‘Terminator 2’: Veredicto final

Marcos Cañas

Si a una película se la debe juzgar por los parámetros de su género, Terminator 2: El juicio final (1991) resulta prácticamente insuperable. Conforme transcurren las décadas, esta secuela de una de las series B más rentables de todos los tiempos resiste tranquila cualquier envite dentro de las distopías de la gran pantalla, sabedora de que nada que surja en la franquicia podrá arrebatarle sus laureles.

Durante los siete años transcurridos entre la primera y la segunda parte ocurrieron muchas cosas. Terminator (1984) es un trabajo modélico de optimización de recursos, incluyendo rodar en las calles más oscuras y peligrosas de Los Ángeles porque suponían un abaratamiento de los costes.  

Su continuación es algo diferente, como si presenciásemos el acabado final de un boceto que nos había interesado muchos años atrás, ya presentado en una lujosa galería. Uno de los pocos defectos que le podemos achacar radica en su promoción, con uno de los tráileres más indiscretos de la historia reciente, revelando uno de los quiebres que culminaban una trepidante persecución: Arnold Schwarzenegger iba a luchar en aquella ocasión para el bando de los buenos ante un enemigo quizás incluso más implacable que él.

Para James Cameron, la cabeza responsable del proyecto, fue el colofón a una idea que le llevaba rondando desde los días en que cayeron en sus manos los libros de Harlan Ellison o El Hombre Máquina de Marvel Cómics, particularmente en los diseños del artista británico Barry Windsor-Smith.

El Hombre Máquina por Barry Smith
El Hombre Máquina por Barry Smith

La trama principal es mundialmente conocida: el superordenador Skynet domina el año 2029. Al borde del Holocausto, dispone de los Terminators, cyborgs de apariencia humana que son muy difíciles de destruir. El líder de la resistencia humana es John Connor. Mandando un T-800 al pasado, Skynet quiere evitar que este personaje nazca, mediante la eliminación de su madre Sarah Connor.

Previo a la leyenda

Frente a la creencia popular, Terminator no fue un éxito instantáneo. Aunque en países como España dispongamos actualmente de deliciosas obras colectivas como El imperio de Skynet (2018), cabe recordar que su estreno en la península fue poco más que discreto, siguiendo la tónica de lo que estaba sucediendo en el resto del globo.

Fue el transcurrir de los revisionados donde forjó su fortaleza, generando una creciente comunidad de fans que estarían dispuestos a saber más de aquel futuro inquietantemente cercano.

Todo terminó encajando, incluso lo que pareció mal en su inicio. Orion Pictures jamás estuvo convencido del rol protagonista, barajando en no pocas ocasiones a O. J. Simpson, en una decisión que plantearía un What If…? más que curioso. Incluso un semidesconocido Bruce Willis fue barajado. Schwarzenegger estuvo casi desde el principio, pero iba a ser Kyle Reese, aunque tuvo el olfato de intuir que el verdadero bombón del argumento era aquella fría máquina que no se cansaba en su cacería.

Resultaba el camino previo a la leyenda. Si bien puede parecer hiperbólico a simple vista, entre muchas otras lecturas, Terminator 2 es un exorcismo autobiográfico. Entre otros trabajos hasta conseguir su meta, Cameron llegó a sentir verdadera aversión por la conducción de camiones, fobia que luciría mucho en esta segunda parte donde rara vez se ha hecho explotar a esos vehículos con más arte.

Terminator 2

En realidad, todo podría resumirse en adentrarse en el género más palomitero desacomplejado, pero sin renegar jamás de la clase. Por estética, gafas de Sol, chupas de cuero, armas, motos y un montón de códigos más, la estampa resultaría la metáfora perfecta de lo mejor de la filmografía de los ochenta con los avances técnicos que llegarían en la siguiente década.

Terminator 2: Black Sabbath

Es una fórmula infalible. Si te encuentras zapeando y aparece cualquier momento de Terminator 2, existen altas posibilidades de que la sigas hasta que termine. Da igual la secuencia, porque, si ya las has visto, tienes la absoluta seguridad de que vuelves a una montaña rusa que únicamente conoce picos, pasando de un clímax a otro.

