‘Una paz solo nuestra’: un salto de fe

Sergio Márquez

El paisaje que rodea el Colegio Devon es, en verdad, envidiable. El aire corre por entre los árboles, y el caudaloso río Squamscott invita a pegarse un buen chapuzón. Son los años 40, sin embargo, y la Segunda Guerra Mundial deja poco espacio para la diversión. Gene y Finny comparten su experiencia en «Una paz solo nuestra», un clásico juvenil que desde Las Furias os invitamos a leer.

El soldado escritor

 John Knowles nació en 1926, en Fairmont, Virginia Occidental.  Hijo de padres acomodados, se unió a las fuerzas aéreas del ejército americano durante la Segunda Guerra Mundial. Antes de eso, se graduó en 1945, en la Academia Phillips Exeter. Este era (y es) un internado de alto nivel académico para estudiantes que puedan permitirse el lujo de pagarlo, no muy distinto del colegio en el que transcurre gran parte de la novela que tenemos entre manos: el Devon, en Nuevo Hampshire.

John Knowles

A orillas de la guerra

 “Una Paz Solo Nuestra” transcurre en el variopinto paisaje de uno de los estados más pequeños de Norteamérica. Nuevo Hampshire es conocido por la notable belleza de sus costas, montañas y lagos. El Colegio Devon (al igual que su contrapartida en la vida real) se encuentra a orillas del Río Squamscott entre, por aquel entonces, verdes laderas arboladas.

 A raíz del ataque a Pearl Harbour, se establecieron varios aeródromos por todo Nuevo Hampshire para el entrenamiento de pilotos de cazas y bombarderos de la USAAF. Estados Unidos entraba en guerra, y sus ecos llegaron a oídos de todos, incluidos los de adinerados alumnos de internados de pago.

Un salto de fe en la amistad

 Gene Forrester es un chico apocado, plagado de inseguridades, que comparte habitación con Phineas, “Finny”, su mejor amigo. Este es un chico atlético, rebosante de energía, sin demasiada consideración por las figuras de autoridad, tanto dentro como fuera del colegio; una especie de Dean Moriarty joven y sin malos vicios.

Phineas […] tan solo consideraba a las autoridades como el mal necesario a través del cual se alcanzaba la felicidad por oposición, la pizarra que devolvía todos los insultos que le lanzaba.

Gene Forrester

 Gene, que narra el libro en primera persona, aprecia mucho a su amigo. Sin embargo, también lo envidia secretamente por su vigor y arrojo. Del mismo modo, Gene se figura que Finny siente celos de él por sus buenos resultados académicos. A Finny, sin embargo, no le interesan demasiado ni los estudios ni las belicosas noticias que llegan desde Europa. Él solo quiere disfrutar de su juventud en el Colegio Devon, y prepararse para competir en los juegos olímpicos que van a celebrarse en Londres, en 1944.

 En cuanto que empieza a hacer calor en el estado de Nuevo Hampshire, los dos amigos adoptan la costumbre de ir a un árbol cercano y arrojarse desde él hacia el río. Es un juego arriesgado, pero el peligro lo hace aún más divertido. Pronto se suman otros jóvenes, entre ellos, Brinker y Leper.

 Brinker es un muchacho inquisitivo, de intelecto agudo, y algo de mala leche. Leper, por su parte, es el blanco de todas las burlas de sus compañeros, un pobre pringado.

 Un día en concreto, el grupo de chicos acude al famoso árbol para realizar su temeraria proeza. Finny y Gene se encaraman a la rama más alta, con Brinker y Leper observándolos desde abajo. El primero se prepara para saltar. Algo sucede, sin embargo. Con Gene detrás, Finny trastabilla y cae al suelo, rompiéndose una pierna.

 De vuelta en el colegio, el diagnóstico del médico es irrefutable: los días del joven como deportista de élite están acabados. Gene se ve preso de un terrible sentimiento de culpa que lo acompañará a lo largo del resto del libro.

 ¿Qué ha ocurrido en realidad?

Un cambio de estaciones

 “Una Paz Solo Nuestra” está considerado como uno de los grandes clásicos de la literatura juvenil norteamericana, junto a “El Guardián entre el Centeno”, de J. D. Salinger, o (mi preferida) “Como Matar a un Ruiseñor”, de Harper Lee.

 La obra de John Knowles transcurre entre un verano y un invierno tanto literales como metafóricos. Los efectos de la Gran Guerra azotan a sus protagonistas al mismo tiempo que su pequeña tragedia personal.

 La incógnita acerca de si Gene es responsable o no del accidente de Finny perturban tanto al narrador como al lector hasta el mismo final. El lisiado, por su parte, pone el afecto que los une por encima de toda sospecha. Tal es su vehemencia a la hora de exculpar a Gene, que algunas personas han leído en ella un subtexto homosexual.

 Sea cual sea el caso, es la amistad lo que destaca como uno de los temas fundamentales de la novela. El otro es, cómo no, las cicatrices que deja la guerra en aquellos jóvenes que deciden alistarse al comienzo del trimestre invernal. La realidad del mundo irrumpe en el Colegio Devon haciendo añicos la sensación de paz en la que viven sus alumnos. Algunos de ellos, de hecho, terminan con marcas más profundas que las de la pierna de Finny.

 Pese a tratar asuntos tan onerosos como estos, “Una Paz Solo Nuestra” respira un aire de añoranza por los años escolares de su autor. John Knowles recrea con sumo cariño tanto el colegio como sus alrededores, y nos hace suspirar a todos por un tiempo mejor.

Pasatiempos seguros

 Como tantos otros logros literarios, este libro también fue adaptado al cine. En su caso, la adaptación corrió a cargo del director Larry Peerce, y fue estrenada en 1972.

 Sin embargo, es su versión escrita la que ha pasado a la posteridad.

 “Una Paz Solo Nuestra” fue publicada en castellano por “Alianza Editorial” en 2004.

 Desde Las Furias recomendamos no saltar desde árboles demasiado altos, así como a disfrutar de la lectura en general.

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Redacción Las Furias Cultural Magazine
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