otras directoras y trabajamos muy bien juntas, nos entendimos muy bien.
En cambio, Millennial Mal era una situación completamente distinta. Lorena Iglesias, con la que codirijo todos los episodios, es la creadora, la showrunner y además interpreta el personaje protagonista. Era su universo. Ahí yo desaparecía un poco más como directora en las decisiones formales y me centraba sobre todo en la planificación y en la dirección en el set.
No tengo ningún problema en ponerme al servicio de un proyecto cuando estoy dirigiendo para otros. De hecho, a veces me produce menos presión que dirigir una historia propia. Lo vivo como un trabajo que intento hacer lo mejor posible, aportando todo lo que puedo.
– Cuando preparas una escena, ¿piensas antes en lo que quieres que sienta el espectador o en lo que necesita vivir el personaje?
Diría que un ochenta por ciento pienso en el personaje y un veinte por ciento en el espectador. Si los personajes no viven una emoción auténtica, nunca podrán transmitirla. Eso siempre está por delante.
Después, claro, durante la planificación también pienso en cómo va a recibir esa escena el público. Pero muchas veces la realidad del rodaje cambia por completo lo que habías imaginado.
Recuerdo una escena de Cochinas entre Paca e Isidro. Yo llevaba una planificación bastante elaborada, con muchos planos pensados para guiar la mirada del espectador. Sin embargo, cuando empezaron a interpretar la escena, la emoción que transmitían juntos era tan poderosa que decidí simplificarlo todo. Al final la escena se grabó con tan solo tres planos.

– ¿Cuál ha sido la mejor discusión creativa que has tenido con un actor o una actriz y que terminó mejorando una escena?
No sabría señalar una conversación concreta, porque me ocurre continuamente durante los ensayos. Me gusta trabajar mucho con los actores antes del rodaje y aprovechar todo lo que ellos descubren de sus personajes.
Recuerdo especialmente a Mona Martínez durante Ana de día. Su personaje ya estaba escrito, pero, mientras ensayábamos, empezó a hacer preguntas, a relacionar unas escenas con otras y a encontrar matices que yo no había visto mientras escribía. De repente sentía que el personaje crecía muchísimo más allá del guion.
Fue una de las primeras veces que fui realmente consciente de cuánto puede enriquecer un actor una historia.
Quizá por eso defiendo tanto que un director debería tener alguna formación interpretativa. Haber estudiado interpretación me ayuda muchísimo a comprender la vulnerabilidad de los actores. Son la única persona del rodaje que no puede verse mientras trabajan. Están completamente expuestos y tienen que confiar ciegamente en quienes están detrás de la cámara.
Entender esa vulnerabilidad hace que trabaje con ellos desde otro lugar. Creo que dirigir actores tiene mucho de empatía y también bastante de psicología.
– Después de dirigir cine y series, ¿hay alguna regla sobre cómo se cuentan las historias que antes dabas por cierta y que ahora hayas dejado de creer?
Creo que hay dos partes.
Por un lado, cada vez tengo más ganas de hacer películas que rompan con las estructuras narrativas tradicionales, historias más experimentales y más arriesgadas.
Pero, por otro, la propia industria te obliga a aceptar que, si quieres financiar una película, tienes que ajustarte bastante a esas estructuras. También porque el público está acostumbrado a ellas.
Ahí aparece una contradicción constante: como creadora quieres arriesgar, pero también quieres que la película exista y pueda llegar a la gente.
La situación del cine independiente es complicada. La gente va menos a las salas y las plataformas necesitan productos que consigan que el espectador haga clic. Si propones algo demasiado poco convencional, suele tener menos visualizaciones y eso hace que se produzca menos.
Por eso creo que hoy el gran reto consiste en encontrar un equilibrio entre la autenticidad, la financiación y el público.
Hace años el cine de autor podía permitirse experimentar mucho más porque existía un público que buscaba precisamente eso. Ahora todo resulta bastante más difícil.