Una virtud admirable en el séptimo arte a la hora de llevar algo a la cartelera es poder disimular los defectos y colocar únicamente en el escaparate las virtudes. Cameron se había fascinado de niño por joyas como 2001: Una odisea en el espacio (1968), su caída de caballo de Damasco para adorar la ciencia ficción, y admiraba sanamente el trabajo de otros colegas de la industria como Ridley Scott en Blade Runner (1982).

Los androides de Blade Runner, la distopía ciberpunk de Ridley Scott.
Los androides de Blade Runner, la distopía ciberpunk de Ridley Scott.

Buceando en las más de dos horas de metraje de robots asesinos implacables, no hallaremos esa filosofía noir envuelta en un universo cyberpunk. La grandeza de la obra que hoy nos ocupa radica en evitar jugar a ser lo que no es. Quizás la distopía de Skynet no tenga la solidez de cimientos que hallamos en la literatura de Philip K. Dick, pero esta segunda parte no nos va a consentir ni por un segundo que reflexionemos sobre ello, demasiado ocupados en estar con la mirada fija en un concierto heavy memorable.  

Ello no debe interpretarse como ninguna clase de reproche. Precisamente la comparativa con Scott muestra con claridad cuáles son los dones de Cameron. Era imposible emular el terror de la magistral Alien, el octavo pasajero (1979), pero él fue capaz siete años después de hacer un cóctel de alto voltaje como Aliens: El regreso, donde mostró que se podía filmar en ese universo con unas dosis de acción impresionante.

Pensar en binario

Arnold Schwarzenegger, quien no parecía por aquel entonces la candidatura más fiable para recitar un soliloquio shakesperiano, tampoco carecía de perspicacia para el mercado. Tenía muy cercana la fallida Conan, el destructor (1984). El austríaco se dio cuenta de que la producción de Dino de Laurentiis había caído en un error típico tras tener éxito con un personaje de quiebre: querer continuar la saga haciéndolo apto para todos los públicos y en una atmósfera más políticamente correcta.

Arnold Schwarzenegger (T-800) en Terminator 2.
Arnold Schwarzenegger (T-800) en Terminator 2.

Por ello, la opinión de aquella estrella del culturismo que supo fraguarse una carrera más que notable en Hollywood no es un tema baladí. Schwarzenegger dejo claro que únicamente se embarcaría en la nueva película de Cameron si la cuestión subía incluso el listón de lo que habían hecho en su primera colaboración. Teniendo en cuenta que el presupuesto iba a sobrepasar los 100 millones de dólares, el cielo era el límite, habida cuenta la habilidad del cineasta para imaginar nuevos usos de la tecnología para el cine.

Con esos firmes propósitos, volvería a contar con el equipo de trabajo liderado por Stan Winston, auténtico perfeccionista que ya había hecho prodigios con menos emolumentos. Minucioso analista de los detalles, se advierte su toque genial en los más realistas esqueletos internos que veremos en las creaciones futuristas de la malvada Skynet: especialmente, el T-1000 implacable al que daría presencia Robert Patrick, uno de los antagonistas más temibles de aquella década en las carteleras.

Robert Patrick (T-1000) en Terminator 2.
Robert Patrick (T-1000) en Terminator 2.

El público que había gozado con el implacable Arnold años atrás iba ahora a descubrir otra forma de terror. Patrick sería algo distinto, el perfeccionamiento máximo de Skynet, una figura que elevaba el listón de los androides anteriormente vistos a nuevas cotas. El T-800 se vería obligado a un combate homérico donde siempre estaría en la desventaja.

El daimon

Cuando James Cameron despertó, Sarah Connor ya estaba allí. El rico universo futurista del cineasta bebe mucho de sus pesadillas, pero también de las vivencias personales del artista. Decir que Sarah es el alma de la segunda parte de Terminator únicamente implica señalar una evidencia, un hecho que admite poca controversia.

