La saga de ‘Baby Assassins’: chicas que matan (y no tienen su vida resuelta)
Yugo Sakamoto ha construido alrededor de Chisato y Mahiro una de las sagas más insólitas del cine de acción japonés reciente. Baby Assassins mezcla combates extraordinarios, empleos basura, silencios incómodos y tardes perdidas en el sofá para contar algo que quizá resulte más difícil que matar a alguien: hacerse adulta sin tener demasiado claro para qué.
Mahiro no sabe hacer una entrevista de trabajo. Se sienta frente a personas desconocidas, intenta responder lo que se espera de ella y toda la maquinaria aparentemente sencilla de una conversación formal comienza a desmoronarse. No parece saber dónde colocar las manos, las palabras ni su propio cuerpo. Mahiro, sin embargo, sabe matar y lo hace extraordinariamente bien.
En esa contradicción está prácticamente todo Baby Assassins. Yugo Sakamoto podría haber utilizado a sus dos protagonistas como una nueva variación de la chica convertida en arma letal, pero eligió hacer algo bastante más extraño: preguntarse qué ocurre con dos asesinas profesionales cuando termina el trabajo y tienen que volver a casa.
La respuesta es Chisato Sugimoto y Mahiro Fukagawa, interpretadas por Akari Takaishi y Saori Izawa desde Baby Assassins (2021), a la que siguieron Baby Assassins: 2 Babies (2023) y Baby Assassins: Nice Days (2024) (las dos primeras se pueden ver en Prime Video). La historia incluso abandonó temporalmente el cine para continuar en la serie Baby Assassins Everyday! (se puede ver en HBO Max). Tres películas después, resulta difícil decidir qué queremos ver más: a Mahiro destrozando a un adversario o a las dos protagonistas haciendo el idiota en su apartamento. Y probablemente ahí se encuentre el secreto de la saga.

Baby Assassins: el problema no es matar, es trabajar
El mundo de Baby Assassins funciona según una lógica maravillosa: aquello que debería resultar extraordinario se vuelve rutinario y aquello que consideramos rutinario se convierte en una pesadilla.
Chisato y Mahiro pertenecen a una organización de asesinos profesionales. Reciben encargos, cumplen sus misiones y continúan con sus vidas. Pero deben mantener cierta apariencia de normalidad y eso significa enfrentarse a algo mucho más complicado: trabajar de aquello que nuestra sociedad considera un trabajo normal. Entrevistas, empleos a tiempo parcial, uniformes, clientes, horarios, compañeros, jefes y la obligación de sonreír cuando no tienes ninguna gana de hacerlo.
Sakamoto encuentra ahí una de las bromas más persistentes de la saga: dos jóvenes capaces de desenvolverse perfectamente dentro de una situación de violencia extrema pueden quedar completamente desarmadas ante las convenciones del mundo laboral. La paradoja funciona porque tampoco está tan lejos de nuestra realidad.
Hay algo reconociblemente generacional en esas dos chicas que llegan a la edad adulta y descubren que nadie les ha explicado demasiado bien cómo funciona. La educación termina, el mundo espera que comiencen a producir y ellas parecen contemplarlo preguntándose quién decidió que aquello tenía sentido. No son revolucionarias ni parecen particularmente enfadadas; simplemente preferirían estar en casa.

Baby Assassins: Chisato y Mahiro no quieren ser mujeres ejemplares
Quizá una de las cosas más refrescantes de Baby Assassins sea que sus protagonistas no parecen diseñadas para gustarnos, al menos no de la manera habitual. Chisato y Mahiro pueden ser vagas, infantiles, irresponsables, desagradables, antisociales o sencillamente raras. Pueden desperdiciar una tarde, discutir por una estupidez o quedarse tiradas sin hacer absolutamente nada. Y ninguna de esas cosas necesita convertirse en una lección.
Existe desde hace años una forma de construir personajes femeninos supuestamente emancipados que termina imponiéndoles una nueva obligación: ser extraordinarias. Mujeres fuertes, brillantes, independientes, sexualmente autónomas, profesionalmente competentes y emocionalmente ejemplares. Es la perfección disfrazada de liberación.
Chisato y Mahiro no están interesadas en cumplir ese mandato. Son extraordinarias únicamente en una actividad bastante poco recomendable: matar gente. Para todo lo demás tienen veinte años y se nota.
Ese derecho a resultar imperfectas quizá sea una de las decisiones más discretamente interesantes de Sakamoto. Sus personajes no necesitan convertirse en modelos de conducta para ocupar el centro de la película. Pueden ser mujeres y, al mismo tiempo, un desastre.

