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‘Promesas del este’: Naomi Watts, la hija prohibida

Un fino hilo de talento rubio une a ambas carreras. Siendo sumamente singulares y atípicas, las trayectorias de David Cronenberg y David Lynch esconden una especie de biografías conectadas, erigiéndose sendos cineastas como los artífices de una poesía críptica en el séptimo arte, produciendo unos filmes de belleza inclasificable donde lo poético, tenebroso, carnal y misterioso se dan la mano armoniosamente.

Entre esos hilos de las Moiras llama la atención que sea una actriz como Naomi Watts quien se manifieste como el denominador común. Sin embargo, es una ligazón innegable. Al final del día, la dualidad Betty/Diane en la asombrosa Mulholland Drive (2001) y la vitalidad de Anna Ivanova Khitrova, coprotagonista de Promesas del este (2007), quedan bajo la batuta del talento de Watts; una pareja de papeles referenciales desde la cámara de dos de los cineastas más influyentes de su generación.

Si bien es cierto que volvió a colaborar con Lynch, su única incursión en el mundo de Cronenberg ya fue suficiente para perdurar en ese imaginario popular, como la hija prohibida de una unión en la oscuridad de incalculable valor.

Póster de Promesas del este.
Póster de Promesas del este.

Promesas del este: La herejía

Imagina que, donde otras voces únicamente se escandalizan por las vísceras y salpicaduras de sangre, tú has sabido discernir el arte. Como si más allá de la provocación hubiera un talento emergente, una carrera única no apta para todos los paladares. Cada estreno del canadiense te lleva a compartir un secreto con una minoría selecta, un club devoto de estrenos fantásticos y descarnados donde no cualquiera podría ser miembro. Sin embargo, de repente los vientos cambian y aquello que era casi un escondite gozoso pasa a ser vox populi.

Es en ese contexto de dejar lo undergorund cuando surgen Una historia de violencia (2005) y Promesas del este (2007). Ambas con una estrella emergente como Viggo Mortensen en los papeles principales, casi como una traducción de un texto camuflado que se vuelve inteligible incluso para quienes no han participado de su copia y sistemas de abreviaturas en el misterioso monasterio amanuense. Años atrás, el crítico Pedro Calleja se quejaba, con razón, de que muchos de sus colegas hubieran descubierto a Cronenberg como alguien nuevo con Videodrome (1983). ¿Cómo perdonar en aquel contexto que ahora el director maldito estuviera en lo popular, en un cine reconocible que pudiera atraer a la taquilla?  

Ahí radica una de las paradojas de esas dos cintas. Fueron repudiadas por el sector que más las debía haber amado, señaladas como la consumación de la traición, el instante donde Cronenberg ya fue algo universal y global. Curiosamente, cada integrante de la dupla con dos actrices protagónicas de suma fuerza: Maria Bello en la primera y Naomi Watts en la segunda. Cada una de ellas compartió pareja de baile con la otra: Viggo Mortensen, un camaleón que se iba incrustando en los mecanismos de Hollywood sin dejar de ser independiente, un outsider con derecho de admisión.

Naomi Watts y Viggo Mortensen en Promesas del este.
Naomi Watts y Viggo Mortensen en Promesas del este.

Promesas del este: Los esclavistas

Apenas había escarbado en la superficie, pero ya se intuía el cementerio de almas. Steven Knight recibió el encargo de hacer un documental sobre el tráfico de personas, especialmente con un acento claro hacia las mujeres de la Europa oriental que venían atraídas con falsas promesas de un trabajo mejor y acababan dándose de bruces con un prostíbulo o algo inclusive peor. A finales de 2005, un enfant terrible del cómic como Garth Ennis usó a un icono vengativo como El Castigador para exhibir esta infamia aterradora.

Knight se dio cuenta de las reglas y quedó sorprendido por ellas. Resultaba mucho menos arriesgado para un criminal tratar con mujeres que arriesgarse a ser pillado con heroína. Los subterfugios legales para alegar que ellas vinieron convencidas motu proprio y penas de cárcel menores a un año parecían un aliciente para estructuras violentas y bien organizadas. El guionista se fue olvidando del documental y empezó a gestarse en su cabeza un plan cinematográfico, trazar una de esas historias ficticias que, no obstante, desprenden el tono agridulce de la realidad sin llegar a ser desesperanzadoras.

