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‘Riot Women’: la rabia de las mujeres no tiene fecha de caducidad

Sally Wainwright reúne a cinco mujeres maduras en una banda de punk para hablar de menopausia, cuidados, invisibilidad, deseo y amistad. Riot Women acierta cuando deja que sus protagonistas hagan ruido sin pedir disculpas, aunque su rebeldía no siempre resulte tan radical como pretende.

A las mujeres se nos permite enfadarnos cuando somos jóvenes, pero parece que después debemos aprender a comportarnos. La ira adolescente puede resultar fascinante y la rebeldía de una veinteañera incluso puede venderse como signo de personalidad, pero algo cambia cuando una mujer empieza a hacerse mayor. Entonces el enfado deja de ser atractivo, la ambición se vuelve incómoda y la rebeldía comienza a confundirse con el mal humor. La rabia femenina resulta mucho más difícil de tolerar cuando procede de una mujer a la que la sociedad ya ha decidido que debería haber aprendido a callarse. Riot Women, creada por Sally Wainwright, comienza precisamente en ese territorio.

La responsable de Happy Valley, Gentleman Jack y Last Tango in Halifax vuelve a colocar a mujeres complejas en el centro del relato. No es algo nuevo en Wainwright. Catherine Cawood, la extraordinaria policía interpretada por Sarah Lancashire en Happy Valley, ya demostraba que una mujer madura podía sostener una ficción sin necesidad de convertirse en una versión idealizada de sí misma. En Riot Women, la creadora lleva esa idea hacia un terreno aparentemente más ligero y cambia el uniforme policial por guitarras, teclados y amplificadores.

La serie reúne a Jess (Lorraine Ashbourne), Beth (Joanna Scanlan), Holly (Tamsin Greig), Yvonne (Amelia Bullmore) y Kitty (Rosalie Craig), cinco mujeres que llegan a la banda desde lugares muy diferentes. La música terminará convirtiéndose en un espacio desde el que expresar aquello que llevan demasiado tiempo callando. Sin embargo, reducir Riot Women a una historia de liberación a golpe de guitarra sería concederle a la serie una sencillez que, para bien y para mal, no tiene.

Póster de la serie Riot Women.
Póster de la serie Riot Women.

Riot Women: cuando hacerse mayor significa empezar a desaparecer

Una de las ideas más interesantes de Riot Women reside en la forma en que entiende la invisibilidad. Sus protagonistas no han desaparecido de la sociedad. Al contrario, continúan trabajando, cuidando, solucionando problemas y sosteniendo a otras personas, pero cada vez reciben menos atención. Son imprescindibles para quienes las rodean y, al mismo tiempo, parecen haberse convertido en personajes secundarios de sus propias vidas.

Es una sensación que conecta directamente con Marcie. Punto de inflexión, el cómic de Cati Baur del que ya hablamos en Las Furias. Su protagonista acaba de cumplir cincuenta años, pierde el trabajo, se encuentra a las puertas de la menopausia y descubre que esa supuesta invisibilidad social también puede convertirse en el comienzo de otra vida. El paralelismo con Riot Women resulta evidente: ambas obras parten de un momento que culturalmente se ha presentado demasiadas veces como declive para transformarlo en posibilidad.

Wainwright llevaba aproximadamente una década pensando en una historia sobre mujeres maduras que formasen una banda. La menopausia estaba desde el principio en el centro de aquella idea, aunque la experiencia personal de la creadora terminó ampliando el proyecto. Mientras escribía la serie atravesó la enfermedad y posterior muerte de su madre, que padecía demencia, además de su propia experiencia con la menopausia. Esa mezcla entre cambios corporales, envejecimiento de los padres y responsabilidades familiares atraviesa buena parte de la ficción. En una entrevista con Radio Times, Wainwright explicaba hasta qué punto la historia está ligada a su propia experiencia y a la necesidad de representar una etapa de la vida femenina que la televisión continúa observando con demasiada timidez.