Una mujer puede matar sin tener que explicarnos por qué
Hay además una tradición que Baby Assassins esquiva con sorprendente naturalidad. Cuando una mujer ejerce una violencia extrema en el cine, el relato suele necesitar una explicación. La violaron, mataron a su hija, asesinaron a su marido, la secuestraron o la entrenaron desde pequeña. Existe un trauma que convierte la violencia en respuesta y, de alguna manera, vuelve comprensible a esa mujer que se ha salido del papel que tradicionalmente le correspondía.
Los hombres llevan décadas pudiendo matar simplemente porque son policías, soldados, mafiosos o asesinos profesionales. Las mujeres han necesitado con demasiada frecuencia una coartada narrativa.
Chisato y Mahiro no. Matan porque son asesinas. Es su profesión.
Sakamoto tampoco parece particularmente interesado en convertirlas en heroínas feministas conscientes de estar rompiendo barreras. Nadie necesita detener la película para explicarnos que Mahiro puede enfrentarse a un hombre: Mahiro se enfrenta a él y punto. Paradójicamente, esa ausencia de discurso termina siendo mucho más liberadora que tantas películas empeñadas en recordarnos constantemente lo poderosas que son sus protagonistas.

La revolución está en el sofá
La verdadera anomalía de Baby Assassins, sin embargo, no está en la violencia, sino en los tiempos muertos. Sakamoto dedica una cantidad considerable de sus películas a observar a Chisato y Mahiro cuando aparentemente no ocurre nada. Hablan, comen, discuten, se aburren, se molestan, se reconcilian y dicen tonterías.
La trama podría continuar perfectamente sin muchos de esos momentos, pero los personajes no, porque precisamente ahí nace la intimidad. En un cine dominado por la necesidad de que cada escena haga avanzar la historia, Baby Assassins entiende algo bastante elemental sobre las relaciones humanas: algunas de las personas más importantes de nuestra vida se convierten en importantes mientras no está ocurriendo absolutamente nada. Una amistad también se construye perdiendo el tiempo.
La química entre Takaishi e Izawa es fundamental para que todo esto funcione. Sakamoto ha explicado que les concede libertad interpretativa y permite modificaciones en los matices de los diálogos. Esa flexibilidad ayuda a entender la extraña espontaneidad de muchas conversaciones entre Chisato y Mahiro: parecen menos escritas que sorprendidas por una cámara que casualmente estaba allí. Esa naturalidad provoca además algo curioso: cuando llega la violencia, nos importa mucho más.

Baby Assassins: Saori Izawa cambia cuando empieza la pelea
Si existe un cuerpo que resume Baby Assassins, probablemente sea el de Saori Izawa. Mahiro parece pasar buena parte de su vida intentando ocupar el menor espacio posible. Su postura, sus movimientos, su manera de mirar y relacionarse transmiten una incomodidad constante, como si las normas sociales estuvieran escritas en un idioma que comprende solo parcialmente.
Hasta que alguien intenta matarla. Entonces todo encaja y el cuerpo que parecía no saber dónde colocarse adquiere una precisión absoluta.
Izawa procede del mundo de los especialistas de acción y esa capacidad física determina al personaje. Mahiro no necesita transformarse mediante montaje frenético, dobles invisibles o una sucesión de planos que oculten el movimiento. La vemos pelear.
Kensuke Sonomura, director de acción de la saga cinematográfica, construye los combates alrededor de esa fisicidad. Las coreografías tienen velocidad, pero también espacio, peso y ritmo. Entendemos dónde se encuentran los personajes, quién golpea a quién y cuánto cuesta levantarse después.
La tercera película, Nice Days, lleva esta dimensión todavía más lejos. Sakamoto ha explicado que el trabajo con Sonomura buscaba introducir drama dentro de las propias secuencias de acción, y eso resulta fundamental porque las peleas de Baby Assassins no son descansos espectaculares entre escenas narrativas: también cuentan quiénes son Chisato y Mahiro.

Dos amigas antes que dos asesinas
Hay muchas maneras de interpretar la relación entre ambas y probablemente internet seguirá discutiendo durante años si existe o no una dimensión romántica, pero quizá lo verdaderamente interesante sea que no necesitamos resolverla. Chisato y Mahiro se quieren y eso basta.
El cine ha concedido a la amistad masculina una categoría casi mitológica, o incluso un género como el de las buddy movies. Hombres que combaten juntos, envejecen juntos o morirían el uno por el otro han protagonizado westerns, películas bélicas, de polis y prácticamente toda la historia del cine de acción. Las relaciones entre mujeres han recibido con frecuencia bastante menos espacio o han quedado subordinadas al romance, a la familia o a la rivalidad.
Baby Assassins coloca una amistad femenina en el centro de su universo, no como complemento, sino como estructura. Las películas funcionan porque queremos que estas dos chicas vuelvan juntas a casa.
Especialmente Nice Days hace más visible algo que siempre había estado ahí: la posibilidad de perder a la otra importa más que cualquier misión. La amistad deja de ser únicamente el terreno de la comedia cotidiana y comienza a contaminar la acción. Mahiro puede ser una asesina excepcional, pero eso no significa que sepa qué hacer con el miedo.