Entre otras voces autorizadas, David Cronenberg quedó impresionado por el material de aquel libreto. Su ambientación en un Londres globalizado, capitalista y aterrador bajo un excelente disfraz de cotidianeidad (ese mismo american way of life que Lynch ridiculiza y denuncia en su hipocresía con maestría en los rincones comunitarios de Estados Unidos) reflejaba el envoltorio perfecto para un relato visceral.

Era allí el escenario. Uno donde ricos herederos de pozos petrolíferos en los Urales aparecían con maletines llenos para comprar prestigiosos clubes de la Premier League, un mundo de trajes y sofisticados relojes donde, en ocasiones, podía caer desplomado algún antiguo agente de la KGB en localizaciones donde luego se improvisó un set de rodaje.

Viggo Mortensen en Promesas del este.
Viggo Mortensen en Promesas del este.

Promesas del este: Llama a la comadrona

Cualquiera que haya visto Mulholland Drive reconoce la amenaza velada que se esconde tras la frase: This is the girl. Pese a ello, cuando Cronenberg afirmó algo parecido sobre Naomi Watts, estaba reconociendo a la estrella clave de su función. La prosa descarnada de Knight llevaba a un protagonista oscuro, el chófer Nikolai, el discreto, atractivo y misterioso hombre de los recados para un despiadado jefe criminal ruso y su díscolo heredero al trono. Para equilibrar la balanza, hacía falta otro reflejo luminoso, una opción de ver la otra cara de la moneda.

En un cineasta que ha sabido plasmar tan bien la muerte y el deseo en diferentes ocasiones, pensemos en la irrepetible Crash (1996), sorprende que Cronenberg sacase tanto espacio para lo vital y puro en Promesas del este. Llevado en estricto secreto por la actriz, Naomi Watts inició el rodaje con un embarazo que apenas daba sus primeros pasos. No obstante, la fuerza de la maternidad y la luz de proteger una vida naciente está presente en la mirada de la británica en cada toma, siendo una pausa necesaria en la partida de ruleta rusa que estamos presenciando como audiencia.

Por un mágico instante, Llama a la comadrona (2012) se fusiona con Los Soprano (1999-2007) en un eclecticismo mayúsculo del que el maestro canadiense sale airoso. Lo llamativo es que Mortensen y Watts resultan siempre creíbles, incapaces de hiperbolizar o suavizar a sus personajes innecesariamente. Nikolai es capaz de reconocer la bondad tanto como Anna lo es de percibir aquello tras el telón, un rincón para la muerte y el caos. La historia de una atracción tan atípica como sumamente creíble, esos instantes donde, Cronenberg dixit, dos barcos intuyen sus siluetas en plena noche, movidos por la curiosidad y sabiendo cada embarcación que sus rumbos son distintos. 

Promesas del este.
Promesas del este.

Promesas del este: La gran defusión

Inicialmente, puede parecer algo desilusionante. Tras mucho tiempo siendo concebidos por su público como almas atormentadas y capaces de sumergirse en los avernos, un análisis pausado de autores como David Lynch o el propio Cronenberg no deja de esconder aspectos muy cotidianos. A través de las páginas de Atrapa el pez dorado: Meditación, conciencia y creatividad (2016), el autor del Terciopelo azul (1986) advertía a navegantes que quienes debían sufrir en sus películas eran los personajes, que nada exigía que el propio individuo tras la cámara tuviera que pasar por semejante proceso.

De cualquier modo, no puede culparse a la legión de fans de esta dupla de poetas oscuros por caer en ese tópico, máxime cuando un hombre con la experiencia de Martin Scorsese incurrió en idéntico error. En un navideño 1982 en Manhattan, cuando acudió a conocer al tipo que había hecho tantas cintas de terror, el realizador italoamericano admitió que se sentía inquieto. Esperaba, de un momento a otro, toparse con una especie de Renfield, el excéntrico, carismático y desquiciado sirviente de una oscuridad mayor.

Al descubrir ese prejuicio, el artista canadiense le recordó que él sí que debía estar preocupado en ese caso, puesto que se iba a sentar a la mesa con el hacedor de la infernal Taxi Driver (1976).