Ahí aparece uno de los mayores aciertos de Riot Women. La menopausia está presente, pero no convierte a las protagonistas en una colección de síntomas médicos. Los cambios hormonales conviven con problemas laborales, relaciones familiares deterioradas, sexualidad, frustraciones, divorcios, depresión y cuidados. No existe una única experiencia de la madurez femenina porque tampoco existe una única manera de ser mujer después de los cincuenta.

Riot Women.
Riot Women.

Hacer ruido cuando nadie parece escuchar

La banda funciona como la respuesta más evidente a esa invisibilidad. Jess, Beth, Holly, Yvonne y Kitty no empiezan a tocar porque sueñen con convertirse en estrellas del rock, sino porque necesitan disponer de un espacio propio. La música les ofrece una posibilidad bastante más modesta y probablemente más importante: volver a escucharse a sí mismas.

Existe algo profundamente liberador en presentar la creatividad al margen del talento. Las protagonistas no necesitan ser virtuosas para tocar un instrumento, del mismo modo que una persona no necesita ser una gran escritora para escribir o una pintora extraordinaria para pintar. Crear puede tener valor aunque nadie compre el resultado, aunque no exista una carrera profesional detrás y aunque aquello que se produzca sea imperfecto.

Las propias actrices aprendieron a tocar sus instrumentos para la serie y ensayaron como banda antes del rodaje, una decisión que ayuda a evitar esa sensación demasiado habitual de estar viendo a intérpretes fingiendo una actividad que desconocen. Wainwright llegó incluso a aprender batería durante la preparación del proyecto.

Pero la música es solo el vehículo. Lo verdaderamente importante es la conquista de un territorio personal después de años dedicados a otras personas. Ahí Riot Women comparte algo con Grace and Frankie, una serie que hizo de la vejez femenina, el deseo, la amistad y la sexualidad asuntos centrales cuando todavía era mucho menos habitual encontrar mujeres mayores protagonizando historias que no girasen exclusivamente alrededor de sus familias.

También podemos encontrar ese desplazamiento de la mirada en La vida era eso, donde el envejecimiento femenino deja de funcionar como decorado para convertirse en experiencia subjetiva. Estas obras parten de tonos y géneros muy distintos, pero comparten una pregunta: ¿qué sucede cuando una mujer descubre que todavía quiere cosas en una etapa de su vida en la que los demás parecen haber decidido que debería limitarse a contemplar lo que ya tiene?

De Furia a Riot Women: distintas formas de estar hasta las narices

En este terreno aparece inevitablemente una conexión con Furia (deseando ver su segunda temporada), donde Félix Sabroso también utiliza el hartazgo femenino como combustible narrativo. Las dos series parten de mujeres que han soportado demasiado, pero toman caminos diferentes. Furia lleva el enfado hacia el exceso, el humor negro y la caricatura, mientras que Riot Women prefiere encontrar esa rabia en situaciones mucho más reconocibles.

Una hija que da por sentado que su madre resolverá el siguiente problema, un hombre incapaz de comprender lo que está ocurriendo o una mujer que descubre que lleva años administrando las necesidades de todos salvo las suyas pueden generar menos espectáculo que una explosión de violencia, pero resultan mucho más cercanos. La furia de Wainwright no siempre necesita gritar. En ocasiones basta con mostrar cuánto trabajo invisible hace falta para que los demás puedan vivir cómodamente.

Y resulta interesante que la ficción reciente esté encontrando formas muy diferentes de representar ese enfado. Furious, otra de las grandes series de 2026 analizadas en Las Furias, parte de la violencia contra las mujeres y de los límites de la justicia institucional para preguntarse qué ocurre cuando una víctima deja de comportarse como se espera de ella. Furia, Furious y Riot Women son obras muy distintas, pero las tres comparten cierta desconfianza ante esa eterna exigencia de que la mujer herida, explotada o humillada conserve además las buenas formas.

