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Oscar 2026: ‘Hamnet’ y ‘Si pudiera, te daría una patada’, dos excepciones en una industria que no cambia

En los Premios Oscar 2026, la historia vuelve a repetirse. Año nuevo, discursos renovados sobre diversidad, listas llenas de talento… y una realidad que apenas se mueve: solo dos películas dirigidas por mujeres han conseguido nominaciones en las categorías principales. Este año, los focos recaen sobre Hamnet y Si pudiera, te daría una patada. Dos propuestas muy distintas, dos sensibilidades opuestas, pero unidas por un mismo dato: siguen siendo la excepción en una industria que se resiste a cambiar de verdad.

Que en 2026 tengamos que escribir esto no es una sorpresa. Es un déjà vu.

Hamnet: el duelo como épica íntima

Con ocho nominaciones en los Premios Oscar 2026, Hamnet no es una presencia testimonial, sino una de las películas fuertes de la temporada. Está nominada a Mejor Película, Mejor Dirección para Chloé Zhao, Mejor Actriz Principal para Jessie Buckley, Mejor Guion Adaptado, además de varias categorías técnicas como música, vestuario, diseño de producción y casting. Es decir: no solo ha entrado en la conversación, sino que la atraviesa de lleno.

Sin embargo, sigue siendo una de las únicas obras dirigidas por una mujer en las categorías centrales. Su éxito confirma su potencia artística, pero también subraya la anomalía estructural: cuando una directora logra reconocimiento amplio, parece un acontecimiento extraordinario, no una consecuencia natural del talento que existe.

Hamnet no es una película que busque el aplauso inmediato. No tiene música épica o de fanfarria, ni discursos grandilocuentes. Lo que hay es silencio. Respiración contenida. Texturas. El duelo como materia narrativa.

La adaptación de la novela de Maggie O’Farrell se centra en la figura de Agnes, no en el mito de Shakespeare, y desplaza el relato del genio masculino hacia la experiencia emocional femenina. Ese gesto, aparentemente sencillo, es profundamente político: convierte en centro lo que históricamente fue margen. La película no quiere explicar el origen de una obra maestra literaria, sino explorar el vacío que deja la muerte de un hijo.

Visualmente, la puesta en escena apuesta por una fotografía orgánica, casi táctil. Hay luz natural, interiores que parecen respirar humedad, planos que se sostienen lo suficiente como para incomodar al espectador con la espera. La directora no tiene miedo al cocinado lento. Confía en que el dolor necesita tiempo y espacio. Y eso, en el contexto de los Oscar, es una rareza.

Porque el cine de premios suele premiar la intensidad performativa, el sufrimiento visible, el subrayado emocional (un ejemplo típico lo encontramos este año con Marty Supreme, e incluso, disfrazada de cine indie, también en Una batalla tras otra). Hamnet trabaja en otra frecuencia: la del duelo que no se exhibe, la de la mujer que sostiene el mundo mientras el mundo la ignora. No es casual que la película haya sido celebrada por su mirada sobre la maternidad, el cuerpo y la memoria.

Su nominación no es solo artística; es simbólica. Es el reconocimiento de que lo íntimo también puede ser épico.

Póster de Hamnet.
Póster de Hamnet.

La pérdida de Hamnet

Hay algo especialmente interesante en Hamnet: el modo en que reconfigura el imaginario cultural en torno a Shakespeare. La película no lo niega, pero lo descentra. Lo coloca en segundo plano. El foco no está en la creación de Hamlet, sino en la pérdida de Hamnet.

Ese gesto reescribe la narrativa histórica desde un ángulo feminista sin necesidad de proclamas explícitas. Es un cambio de encuadre. Y el encuadre, en cine, lo es todo.

La Academia ha premiado muchas veces historias sobre hombres atormentados por su talento. Esta vez reconoce una historia sobre una mujer atravesada por el dolor. No es poca cosa. Pero tampoco es suficiente.

Sería un pecado no destacar el soberbio trabajo de Jessie Buckley. Todo el reparto de Hamnet es excelente, Paul Mescal vuelve a hacer muestra de su exquisita sensibilidad, y el poder de las miradas y naturalidad del reparto infantil (atención a Jacobi Jupe y Olivia Lynes), pero la interpretación de Jessie Buckley es de otro planeta. Una vez más demuestra que su talento no tiene límites.

Este año, no hay duda de que Hamnet es la mejor película de las nominadas, pero todo apunta a que Una batalla tras otra será la película que reciba más premios. Parece que la cinta de Paul Thomas Anderson recogerá todo lo le negaron a películas muy superiores de su filmografía, como There will be blood, Magnolia o El hilo fantasma.

Si pudiera, te daría una patada: la furia como lenguaje

Si Hamnet es contención, Si pudiera, te daría una patada es fricción. Donde la primera dispara al corazón, esta segunda te desgarra las tripas.

