‘La residencIA’ de Yann Gozlan: la comodidad de la IA como forma de control
En La residencIA llega a nuestros cines y promete hacernos reflexionar sobre la todopoderosa y omnipresente IA. Hablamos de la nueva película del director francés Yann Gozlan, y, como demostró en su genial Black Box, le encanta conocer qué hay detrás de los peligros de la tecnología. En esta ocasión, el protagonismo absoluto de la cinta recae en los hombros de la genial Cécile de France (Alta Tensión), una actriz soberbia, que, como era de esperar, aquí vuelve a demostrar que su talento no tiene fecha de caducidad.

La residencIA: la IA como el fuego de Prometeo
La película no habla de la IA, pero, ¿qué es la Inteligencia artificial hoy en día?, ¿en qué se ha convertido? ¿Hablamos de la tercera revolución industrial? Creemos que el mito de Prometeo puede responder a algunas de estas preguntas:
La inteligencia artificial puede entenderse como un equivalente contemporáneo del fuego de Prometeo: no como una amenaza en sí misma, sino como una tecnología que transforma la condición humana. En el mito, el fuego no solo aporta calor, sino conocimiento, técnica y autonomía frente al orden impuesto por los dioses; permite a los humanos dejar de depender de la naturaleza, pero introduce también riesgo, sufrimiento y consecuencias irreversibles.
De forma similar, la IA amplía nuestras capacidades, reduce el esfuerzo y nos otorga un nuevo grado de control sobre el mundo —e incluso sobre nuestros propios procesos cognitivos—, pero al hacerlo reconfigura nuestra relación con el saber, la creatividad y la responsabilidad. Como el fuego, no puede “devolverse” una vez entregada: su aparición abre un campo de posibilidades que emancipa y desestabiliza al mismo tiempo.
El mito de Prometeo no condena la tecnología, sino que recuerda que todo poder transformador implica una pérdida de inocencia; y la IA, en ese sentido, no anuncia un destino, pero sí plantea la misma pregunta prometeica de siempre: qué hacemos con aquello que ahora somos capaces de hacer.
La residencIA: no es otra peli distópica
Yann Gozlan no construye una distopía en el sentido clásico. No hay ciudades devastadas, ni sistemas totalitarios evidentes, ni un futuro reconociblemente separado del presente. Lo que propone es algo más incómodo: un mundo donde el control no necesita imponerse porque se ofrece como ayuda. La película no imagina un mañana radicalmente distinto, sino un ahora ligeramente desplazado, en el que la gestión emocional y la optimización del comportamiento se integran en la vida cotidiana hasta volverse indistinguibles del bienestar.
El punto de partida no es la amenaza, sino el agotamiento. Clarissa (Cécile de France) llega a una moderna residencia diseñada para favorecer la creación y recuperar el equilibrio personal. Ese entorno promete tiempo, silencio, concentración y, sobre todo, acompañamiento. No se trata de vigilancia ni de disciplina, sino de asistencia.
Clarissa es una escritora bloqueada que intenta escribir un libro sobre Virginia Woolf, por ese motivo llama a su IA, Dalloway (título original de la peli), en honor a la conocida novela de Woolf. Dalloway (con la voz de la cantante Mylène Farmer) no se presenta como una herramienta fría, sino como una presencia que organiza, sugiere y facilita. Su función no es controlar la creatividad, sino desbloquearla. Su misión no es corregir, sino cuidar.
Sin embargo, lo que La residencIA plantea desde el inicio es que el cuidado puede ser una forma sofisticada de intervención. La tecnología no aparece como fuerza externa que invade la intimidad, sino como algo que se instala dentro de ella con consentimiento. Clarissa acepta la mediación porque la necesita. Y ese gesto de aceptación desplaza el conflicto desde el terreno de la coerción hacia el de la dependencia. El problema ya no es quién vigila, sino hasta qué punto uno desea ser acompañado.

