‘Lo posthumano’, de Rosi Braidotti: cuando el ser humano deja de ser el ombligo del mundo
¿Qué queda de nosotros cuando dejamos de considerar al ser humano como el centro del mundo? En Lo posthumano, recuperado ahora por Herder, Rosi Braidotti cuestiona uno de los grandes pilares del pensamiento occidental para proponer una subjetividad feminista, nómada y conectada con los animales, la tecnología y el planeta. Publicado originalmente en 2013, el ensayo parece dialogar de manera inquietante con un presente atravesado por la inteligencia artificial, la crisis climática y la progresiva desaparición de las fronteras entre naturaleza y tecnología.
Hay una imagen que resume buena parte de la historia del pensamiento occidental. Un hombre desnudo, proporcionado, fuerte, inscrito simultáneamente dentro de un círculo y de un cuadrado. El Hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci no es únicamente una de las imágenes más reconocibles del Renacimiento: también representa el modelo de humanidad que Europa convirtió durante siglos en medida de todas las cosas. El problema, advierte Rosi Braidotti en Lo posthumano, es que aquel hombre supuestamente universal nunca representó a todo el mundo.
Herder Editorial recuperó en castellano, en 2025, dentro de su colección Pensamiento Herder, este ensayo fundamental de la filósofa y teórica feminista italo-australiana. La edición, traducida por Juan Carlos Gentile Vitale, devuelve a las librerías un libro publicado originalmente en inglés en 2013 que, lejos de haber envejecido, parece haberse encontrado con el futuro que estaba intentando describir.
Porque basta mirar alrededor. Inteligencias artificiales capaces de escribir y generar imágenes, algoritmos que conocen nuestros gustos, prótesis integradas en cuerpos humanos, manipulación genética, animales convertidos en material biotecnológico y una crisis climática que demuestra hasta qué punto nuestra existencia depende de sistemas vivos que durante siglos imaginamos exteriores a nosotros. Las fronteras entre humano, animal, máquina y naturaleza son cada vez menos evidentes. Braidotti propone pensar precisamente desde ese territorio incierto.

El Hombre de Vitruvio nunca fuimos todos
La primera operación de Lo posthumano consiste en cuestionar qué queremos decir cuando utilizamos la palabra «humano». Puede parecer una pregunta innecesaria hasta que descubrimos que la definición aparentemente universal de humanidad tiene una historia y, sobre todo, ha tenido siempre sus excluidos.
El humanismo europeo construyó progresivamente un ideal de sujeto racional, autónomo y consciente de sí mismo. Es el individuo que emerge de la tradición ilustrada, del cogito cartesiano y del ciudadano propietario y titular de derechos que terminará ocupando el centro de la modernidad. La propia presentación de la edición de Herder subraya esa genealogía del sujeto humanista que Braidotti pone en cuestión.
Pero aquel individuo abstracto tenía características bastante concretas. El sujeto que funcionó como modelo universal era masculino, europeo, blanco, racional, físicamente normativo y heterosexual. Todo aquello que se alejaba de ese patrón podía aparecer como una desviación respecto de la humanidad plena. El libro reconstruye precisamente cómo ese universalismo convivió con procesos de sexualización, racialización y naturalización de quienes eran definidos como diferentes.
Aquí el posthumanismo de Braidotti entronca directamente con el feminismo. Mucho antes de que comenzáramos a hablar de cíborgs, algoritmos o inteligencias artificiales, el pensamiento feminista ya había descubierto que detrás de muchas categorías pretendidamente universales se escondía la experiencia particular de quienes habían tenido el poder suficiente para convertirla en norma.
La cuestión adquiere entonces una dimensión política decisiva. Si históricamente algunas personas han tenido que luchar para ser reconocidas plenamente como humanas, ¿es suficiente con ampliar indefinidamente esa categoría hasta que todo el mundo pueda entrar en ella? Braidotti sospecha que no. El problema podría encontrarse en la propia existencia de un centro desde el que se decide quién representa la normalidad y quién constituye la diferencia.