Me gusta pensar que mi cine intenta ir un poco a contracorriente.
Andrea Jaurrieta.
– ¿Crees que hoy hay menos público para ese tipo de cine?
No creo que haya menos público para el audiovisual. Al contrario: probablemente vivimos el momento en el que más contenido se consume.
Lo que ocurre es que ha cambiado la manera de consumirlo y también la forma de producirlo. Eso hace que, muchas veces, se asuman menos riesgos creativos.
Ojalá existiera una industria capaz de apoyar a autores que quisieran hacer propuestas realmente diferentes. Creo que solo así evoluciona el lenguaje audiovisual.
Porque, al final, el problema es muy sencillo: si nadie financia esas películas, es imposible hacerlas.
– Cuando aparecieron las plataformas parecía que iban a abrir la puerta a nuevas voces y a una mayor libertad creativa. ¿Con el tiempo ha ocurrido justo lo contrario?
Depende mucho de la plataforma.
Siempre pongo como ejemplo el trabajo que hizo Movistar Plus+ apostando por cine de autor durante varios años. Demostraron que, cuando apoyas a los creadores con buenos presupuestos y les das libertad, el resultado puede ser extraordinario. Muchas de aquellas películas llegaron a los festivales más importantes.
Por eso creo que sí existen modelos que funcionan.
El problema es que después cambian las direcciones de las empresas, cambian las estrategias y todo vuelve a empezar.
Muchas veces las obras más arriesgadas reciben el reconocimiento de la crítica y del propio sector, pero no consiguen una audiencia suficientemente amplia. Ese es el gran dilema. Las plataformas terminan produciendo aquello que la gente ve. Si determinadas propuestas apenas tienen visualizaciones, dejan de hacerse.
Es una situación bastante compleja y, a veces, incluso desesperante.
Dicho esto, también me parece justo destacar las cosas que funcionan bien. Tanto Prime Video como Filmin nos dieron una libertad creativa absoluta.
En Cochinas, que tenía mucho riesgo, por ejemplo, la única duda que surgió fue que imaginaban una fotografía algo más luminosa. Les enseñé las referencias visuales que tenía en mente, expliqué por qué quería una imagen más oscura y lo aceptaron sin problemas.
– Si dentro de veinte años una joven directora dijera que empezó a hacer cine por una película tuya, ¿qué te gustaría que hubiera aprendido de ella más allá de tu técnica?
Me gustaría que hubiera aprendido a ser fiel a sí misma. A confiar en la manera en la que quiere contar sus historias y a defender personajes que quizá no estén de moda.
Me gusta pensar que mi cine intenta ir un poco a contracorriente. No porque lo busque de forma consciente, sino porque hay veces que siento que una historia merece ser contada aunque no sea la tendencia del momento.

Cuestionario Furioso de Andrea Jaurrieta
Película favorita: Siempre digo Annie Hall, porque probablemente sea una de las películas que más veces he visto. Pero, si pienso en los últimos años, La zona de interés me dejó completamente pegada a la butaca. Me impactó.
Serie favorita: Sexo en Nueva York. Sin ninguna duda. La he visto infinidad de veces.
Libro favorito: La náusea, de Jean-Paul Sartre. Es uno de los libros que más me han marcado y al que siempre vuelvo.
Cómic favorito: La sangre de la Virgen. Me fascinó la forma en la que retrata Los Ángeles y la propia industria del cine en los 70.
Cantante/grupo de música: PJ Harvey. Aunque también podría decir Patti Smith.
Artista plástico favorito: Me gusta mucho Andrew Wyeth. Fue una referencia importante para algunos planos de Nina. También admiro la obra de Anselm Kiefer.
Miedo tecnológico: Pues Terminator, obviamente, que la IA coja el control y se apodere de nuestra existencia (risas).
Otro miedo que me da miedo de verdad es el control a través de las redes sociales del pensamiento crítico. El otro es como una distopía, pero este es un miedo que existe. Que está sucediendo.