Sharon Williams, antigua esposa de Cameron, es la musa que llevó a la creación de la madre del futuro John Connor. Una especie de marianismo con toques de espartana que hallarían en la formidable Linda Hamilton una imagen icónica. Suele decirse que ha sido su único gran papel, si bien debemos tomar muchos recaudos a la hora de analizar esa percepción maliciosa.

Linda Hamilton como Sarah Connor en Terminator 2
Linda Hamilton como Sarah Connor en Terminator 2.

Gale Anne Hurd fue la gran valedora de Linda Hamilton en un casting donde desfilaron talentos como el de Sharon Stone o, la favorita de Cameron, Debra Winger. El casting para esta intérprete de Maryland fue de todo menos sencillo, aunque poseía el aval de su éxito con Los chicos del maíz (1984).

Es importante volver a ese Terminator inicial para entender por qué todo en la secuela es tan natural. Cameron terminó entendiendo que Hamilton poseía algo en su mirada. La Sarah Connor de la primera entrega va evolucionando de presa indefensa hasta que Kyle Reese la ayuda a comprender y abrazar su destino. Como Terminator 2: El juicio final mostró a una protagonista tan poderosa, podemos caer en la tentación de obviar ese fascinante trabajo previo.

Arturo González Campos acertó a afirmar que Linda Hamilton es el gran regalo de este film, el broche de oro con el que debía terminar la epopeya.

Terminator 2: Colgados de Sarah

Fue el momento de liberar las cadenas a una fuerza que debía salir. Hay cosas en el lenguaje corporal de Linda Hamilton que ya están anticipando lo que hará Uma Thurman en Kill Bill (2003). Un viaje iniciático desde el dolor y la indefensión que son el paso imprescindible para crecer.

La heroína de esta épica ciencia ficción, con todo, tiene que librar dos batallas en una: la campal y otra mental. Durante su primer encuentro con un T-800, sufrió a un modelo hercúleo que la intentó destruir por todos los medios posibles. Ahora, debería aceptar la ayuda de un envoltorio similar, pero mandado por su propio hijo con propósitos benignos.

Ha sido el escritor Juan Gómez Jurado quien mejor ha comprendido la esencia del guion firmado por William Wisher Junior y el propio Cameron. Ante todo, Terminator 2 es una oda al fracaso. Al aprendizaje constante que únicamente puede venir de las malas decisiones que tomamos. Así, el joven y perdido John Connor (Edward Furlong) se verá en una tesitura poco deseable, pero con su yo del futuro mandándole un ángel de la guarda que siempre va a obedecerle, incluso cuando no tenga razón o su plan presente lagunas.

Edward Furlong como John Connor en Terminator 2.
Edward Furlong como John Connor en Terminator 2.

Y en ese compromiso hace falta un punto de apoyo que solamente Hamilton puede ofrecer. El objetivo de la segunda parte es desmontar todo lo que pudiera pensarse sobre el T-800 y hasta abrir la rendija de que su avance permita emociones que se asemejen a ese concepto difuso que hemos dado en llamar humanidad.

Perspicazmente, Susan Jeffords ha investigado en los tipos de masculinidad que dejo la era Reagan en las películas norteamericanas, un molde donde incluso Kyle Reese podría encajar. Por ello es tan importante este salto en el juicio final, donde Sarah determina protegerse a sí misma.

Music of Future Past

Había llovido mucho desde Xenogenesis (1978), aquel punto de partida donde James Cameron, un meritorio de Hollywood, se unió a Randall Frakes para darse a conocer a través de este corto donde ya mostró una buena muestra de su firme personalidad. A la altura de 1991, quizás había terminado su trabajo más redondo, una pieza donde puso todo lo que tenía al servicio de un equipo y casting tremendo.

William Wisher Junior, pluma imprescindible para entender el argumento de esta distopía, llegó a afirmar que Terminator no era otra cosa que grabar ¡Qué bello es vivir! (1946), pero con pistolas. Indudablemente, una boutade, aunque ese punto de irónica verdad que suele esconderse en ellas.