Por eso su propuesta no consiste simplemente en colocar a las mujeres en el lugar anteriormente ocupado por el Hombre. El feminismo posthumano que recorre el libro pretende cuestionar la existencia misma de ese pedestal.
Lo posthumano: después del sujeto universal
La crítica de Braidotti afecta también a la identidad. Una de las grandes aportaciones del feminismo contemporáneo fue descubrir que tampoco existía una única experiencia capaz de definir qué significaba ser mujer. Las diferencias de clase, raza, sexualidad, edad o procedencia impedían mantener la ficción de una identidad femenina homogénea. El feminismo, los estudios poscoloniales y las teorías antirracistas contribuyeron así a erosionar la idea de un sujeto universal y unitario.
Braidotti parte de esa herencia para avanzar hacia su concepción del sujeto nómada y posthumano. Frente al individuo autónomo del humanismo liberal propone una subjetividad que solo puede comprenderse a través de sus relaciones. No somos entidades cerradas que posteriormente entran en contacto con el mundo, sino cuerpos que se forman permanentemente mediante encuentros con otros cuerpos, tecnologías, espacios, afectos y formas de vida.
La diferencia puede parecer abstracta, pero modifica profundamente la pregunta política. Si nadie existe de manera completamente independiente, la ética no puede limitarse a defender los derechos de individuos aislados. Debe preguntarse también por las relaciones de dependencia que permiten que esos individuos existan.
El sujeto posthumano es así material, encarnado y relacional. No constituye una esencia estable, sino un proceso. Braidotti lo concibe como una entidad atravesada por fuerzas sociales, afectivas, tecnológicas y biológicas que impiden separar limpiamente el yo del mundo que lo rodea.
Esta idea permite entender por qué el posthumanismo de Braidotti tiene bastante poco que ver con algunas fantasías transhumanistas sobre la superación tecnológica del cuerpo. No estamos ante la promesa de convertirnos en seres superiores ni ante el sueño de transferir nuestra conciencia a una máquina para alcanzar la inmortalidad. El objetivo es mucho menos espectacular y, probablemente, bastante más radical: dejar de pensar que somos criaturas autosuficientes.
El posthumanismo de Braidotti tiene bastante poco que ver con algunas fantasías transhumanistas sobre la superación tecnológica del cuerpo
Los animales también estaban fuera
Una vez cuestionada la supremacía del Hombre aparece inevitablemente otra frontera: la que separa a nuestra especie del resto de los seres vivos. El humanismo no solo estableció jerarquías entre seres humanos, sino que situó a la humanidad en una posición privilegiada frente a los animales y la naturaleza.
Braidotti denomina postantropocéntrico al desplazamiento que obliga a revisar esa jerarquía. Si el feminismo había demostrado que el sujeto universal era en realidad un sujeto situado, el pensamiento posthumano extiende la crítica hasta cuestionar el privilegio de nuestra propia especie.
Uno de los conceptos fundamentales para comprender esta operación es zoe, la vida entendida más allá de la vida exclusivamente humana. En lugar de situar al bios humano en la cúspide, Braidotti piensa la existencia como un continuo de materia viva en el que humanos y no humanos se encuentran profundamente relacionados. Esta perspectiva permite establecer conexiones entre aquello que la tradición occidental había mantenido separado: naturaleza y cultura, organismo y tecnología, materia y pensamiento.
La propuesta tampoco supone una idealización romántica de la naturaleza. Braidotti se mueve dentro de un materialismo que entiende la materia como dinámica y capaz de organización y transformación. El resultado es una visión de la subjetividad que ya no puede limitarse a un individuo humano aislado: el nuevo sujeto del conocimiento aparece como un ensamblaje complejo de dimensiones humanas y no humanas, naturales y artificiales, planetarias y tecnológicas.
Los animales ocupan aquí un lugar especialmente significativo. Nuestra relación con ellos resume algunas de las contradicciones del capitalismo contemporáneo: pueden ser compañeros afectivos, especies protegidas, mercancías industriales, organismos patentables y objetos de experimentación científica.