Un rasgo de inteligente sentido del humor que desmitifica la aureola de artista maldito. De igual forma, Watts había aprendido desde que en la promoción de Mulholland Drive tuvo la sinceridad de admitir algunos procesos depresivos y pensamientos negativos cuando su carrera cinematográfica no despegaba todavía. Usadas sensacionalistamente en titulares morbosos, la intérprete guardaba ahora mejor sus cartas, incluyendo un embarazo perfectamente simulado y perceptible únicamente en la mirada con la que sostiene al bebé de otra mujer.     

Promesas del este: El diario

Plumas como la de Bram Stoker han confirmado que pueden ser un recurso narrativo fascinante. Los diarios encierran algo de las personas que los firmaron. Con mucha sagacidad, J. K. Rowling siempre ha dicho que el elemento más terrorífico de toda la mitología de Harry Potter es el diario de Tom Ryddle. Inmiscuirse en las hojas de esa intimidad ajena lleva establecer un vínculo profundo entre la curiosa mirada y la que plasmó esos pensamientos.

El personaje de Naomi Watts entiende a la perfección esa obsesión. Fruto de su trabajo en el hospital, Anna encuentra el último testamento vital de una malograda adolescente llamada Tatiana. Siendo descendiente de familia rusa, algo despierta su curiosidad y compasión, queriendo saber más sobre esa víctima que ha muerto durante un parto accidentado. Al volver a casa, halla el total apoyo de su tía, interpretada por Sinéad Cusack. Esta secundaria es una de las luces más resplandecientes de una filmografía tan tendente a las sombras como la de Cronenberg.

A lo largo de diferentes entrevistas, Cusack ha exhibido comprender a la perfección la moraleja de esta historia. La tía de Anna, llamada Helen y casada con un antiguo agente de la KGB, escenificaría a miles de personas inmigrantes que se ven obligadas a huir de su hogar sin otro propósito que el bienestar de los suyos y hallar acomodo en otra tierra trabajando honradamente. Sabiendo que va a llevarnos a un auténtico gremio de ladrones y asesinos capaces de atenazar una ciudad global, la cámara de Cronenberg quiere detenerse con calma en estas personas de clase media que únicamente comparten pasaporte con esos compatriotas.

Promesas del este.
Promesas del este.

Promesas del este: el salvajismo ilustrado

El guion elude en todo el momento el panfleto y jamás subraya. El tío Stepan (interpretado por el polifacético artista polaco Jerzy Skolimowski) es el más reacio al interés de Anna por el bebé y las memorias de su madre. No se trata de simple egoísmo, rápidamente ha comprendido que esa mujer tan joven ha ejercido la prostitución y cree intuir que debió tener unos patronos despiadados. La obstinación de su sobrina, se teme, podría llevarlos a toparse con gente indeseable.

Y aquí llega uno de los giros de guion más admirables de una cinta poderosa que busca siempre ropajes sencillos. Una pequeña pista en el diario, como en todo relato pulp que se precie, permite a la partera buscar más información en Trans-Siberian, un acogedor restaurante de comida rusa. La audiencia española más atenta verá aquí ya muchos de los elementos vertebradores de ese genial experimento de humor negro que fueron las dos temporadas de Nasdrovia (2020-2022), con la estelar pareja protagonista formada por Leonor Watling y Hugo Silva, bien rodeados de un excelente elenco de secundarios de Europa del Este.

Armin Mueller-Stahl da vida al apacible patriarca que regente el local, siendo a simple vista la estampa del abuelo soñado por cualquier nieto. Encantado de recibir a una paisana en tierra tan lejana, el señor Semyon representa a las dos caras de Jano. Acostumbrada la audiencia a al glamour de los jefes mafiosos interpretados por Marlon Brando o el poder físico de los James Gandolfini, Mueller-Stahl encuentra su propia voz. Lo aterrador de Semyon son sus impecables maneras, su sonrisa patriarcal y la forma en que no se encoge su rictus cuando toca dar una orden en su verdadero negocio.

Uno impregnado en la piel.

Promesas del este.
Promesas del este.

Promesas del este: Zakon

Hay algo todavía oculto e inexplicable en la relación de la piel humana con el tatuaje. Tanta seguridad en sus riesgos para hacérselos como una adicción que hace frecuente que el hombre o la mujer que se hace uno, termine repitiendo. Al igual que la yakuza y otras organizaciones, el sindicato Vory v Zakone que puebla las sombras de Promesas del este halla en este arte una manifestación de sus códigos.

