¿Drácula y Nosferatu es lo mismo?

Cuando pensamos en un vampiro, la imagen se mueve entre dos extremos: Drácula: el conde elegante de mirada hipnótica y capa perfecta, y Nosferatu: la criatura enfermiza que se arrastra por los rincones huyendo del sol. Uno seduce, el otro contamina. Ambos beben de la misma fuente, pero representan miedos muy distintos. Y, sobre todo, dos maneras de entender el poder, el deseo y el cuerpo femenino.

Así que no, Drácula y Nosferatu no son lo mismo. Son, más bien, las dos caras de una misma mordida.

Drácula y Nosferatu: Del plagio al mito

A finales del siglo XIX, Bram Stoker publicó Drácula, una novela profundamente victoriana, obsesionada con el control del cuerpo, el sexo y la moral. En ella, el vampiro era un aristócrata extranjero que amenazaba el orden inglés con algo más peligroso que la sangre: el deseo. Las mujeres que rodeaban a Drácula simbolizaban el pánico de una época a que las mujeres desearan, actuaran y decidieran. El monstruo no era solo el conde, sino también el despertar femenino que representaba.

Veinticinco años después, el alemán F. W. Murnau quiso adaptar la novela al cine. No consiguió los derechos y, como tantos artistas que se enfrentan a las leyes, decidió sortearlas. Cambió los nombres, los lugares y el título. Así nació Nosferatu, una sinfonía del horror. Drácula se convirtió en Orlok, Mina en Ellen y el castillo gótico en una pesadilla expresionista. La historia seguía siendo la misma, pero la mirada había cambiado. Donde Stoker hablaba del deseo reprimido, Murnau hablaba de la enfermedad que corroe desde dentro.

Nosferatu, de Murnau.
Nosferatu, de Murnau.

Drácula y el miedo al deseo femenino

Stoker escribió Drácula en pleno auge del feminismo sufragista, y su novela transpira ansiedad masculina por todas partes. Cada gota de sangre robada, cada mirada hipnótica del conde, simboliza el miedo a perder el control sobre el cuerpo femenino. La figura del vampiro fue la excusa perfecta para justificar la represión del deseo, el confinamiento del placer y la vigilancia moral de la mujer. Pero en el fondo, su historia le salió al revés: las mujeres de Drácula brillan más que él.

Lucy, la amiga “impura”, es la más vital de todas. Mina, la obediente, es la más inteligente. Y las tres vampiresas del castillo no son víctimas, sino figuras de poder y deseo sin culpa. Lo que pretendía ser un aviso contra la liberación femenina se convirtió, sin querer, en una exaltación de ella. En el fondo, Drácula teme a las mujeres porque representan lo que él ya ha perdido: la capacidad de elegir.

El cine lo entendió muy pronto. Desde el magnetismo teatral de Bela Lugosi hasta el romanticismo trágico de Gary Oldman, Drácula ha sido siempre el reflejo de la parte reprimida del deseo. Un monstruo que asusta y fascina a partes iguales. El patriarcado quiso hacerlo un demonio, pero terminó convirtiéndolo en el espejo de su propia hipocresía.

Béla Lugosi como Drácula.
Béla Lugosi como Drácula.

Nosferatu y el cuerpo como sacrificio

El Nosferatu de Murnau es otra historia. Aquí el vampiro no desea, solo devora. No seduce, contagia. Es la peste hecha carne. Su presencia es una metáfora de la corrupción y la decadencia, una sombra que avanza con el barco vacío, con las ratas y el miedo a la extinción. Y en medio de todo eso, aparece Ellen, una mujer que se ofrece en sacrificio para salvar a su pueblo. Su cuerpo se convierte en el lugar donde se decide la salvación de los demás. No es la víctima pasiva que la moral patriarcal imagina, sino una heroína trágica que asume el precio de su entrega.

Murnau transforma el erotismo en martirio. La mujer ya no muere por placer, sino por redención. Y, sin embargo, sigue sosteniendo el mundo sobre su espalda. La película, rodada en una Europa que todavía sangraba por la guerra, habla también de un continente enfermo de sí mismo, que se aferra a las mujeres como último refugio.

Si Mina se rebelaba, Ellen se inmola. En ambos casos, las mujeres pagan el precio de una sociedad que teme su fuerza, pero depende de ella para sobrevivir.

Lily-Rose Melody Deep es Ellen en Nosferatu.
Lily-Rose Melody Deep es Ellen en Nosferatu.

Drácula y Nosferatu: diferencias

Tanto Drácula como Nosferatu nacen del mismo miedo masculino, pero lo expresan de formas distintas. En uno, la mujer es peligrosa porque desea. En el otro, porque puede morir. En ambos, el cuerpo femenino es el territorio sobre el que se libra la batalla entre poder y libertad. Esa obsesión sigue viva, solo que ahora tiene otro nombre: control del cuerpo, regulación del placer, patologización del deseo.

El tiempo, sin embargo, se ha vengado. Hoy Drácula es un símbolo de libertad sexual, un icono queer, una figura que ha pasado del castigo al empoderamiento. Nosferatu, por su parte, se ha convertido en una alegoría de los miedos contemporáneos: la pandemia, el aislamiento, la deshumanización. El monstruo ha cambiado de forma, pero la sombra es la misma.

El estreno de Drácula (2025) el 21 de noviembre ha vuelto a demostrar que el mito nunca muere, solo cambia de piel. En esta nueva versión, el conde ya no es el monstruo que encarna el miedo al deseo femenino, sino un reflejo más melancólico y ambiguo. Un ser cansado de su propia inmortalidad, que seduce menos por poder y más por vulnerabilidad. El vampiro ha dejado de representar la amenaza masculina para convertirse en algo más contemporáneo: un cuerpo roto, una figura que busca redención, una criatura que tal vez, por fin, deja espacio a que las mujeres hablen por sí mismas.

Caleb Landry Jones es Drácula (2025).
Caleb Landry Jones es Drácula (2025).

Dos vampiros, una misma herida

Drácula representó el miedo a las mujeres que piensan y desean. Nosferatu encarnó el miedo a un mundo que enferma cuando las calla. Uno buscaba poseer, el otro aniquilar. Y entre ambos, las mujeres aprendieron a sobrevivir.

El cine los ha resucitado una y otra vez porque, más allá del terror, siguen hablándonos de lo mismo: del control sobre el cuerpo, del deseo como amenaza y del poder de quien se atreve a desafiarlo.

Por eso, cuando se estrenó del Nosferatu de Robert Eggers, con Lily-Rose Depp y Bill Skarsgård, no vimos solo un remake del clásico. Asistimos a una relectura del mito desde el siglo XXI: una historia donde la mujer ya no necesita ser salvada, ni inmolarse, ni pedir permiso para mostrar los colmillos.

Nosferatu y Drácula no son lo mismo. Pero ambos siguen recordándonos que el verdadero miedo no está en la mordida, sino en lo que revela el espejo cuando por fin te atreves a mirarlo.