No obstante, convertir la rabia femenina en tendencia también implica un riesgo. Cuando demasiadas ficciones descubren simultáneamente que una mujer enfadada puede ser un gran personaje, aquello que inicialmente parecía subversivo amenaza con convertirse en fórmula. En ese sentido, Riot Women funciona mejor cuando abandona la idea abstracta de “mujeres furiosas” y se concentra en la especificidad de sus protagonistas.

Riot Women.
Riot Women.

Mucha furia, quizá demasiados problemas

Precisamente ahí aparece también uno de los principales defectos de Riot Women. Wainwright (como les pasa un poco a los Javis en La bola negra) quiere hablar de tantas cosas que en determinados momentos parece incapaz de renunciar a ninguna. Menopausia, depresión, alcoholismo, demencia, violencia machista, maternidad, envejecimiento, sexualidad, relaciones familiares, homofobia y frustración laboral compiten por hacerse un hueco en apenas seis episodios.

Cuando esos temas aparecen orgánicamente a través de los personajes, la serie encuentra algunos de sus mejores momentos. El problema surge cuando empieza a percibirse la intención de introducir un nuevo asunto importante casi antes de haber dejado respirar al anterior. A Riot Women aveces le cuesta pasar de la comedia física a situaciones extremadamente dolorosas sin que todas las transiciones resulten igual de convincentes.

No es un defecto nuevo en las ficciones corales, pero aquí resulta especialmente visible porque Riot Women posee un discurso muy consciente de sí mismo. La serie sabe lo que quiere decir sobre las mujeres maduras y en ocasiones quiere asegurarse demasiado de que el espectador también lo sepa. Algunas conversaciones parecen construidas para los personajes; otras, en cambio, se acercan peligrosamente al manifiesto.

También existen personajes secundarios que funcionan mejor como representación de un problema que como personas completas. Algunos de los hijos de las protagonistas, por ejemplo, pueden llegar a resultar tan egoístas o absorbentes que parece difícil imaginar cómo han llegado a mantener durante años una relación mínimamente funcional con sus madres. La intención es evidente (mostrar cuánto se espera todavía de estas mujeres), pero habría sido más interesante introducir cierta ambigüedad. La explotación cotidiana resulta más incómoda cuando procede de personas que también somos capaces de querer.

¿Es realmente tan punk Riot Women?

Hay además una contradicción difícil de ignorar. Riot Women utiliza el punk como símbolo de rebeldía femenina, pero su relación con la cultura punk es bastante menos profunda de lo que promete su estética. La banda, las guitarras y la actitud proporcionan una imagen estupenda, aunque en demasiados momentos funcionan como una traducción inmediata de una idea bastante sencilla: estas mujeres están enfadadas y han decidido dejar de comportarse correctamente.

Esto no sería necesariamente un problema si la serie no estableciera una conexión tan evidente con una genealogía cultural donde el enfado femenino tuvo implicaciones políticas mucho más concretas. El movimiento riot grrrl, desarrollado principalmente durante los años noventa, utilizó el punk como espacio para cuestionar el sexismo dentro de la propia escena musical, denunciar la violencia contra las mujeres y crear redes de expresión cultural alejadas de estructuras dominadas por hombres.

Aquí es donde la supuesta radicalidad de Riot Women empieza a resultar algo domesticada. La serie toma parte de aquella iconografía, pero está bastante menos interesada en su historia política que en utilizarla como metáfora narrativa. No invalida su propuesta, aunque sí deja la impresión de que Wainwright quería la energía visual y emocional del punk sin cargar necesariamente con todo lo que implica.

La paradoja es interesante porque Riot Women funciona mejor cuando deja de intentar ser revolucionaria. No necesita convertir a cinco mujeres maduras en una nueva versión de Bikini Kill para justificar su existencia. Ver a cinco mujeres que socialmente deberían haberse vuelto discretas apropiándose de un escenario ya contiene suficiente desafío.