Viggo Mortensen pudo sentirse en el universo Cronenberg en todo su esplendor cuando su personaje, Nikolai, debe comparecer ante un grupo de patriarcas con apenas unos calzoncillos y dispuesto a responder a todas las preguntas sobre la tinta que recorre su piel. Stephan Dupuis, experimentado maquillador, puso todo su arte en aras de combinar temperaturas y esponjas para crear esa gran ilusión alrededor del cuerpo del actor, quien expresaba en sus espaldas y pecho un cursus honorum que tenía su bautismo de fuego en las cárceles del frío.

Una escena que otro genio como Lynch habría podido llevar a altas cotas del surrealismo, si bien el canadiense aquí opta por una solemnidad de ritual atávico y salvaje. El mismo tono con el que Tony Soprano advierte a su sobrino Christopher Moltisanti de que no hay marcha atrás cuando se es miembro de eso. Nada importa más que la familia a la que has entrado. Ni siquiera tu propia familia.

Si bien puedan parecer cintas antagónicas, hay un paralelismo entre el film que nos ocupa y Danko: Calor rojo (1988): utilizar elementos como las saunas y los baños públicos para escenas de acción. Ya sea en las conjuras senatoriales de la antigua Roma o con la mafia rusa, esos escenarios de indefensión se convierten en potentes envoltorios para subyugantes escenas, instante donde es reconocible el Cronenberg más dado a las laceraciones.

Promesas del este.
Promesas del este.

Vodkas shakesperianos

Lo hemos presenciado muchas veces, pero siempre funciona cuando se hace correctamente. El Bardo dejó las bases de las grandes tragedias a través de padres coléricos y hermanas enfrentadas, sin olvidar a hijos atormentados por la herencia del recuerdo. Semyon maneja su timón con mano firme, pero es incapaz de controlar su casa: Kirill, su retoño, es un heredero impredecible y mucho más débil de lo que da a entender su atractiva fachada.

Vicent Cassel encarna a un hombre que no soporta la carga de las estrellas impregnadas en su piel, alguien que intuye inconscientemente que su subordinado y amigo Nikolai sí sería un verdadero líder, el hijo que en otra vida Semyon habría soñado. Es una clásica paradoja que luego presenciaríamos en magníficas series como Gomorra (2014-2021), el príncipe ruso y el chófer ambicioso caminan juntos entre anhelos enterrados.

El trato a las mujeres a su servicio es expuesto por Cronenberg sin ningún adorno, en toda su crudeza, en la animalidad antes que frente a cualquier clase de erotismo. Es el desprecio de Kirill hacia el otro sexo el que lleva a indagaciones incómodas, acrecentada por su envidia soterrada a Nikolai, pudiendo entreverse hasta un homoerotismo disimulado en un gremio masculino y violento.

Su pulso con Anna, en ese caso, sería doble. Un recordatorio de sus pasados actos con las mujeres y una amenaza a su vínculo con un ambicioso subalterno que, tal vez, como suele decirse, sería un paciente gigante a la espera de aprovecharse del ingenio de David para derribar a Goliat.

Promesas del este.
Promesas del este.

Promesas del este: Christine

Es una pena gozosa. Cada cierto tiempo corren rumores de secuela o incluso series de televisión que ya nada tendrían que ver con la magia filmada por Cronenberg. Sea como fuere, aunque nos morimos de ganas por saber qué será de Anna y su hija adoptiva, a veces la vida no da todas las respuestas. Tampoco de cómo Nikolai regentará el gremio de ladrones, tatuajes y dagas entre baños turcos.

Promesas del este es un regalo de actuación que mediante un espejismo nos conecta a un gran director con una de sus almas gemelas, David Lynch, merced al talento de Watts. Una cinta tenebrosa que no renuncia a ser dulce cuando la ocasión lo requiere; un pergamino codificado que alberga la gentileza de dejarnos pistas para descifrarlo con facilidad.

Sorprende poco que una mente aguda como la Guillermo del Toro, cinéfilo de olfato fino, se refiere a que el protagonista de Viggo Mortensen no deja de ser el paradigma de la obra de un artista genial y maldito: alguien en cuyo cuerpo está descrita su vida al desnudo, allí donde lo vulnerable y lo visceral se dan la mano. Un film sin escapatoria de la identidad y el pasado que culmina, curiosamente, con la belleza del nacimiento de una niña. Un enigma prodigioso.