Braidotti utiliza el desarrollo de las biotecnologías para mostrar hasta qué punto se ha complicado la vieja división entre especies. La cuestión ya no consiste únicamente en decidir si debemos tratar mejor a los animales, sino en comprender que humanos y no humanos participamos de sistemas biológicos, económicos y tecnológicos comunes.

El capitalismo ya es posthumano
Aquí aparece una de las advertencias más interesantes del ensayo. Abandonar el antropocentrismo no conduce automáticamente hacia una sociedad más justa. De hecho, el capitalismo contemporáneo lleva tiempo atravesando alegremente las fronteras entre especies.
Para el mercado, la distinción entre humano y no humano resulta bastante menos importante cuando ambos pueden producir valor. Genes, células, semillas, órganos, animales, información genética y capacidades cognitivas pueden incorporarse a circuitos económicos. La propia vida se transforma en materia productiva.
El capitalismo avanzado puede ser, en este sentido, extraordinariamente posthumano sin ser en absoluto emancipador.
La paradoja atraviesa el libro. El mismo desplazamiento que permite imaginar una ética menos antropocéntrica puede ser utilizado por un sistema económico interesado en convertir cualquier forma de vida en recurso. Superar al Hombre no garantiza superar las relaciones de dominación construidas alrededor de él.
Esta tensión impide leer a Braidotti como una simple celebración del futuro tecnológico. Su posthumanismo necesita permanentemente una cartografía del poder: saber desde dónde hablamos, qué relaciones nos constituyen, quién dispone de determinadas tecnologías y quién soporta sus consecuencias. Entre los principios que propone para una teoría crítica posthumana aparecen precisamente la responsabilidad ética, la transdisciplinariedad, la creatividad y la necesidad de localizar las posiciones desde las que se produce conocimiento.
La tecnología no viene a sustituirnos
Esta parte de Lo posthumano resulta especialmente sugerente leída en 2026. Cuando Braidotti publicó originalmente el ensayo, la inteligencia artificial generativa todavía no había entrado en la vida cotidiana. Sin embargo, su análisis de una subjetividad tecnológicamente mediada permite leer nuestro presente sin recurrir al habitual enfrentamiento entre entusiasmo y apocalipsis.
La tecnología no aparece como una fuerza exterior que un día llegará para modificar una humanidad previamente pura. Nunca hemos sido completamente independientes de nuestras herramientas. Las tecnologías forman parte de las relaciones mediante las que construimos nuestras capacidades, identidades y formas de conocimiento.
Braidotti observa cómo el hundimiento de la vieja oposición entre naturaleza y cultura está siendo sustituido por complejos intercambios de información entre organismos y dispositivos. Biogenética, telecomunicaciones y tecnologías digitales obligan a reconsiderar qué entendemos por sujeto y qué entendemos por conocimiento.
Desde esta perspectiva, la pregunta interesante ante la inteligencia artificial quizá no sea si las máquinas terminarán pareciéndose demasiado a nosotros. Tal vez deberíamos preguntarnos hasta qué punto nuestra idea de lo específicamente humano dependía ya de una frontera artificialmente rígida entre personas y tecnologías.
Eso no elimina el problema del poder. Lo vuelve más importante. Las tecnologías tienen propietarios, infraestructuras, intereses económicos y condiciones materiales de producción. La posibilidad de participar en ese futuro tampoco está repartida de manera uniforme. Braidotti señala expresamente que unas humanidades posthumanas deberán estudiar cómo el género y la etnicidad condicionan el acceso a la condición posthumana. La vieja desigualdad puede sobrevivir perfectamente dentro del mundo nuevo.
La cara inhumana de lo posthumano
Sin embargo, el libro se vuelve considerablemente más oscuro cuando analiza aquello que Braidotti denomina lo inhumano. Las tecnologías que amplían nuestras capacidades también han transformado nuestra capacidad de ejercer violencia.