La residencIA: ¿IA es igual a la muerte de la creatividad?
Gozlan articula esta tensión a través de una pregunta que nunca se formula de manera explícita, pero que atraviesa todo el film: ¿qué ocurre cuando la creatividad deja de ser un espacio de fricción? Tradicionalmente, el proceso creativo ha estado asociado al desorden, a la duda, al bloqueo y a la incomodidad. En La residencIA, ese desorden pasa a ser algo susceptible de mejora.
Dalloway no roba ideas ni impone contenidos; su intervención es más sutil. Reduce el ruido, organiza el tiempo y elimina obstáculos emocionales. La creación se vuelve más fluida, pero también más predecible.
Lo inquietante no es que el sistema falle, sino que funcione. Clarissa experimenta alivio, claridad y eficacia. La ayuda es real. Y precisamente por eso resulta difícil de cuestionar. La película evita construir una oposición simple entre humano y máquina.
No hay un antagonista claro. La IA no actúa con malicia ni con voluntad propia; opera dentro de los parámetros que se le han asignado. Su lógica es instrumental, pero su impacto es profundo. Al gestionar la ansiedad y estabilizar las emociones, transforma el modo en que la protagonista se relaciona consigo misma.
En este punto, La residencIA introduce una dimensión política que se mantiene siempre en segundo plano. La regulación del malestar no aparece como una imposición social, sino como una aspiración individual. La búsqueda de equilibrio emocional se convierte en una forma de adaptación. Clarissa no es forzada a cambiar; desea hacerlo. La estabilidad deja de ser una consecuencia y pasa a ser un objetivo. Y cuando la estabilidad se convierte en norma, la incomodidad adquiere un nuevo significado: deja de ser una parte del proceso para convertirse en un problema a resolver.
La residencIA: cómo la IA se adapta al entorno
Gozlan sugiere que este desplazamiento tiene efectos sobre la autonomía. Si las emociones pueden ser moduladas y los bloqueos neutralizados, el conflicto interior pierde su función. La duda ya no es productiva, sino ineficiente. La incertidumbre no es motor, sino obstáculo.
En ese contexto, la creatividad corre el riesgo de convertirse en un proceso gestionado. No desaparece, pero cambia de naturaleza. La espontaneidad se sustituye por la coherencia, y la deriva por la planificación.
La puesta en escena refuerza esta transformación. Los espacios de la residencia que habita la protagonista no son opresivos ni amenazantes. Al contrario, transmiten calma y orden. La tecnología no invade visualmente el entorno; se integra en él. No hay pantallas omnipresentes ni dispositivos intimidantes.
La inteligencia artificial actúa desde la discreción, como una capa invisible que estructura la experiencia sin imponerse a ella. Este diseño contribuye a que el control no sea percibido como tal. La intervención se normaliza porque no interrumpe.

La residencIA: delegar la vida interior
La residencIA dialoga con una preocupación contemporánea: la delegación de la vida interior. En lugar de imponer comportamientos desde fuera, el sistema opera desde dentro, facilitando decisiones y suavizando tensiones. Clarissa nunca pierde su capacidad de elección, pero sus elecciones se ven progresivamente orientadas. La ayuda no elimina la libertad, pero redefine sus límites. El acompañamiento no sustituye al sujeto, pero modifica su relación con el riesgo.
A medida que avanza la historia, la pregunta central deja de ser tecnológica para volverse existencial. No se trata de si la inteligencia artificial puede crear, sino de si la creación puede mantenerse intacta cuando el proceso se vuelve confortable. La película no sugiere que el sufrimiento sea deseable, pero sí que la incomodidad puede ser constitutiva. Al eliminar el conflicto, el sistema también elimina la posibilidad de confrontación con uno mismo.
Lo más perturbador de La residencIA es que no ofrece una ruptura clara. No hay un momento en el que la realidad se vuelva irreconocible. El entorno sigue siendo funcional, la ayuda continúa siendo útil y la protagonista sigue produciendo. El deterioro, si existe, no es visible desde fuera. El film evita la espectacularización del peligro y apuesta por una transformación gradual que se manifiesta en el tono, en los silencios y en las decisiones.
Gozlan no presenta la tecnología como enemiga, sino como síntoma. La inteligencia artificial no es el origen del problema, sino su expresión más avanzada. Lo que está en juego no es la autonomía frente a la máquina, sino la relación entre bienestar y control.
La residencIA: un juego de verdades y mentiras
SPOILER: En la película Clarissa vive feliz y cómoda en su relación con Dalloway, hasta que conoce a un escéptico artista de la residencia que le plantea ciertas dudas sobre el uso y la vigilancia de la IA por parte del organismo que creó esa residencia. A partir de ahí, Clarissa, comenzará a desconfiar, de todo y de todos/as. Descubrirá que nada es lo que parece, ¿o sí?
En este punto la protagonista se encontrará en un laberinto digital y mental, en el que como espectadoras no sabremos si su paranoia se debe a un trastorno mental o la implicación personal de la IA en su vida.
Además, también encontraremos cuestiones éticas interesantes sobre el hecho de que Clarissa sea una artista mujer. Ya que algunos de los conflictos del personaje tienen que ver con su posición como madre, cuidadora y mujer trabajadora. Su autoexigencia en esos aspectos es muy diferente a la que tiene su exmarido…

La residencIA: ¿Una visión muy negativa, o real?
En definitiva, La residencIA propone una reflexión sobre el lugar de la incertidumbre en la vida contemporánea. La protagonista no es dominada ni engañada; participa activamente en el proceso que la transforma. El acompañamiento que recibe responde a sus necesidades, pero también redefine sus límites. La inteligencia artificial no le arrebata la voz, pero contribuye a modularla.
El film no concluye con una denuncia ni con una advertencia explícita. Prefiere dejar abierta la pregunta que lo recorre desde el inicio: si la creatividad puede ser asistida hasta volverse estable, ¿qué ocurre con aquello que nace del desorden? Y si el equilibrio se convierte en norma, ¿qué lugar queda para lo imprevisible?
Más que una crítica a la tecnología, La residencIA es una meditación sobre la tentación de delegar el conflicto. En un mundo que valora la eficiencia emocional, la película sugiere que la pérdida no se produce a través de la imposición, sino de la adaptación. El control no llega como fuerza, sino como alivio. Y es precisamente en ese alivio donde se vuelve más difícil de reconocer.
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