Sarah, John y su inesperado aliado se encuentran frente a una carrera contrarreloj desenfrenada que va a dar uno de los terceros actos más grandilocuentes que se recuerdan. Las versiones extendidas de esta joya no perjudican el asunto, de hecho, añaden más momentos que refuerzan la curiosísima evolución del T-800 hasta una catarsis que solamente un equipo como el de Cameron puede emplear sin caer en la cursilería.

Claro que todo suena mejor con el acompañamiento que proporciona un maestro del rango de Brad Fiedel, quien halló en la colaboración con Cameron su bautismo de fuego. A lo largo de la primera parte, mostró un instinto natural para transmitir el sentimiento de persecución de la protagonista.

Fiedel logró armonizar la frontera entre la máquina y la humanidad de una forma magistral, generando una evocación que sigue derritiendo a cualquier audiencia que caiga en la tentación de este juego.

Lágrimas desordenadas

Tal vez, nunca debió suprimirse ese final. La mirada agradecida de una guerrera en su merecido descanso. Aquella escena de una envejecida Linda Hamilton suponía el cierre de la última parte de una saga que iba a quedarse en un rincón muy especial de la memoria de la ciencia ficción.

Sea como fuere, cumpliendo el precepto, escuchamos “Volveré”.

Terminator 3: La rebelión de las máquinas (2003) fue el anticipo de las secuelas venideras y productos derivados. Nombres como Cameron o Hamilton se negaron a participar. Se dijo que la segunda no quería volver a pasar por el riguroso entrenamiento físico que demandaba Sarah Connor, aunque quizás había algo más.

A los lugares donde se ha sido feliz no conviene arrasarlos con repeticiones. Seis años después desembarcó Terminator Salvation (2009), la entrega que consiguió la quimera de ni siquiera utilizar a Schwarzenegger salvo en una breve especie de homenaje/clonación. Con todo, el titán austríaco, quien ya había sido gobernador de California, retornó en la curiosa Terminator Génesis (2015), donde Emilia Clarke demostró que podía ser una Sarah Connor interesante, pero que ya restaba poco por contar de aquella distopía que añadiese algo a la redondez del juicio final de 1991.

Lo mismo podría decirse de una actriz con la presencia y talento de Lena Headey, el carisma que orbita en Terminator: Las crónicas de Sarah Connor (2008-2009), dos temporadas para conocer algo más de los sucesos inmediatamente posteriores a Terminator 2.

Lena Headey (Cersei en Game of thrones) es Sarah Connor en Terminator: Las crónicas de Sarah Connor.
Lena Headey (Cersei en Game of thrones) es Sarah Connor en la serie Terminator: Las crónicas de Sarah Connor.

El último asalto, con retorno de Linda Hamilton incluido, la hallamos en Terminator: Destino oscuro (2019) una desmitificación innecesaria de la figura de John Connor, si bien con el atractivo de meter algunas referencias a la administración Trump.

Un conglomerado de secuelas que en no pocos casos son dignas, pero que evocan lágrimas desordenadas de nostalgia por la obra maestra del puzle.

Terminator 2: El rincón de la memoria

El recuerdo de El juicio final tiene un lugar de privilegio en mi memoria cinéfila. Con todo, intentó entrar poco a molestar, pero perfectamente consciente de que la fortaleza de Sarah Connor o las implacables carreras del T-1000 estarán allí inalterables en la revisión anual, extendida y con extras.

La vieja máxima de que cada secuela es peor que la anterior presenta no pocas fisuras. Recientemente, Mad Max: Fury Road (2015) o Blade Runner 2049 (2017) se han erigido en desafíos a la nostalgia mal entendida. Universos tan ricos de la ciencia ficción no tienen que cerrarse a cal y canto sin motivo aparentemente.

No obstante, algo me dice que esa escena en la forja es el cierre perfecto de un círculo. Que lo logrado allí por Schwarzenegger, Hamilton y el resto era el máximo posible para ese modelo de examen.

El «Ok» en la forja en la forja con el que se despedía T-800 de todos nosotros.

Casi desde el primer instante fuimos conscientes de que Terminator 2 no se quedaría obsoleta. Últimamente, la tentación que me invade es pensar que tampoco precisa de actualizaciones.  

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