Las guerras contemporáneas ofrecen uno de los ejemplos más perturbadores. La guerra tecnológicamente mediada permite separar cada vez más al sujeto que ejerce la violencia del cuerpo que la recibe. Drones y sistemas de vigilancia convierten la muerte en imágenes, coordenadas y datos observados desde una pantalla. Braidotti analiza esta nueva relación entre tecnología, vulnerabilidad y muerte para impedir que el discurso posthumano se convierta en una celebración ingenua del progreso.
El futuro no tiene por qué ser mejor simplemente porque sea tecnológicamente más sofisticado. Podemos construir formas inéditas de cooperación entre humanos, animales y máquinas, pero también sistemas mucho más eficaces de vigilancia, explotación y destrucción.
De ahí que la pregunta ética atraviese todo el proyecto. No basta con reconocer que estamos entrando en una condición posthumana. Hay que decidir qué posthumanidad queremos construir.
Un planeta que también actúa
La crisis climática proporciona quizá la demostración más evidente de que el antropocentrismo ha dejado de ser sostenible. La historia humana ya no puede narrarse independientemente de la historia geológica del planeta porque nuestra especie se ha convertido en una fuerza capaz de modificarla.
Braidotti encuentra en las humanidades ambientales y en el pensamiento de Dipesh Chakrabarty un ejemplo de este cambio de escala. Historia natural e historia humana, durante mucho tiempo estudiadas como ámbitos independientes, deben empezar a pensarse conjuntamente. La Tierra deja de funcionar como simple escenario sobre el que sucede la historia humana y adquiere capacidad de acción dentro de ella.
Este cambio modifica incluso nuestra manera de imaginar el tiempo. Pensar en términos planetarios significa enfrentarse a escalas temporales que desbordan la duración de una vida humana e incluso la existencia de nuestra especie. El cambio climático introduce la posibilidad de la extinción dentro de una cultura acostumbrada a imaginar que el futuro nos pertenecía.
Las humanidades tienen aquí, según Braidotti, una tarea fundamental. La ciencia puede explicar los procesos físicos del calentamiento global, pero necesitamos también relatos, imágenes y conceptos capaces de hacer imaginable aquello que por su magnitud resulta difícil representar.
Un feminismo para después del Hombre
Lo posthumano podría haber sido un libro profundamente pesimista. Contiene motivos suficientes: destrucción ecológica, capitalismo biotecnológico, guerras automatizadas, desigualdad y una especie que descubre que no ocupa el lugar privilegiado que se había atribuido.
Sin embargo, Braidotti se resiste a la nostalgia. No quiere restaurar el humanismo perdido ni regresar a un supuesto momento en que el mundo era más comprensible. Su filosofía es afirmativa porque interpreta la crisis como una posibilidad de transformación.
Esta es probablemente una de las dimensiones más atractivas y también más discutibles del libro. Braidotti confía enormemente en la capacidad del pensamiento para producir nuevas figuraciones, nuevas relaciones y formas de subjetividad. Frente a una política organizada alrededor del miedo y la pérdida, propone preguntarnos qué podemos llegar a ser.
Su defensa de unas humanidades posthumanas parte de esa misma convicción. Los estudios feministas, de género y poscoloniales fueron pioneros en romper las fronteras del conocimiento tradicional; los animal studies, la ecocrítica y los disability studies continúan desplazando sus límites. Para Braidotti, esta proliferación no demuestra la decadencia de las humanidades, sino precisamente su vitalidad.
Más de una década después de que el libro apareciera por primera vez, resulta difícil no leerlo desde un mundo que ha avanzado todavía más en la dirección que describía. La inteligencia artificial vuelve inestable nuestra definición de creatividad; la biotecnología modifica organismos vivos; la crisis climática destruye la fantasía de una humanidad independiente de la naturaleza, mientras las mismas tecnologías que prometen liberarnos se integran en gigantescas estructuras económicas de extracción de datos y recursos.
Quizá por eso la nueva edición de Herder llega en un momento especialmente oportuno. Lo posthumano no ofrece un manual para resolver estas contradicciones ni pretende adivinar cómo será el futuro. Hace algo probablemente más útil: cuestiona las categorías con las que intentamos comprenderlo.