Nice Days y el hombre que solo sabe matar
La tercera entrega introduce además un espejo especialmente interesante: Kaede Fuyumura, interpretado por Sosuke Ikematsu. También es asesino y posee una extraordinaria capacidad para ejercer la violencia, pero algo lo separa de Chisato y Mahiro.
Sakamoto ha explicado que quería construir para él una vida interior compleja sin obligar al espectador a sentir demasiada simpatía. Nice Days encuentra así una forma inesperada de preguntarse qué queda de una persona cuando matar deja de ser un trabajo y empieza a ocuparlo todo.
Porque Chisato y Mahiro matan muchísimo, pero después comen, discuten, celebran cumpleaños, se aburren y se hacen compañía. Tienen algo a lo que regresar.
Fuyumura permite comprender que la humanidad de las protagonistas nunca estuvo en que fueran mejores personas que aquellos a quienes mataban. Está en que existe una vida fuera de la violencia, por pequeña y absurda que sea.

Baby Assassins: hasta los asesinos tienen jefes
La segunda película (Baby Assassins: 2 Babies) ya había ampliado esta idea mostrando un submundo profesional mucho más reconocible de lo que debería. Hay jerarquías, trabajadores mejor situados, aspirantes que intentan entrar, competencia, precariedad y gente que acepta aquello que puede conseguir. Incluso ser asesino puede convertirse en un mercado laboral.
La broma es tan absurda que termina resultando inquietantemente lógica, porque Baby Assassins imagina un universo en el que prácticamente nada consigue escapar de las estructuras del trabajo contemporáneo. Puedes dedicarte literalmente a matar personas y aun así terminarás encontrándote con organizaciones, normas, superiores y compañeros. No hay escapatoria.
Quizá por eso resulte tan significativo que la serie de televisión se titule Baby Assassins Everyday!. Lo importante nunca fue únicamente la misión, sino el everyday: la vida que continúa después.

No hacer nada también puede ser una forma de resistencia
Hay una imagen mucho menos espectacular que cualquiera de las peleas de la saga y que, sin embargo, define perfectamente a Chisato y Mahiro: las dos perdiendo el tiempo.
Vivimos rodeados por un discurso que ha convertido prácticamente cada minuto en una oportunidad de rendimiento. Hay que estudiar para trabajar, trabajar para progresar, hacer deporte para mejorar, viajar para acumular experiencias, cuidarse, formarse, socializar, construir una identidad y, por supuesto, mostrarla.
La presión resulta particularmente feroz sobre las mujeres jóvenes, a quienes se nos exige simultáneamente autonomía, éxito profesional, responsabilidad emocional, belleza, independencia y una vida interesante.
Chisato y Mahiro responden a todo ello de la manera menos épica posible: se tumban. No están intentando ser la mejor versión de sí mismas; apenas están intentando llegar al día siguiente. Y quizá por eso resultan tan contemporáneas.

Baby Assassins: las chicas que regresan a casa
Después de tres películas y una serie, Yugo Sakamoto ha conseguido algo bastante difícil: construir una saga de acción en la que las escenas que esperamos no son necesariamente las escenas de acción. Claro que queremos ver pelear a Mahiro. Pocas intérpretes contemporáneas pueden hacer que una coreografía resulte tan veloz, limpia y dolorosa. Pero también queremos que termine, que sobreviva, que Chisato siga ahí y que las dos puedan volver al apartamento.
Eso diferencia Baby Assassins de muchas películas construidas alrededor de asesinos extraordinariamente eficientes. La violencia puede ser espectacular, divertida e incluso hermosa en términos coreográficos, pero nunca sustituye aquello que existe alrededor. La vida está en otra parte: en una conversación absurda, una comida, una discusión que no importa, un cumpleaños o el hecho de compartir habitación con alguien que probablemente sea la única persona capaz de soportarte durante demasiado tiempo.
Chisato y Mahiro saben matar desde que las conocemos. No necesitan aprender a ser fuertes, convertirse en heroínas ni salvar el mundo. El verdadero aprendizaje de Baby Assassins es mucho menos espectacular y bastante más reconocible: aprender a trabajar, a convivir, a querer a alguien, a perder el tiempo y, más o menos, a hacerse adulta.
Y hacerlo sin convertirse necesariamente en la mujer que los demás esperaban que fueras.