Wainwright ha reconocido además que inicialmente no partía de un conocimiento especialmente profundo del mundo musical y contó con asesoramiento específico durante el desarrollo de la serie. Las canciones originales fueron creadas por ARXX y el trabajo musical previo de las intérpretes terminó convirtiéndose en una parte importante de la producción. El resultado convence más cuando observamos la banda como espacio emocional que cuando intentamos encontrar en ella una auténtica declaración punk.

Riot Women.
Riot Women.

Cinco actrices a las que la televisión debería haber mirado más

Donde la serie tiene pocos problemas para convencer es en su reparto. Joanna Scanlan encuentra en Beth un personaje especialmente complejo, capaz de convivir con una enorme fragilidad sin perder nunca una inteligencia afilada ni cierto sentido del absurdo. Rosalie Craig aporta a Kitty una energía mucho más imprevisible, mientras Lorraine Ashbourne, Tamsin Greig y Amelia Bullmore completan un grupo en el que las diferencias importan tanto como aquello que las une.

Ese reparto impide que Riot Women termine convertida únicamente en una tesis sobre la mujer madura. Las actrices introducen contradicciones allí donde el guion puede resultar demasiado explícito y consiguen que la amistad surja de las fricciones y no de una idea prefabricada de sororidad. Estas mujeres pueden ayudarse y hacerse daño, comprenderse y desesperarse mutuamente. La unión no elimina el conflicto.

La comparación con Happy Valley vuelve a resultar inevitable. Catherine Cawood era un personaje extraordinario porque Wainwright jamás confundió fortaleza con invulnerabilidad. Podía ser brillante y mezquina, afectuosa y cruel, valiente y profundamente injusta. Esa misma voluntad de permitir que las mujeres sean contradictorias atraviesa los mejores momentos de Riot Women, aunque aquí la estructura coral no siempre permite alcanzar la misma profundidad psicológica.

No deja de resultar significativo que, hace años, la actriz Ana Fernández señalara en una entrevista con Las Furias que parecía que “las mujeres a partir de los 50 no tienen historias que interese contar”. Entre sus series favoritas citaba precisamente Happy Valley y a su protagonista de más de cincuenta años. Riot Women parece responder directamente a aquella cuestión: no faltaban historias, faltaba una industria dispuesta a considerar que esas vidas merecían ocupar el centro de la pantalla.

La revolución quizá consista simplemente en seguir ahí

Riot Women no es una serie perfecta y quizá tampoco sea la revolución televisiva que su título parece anunciar. Su discurso puede resultar demasiado evidente, algunas tramas acumulan más problemas sociales de los que consiguen desarrollar y la relación con el punk tiene bastante más de metáfora que de verdadera exploración cultural. Pero debajo de esas irregularidades existe una intuición tremendamente poderosa: la vida de una mujer no entra en su epílogo cuando deja de ser joven.

La televisión ha avanzado enormemente en la representación femenina, pero todavía conserva una extraña tendencia a concentrar buena parte del deseo, la aventura y la transformación personal en determinadas edades. Los hombres pueden descubrir nuevas vocaciones, enamorarse, destruir sus familias o iniciar una segunda vida cuando ya peinan canas. A las mujeres se les ha concedido ese privilegio con bastante más lentitud.

Sally Wainwright lleva buena parte de su carrera discutiendo esa frontera. Lo hizo desde otro lugar con Happy Valley y vuelve a hacerlo aquí mediante personajes mucho más ruidosos. La gran virtud de Riot Women consiste precisamente en no preguntar si estas mujeres siguen teniendo algo que decir. Da por supuesto que lo tienen y coloca un micrófono delante.

Quizá la imagen verdaderamente radical de la serie no sea la de cinco mujeres maduras tocando punk sobre un escenario. Quizá sea algo mucho más sencillo: cinco mujeres que han pasado décadas siendo madres, hijas, esposas, trabajadoras y cuidadoras decidiendo que todavía pueden convertirse en algo que nadie esperaba de ellas.

No necesitan rejuvenecer para hacerlo. Tampoco necesitan pedir permiso. Solo necesitan que alguien deje de bajarles el volumen.