La película de Mary Bronstein, con tan solo una nominación, se mueve en un terreno contemporáneo, urbano y emocionalmente incómodo. No busca la belleza formal sino el desajuste. El personaje que borda Rose Byrne (merecidísima nominación al Oscar por su descarnada interpretación), es una mujer atravesada por la rabia, el cansancio y la sensación de estar atrapada en dinámicas que no eligió.

Aquí la dirección apuesta por escenas cargadas de tensión, acercándose mucho al rostro de Rose, diálogos afilados y una estructura que te oprime tanto como se siente su protagonista. Su violencia no es necesariamente física; es estructural. Es la acumulación de pequeñas injusticias cotidianas que terminan explotando.

Lo interesante es que esta película no intenta agradar. No suaviza su discurso para hacerlo más digerible en temporada de premios. Y, aun así, ha conseguido nominaciones. Eso habla tanto de su fuerza como de una posible grieta en el sistema. Todo eso teniendo en cuenta que su visión de la maternidad está muy alejada de la dirigida por la mirada patriarcal que ha imperado históricamente, esa que coloca a las mujeres como las eternas cuidadoras y malas madres si no sienten, desean o necesitan lo que se espera de ellas en relación a sus hijos.

Póster de Si pudiera, te daría una patada.
Póster de Si pudiera, te daría una patada.

Si pudiera, te daría una patada: desmitificando la maternidad

La gran diferencia entre Si pudiera, te daría una patada y muchas películas nominadas este año es su negativa a ofrecer catarsis limpia. No hay moraleja tranquilizadora. No hay reconciliación edulcorada.

En un ecosistema cinematográfico que tiende a domesticar el conflicto, dulcificar la maternidad femenina y convertirlo en superación inspiradora, esta película apuesta por el malestar sin anestesia. Y eso la hace incómoda. Por eso es tan necesaria.

Las mujeres aún arrastran mucho de ese adoctrinamiento masculino que las ha colocado en posiciones de debilidad e inferioridad durante siglos. Que las situaba en un lugar en el que solo podían destacar cuidando a sus maridos y criando a sus hijos. A pocos les importaban sus sueños, necesidades y aspiraciones. Al contrario, este tipo de inquietudes podrían ser motivo de encierro en asilos por histeria o cualquier otro invento o falso diagnóstico que las mantuviera controladas, como ocurría hace menos de un siglo.

La película también coloca el foco en la salud mental, no solo la de los posibles pacientes, sino también a la de los y las psicólogas, que, como la protagonista, sufren la explotación de un sistema neocapitalista que las exprime y precariza sin concesión.

Que, Si pudiera, te daría una patada, esté nominada, no implica que el sistema haya cambiado. Pero sí que hay espacio, aunque sea mínimo, para narrativas menos complacientes.

Oscar 2026: las películas dirigidas por mujeres que podrían haber estado

Y, sin embargo, el año no ha sido pobre en talento femenino. Otras directoras con peso internacional han estrenado trabajos que, por impacto crítico y recorrido en festivales, podrían haber estado perfectamente en la carrera.

Se echan en falta nominaciones para películas como La hermanastra fea, de Emilie Blichfeldt; Die My Love, de Lynne Ramsay; The Mastermind, de Kelly Reichardt; Alpha, de Julia Ducournau; Una casa llena de dinamita, de Kathryn Bigelow; Familia de alquiler, de Ikari; La chica zurda, de Shih-Ching Tsou; Los domingos, de Alauda Ruiz de Azúa; o Romería, de Carla Simón.

Películas que este año han triunfado en festivales internacionales, con propuestas arriesgadas que, sin embargo, no han logrado atravesar el filtro de la Academia.

No se trata de que todas debieran estar nominadas. Se trata de preguntarse por qué la representación femenina sigue siendo anecdótica cuando la producción anual demuestra lo contrario. El problema no es la ausencia de talento. Es el embudo del reconocimiento.

Oscar 2026: dos no son paridad

Que solo dos películas dirigidas por mujeres figuren entre las nominadas en 2026 no puede celebrarse como avance estructural. Es, en el mejor de los casos, un pequeño gesto dentro de una industria que sigue funcionando bajo inercias ancladas en el pasado. Cada año parece abrirse una grieta. Pero la grieta no es aún cambio en el sistema.

Este año, no hay duda de que Hamnet es la mejor película de las nominadas, pero todo apunta a que Una batalla tras otra será la película que reciba más premios. Parece que la cinta de Paul Thomas Anderson recogerá todo lo le negaron a películas muy superiores de su filmografía, como There will be blood, Magnolia o El hilo fantasma.

Hamnet y Si pudiera, te daría una patada son películas valiosas por méritos propios. No necesitan el marco reivindicativo para sostenerse. Sin embargo, el contexto las convierte inevitablemente en símbolo.

Y quizá la verdadera pregunta no sea por qué ellas están, sino cuánto tiempo más vamos a aceptar que tantas otras sigan fuera.

Saludos furiosos.