Halloween 2026: ‘Scream’, análisis de la saga de Ghostface (1996-2026)

En Scream (1996), todo arrancó con una llamada. El público permanecía tranquilo al haber sido recibida por el personaje de Drew Barrymore. La actriz con más caché de aquella producción era una pieza demasiado rentable para ser liquidada en un prólogo. No obstante, cuando colgó, Ghostface seguía allí. Un recurso tan inteligente que se podría hermanar, con las debidas proporciones, a la utilización de Janet Leigh por parte de Hitchcock en Psicosis (1960).

La fiebre que desató Scream, dirigida por Wes Craven, fue tan grande que supuso la proliferación de cintas muy similares. De hecho, en la malograda Tuno negro (2001), se intentó repetir la fórmula al colocar en la misma tesitura a Maribel Verdú. A pesar de ello, el film español no logró ni el mismo reconocimiento ni rentabilizar a la excelente intérprete. Tal vez, la primera advertencia de nuestro repaso: la fina frontera entre lo terrorífico, lo risible y lo autorreferencial es demasiado fina.

Si alguien conoce en la industria esa paradoja sería esta popular franquicia de cuchilladas, un fenómeno de la cultura popular que, tal y como mandan los cánones, pronto halló su correspondiente parodia a través de Scary Movie (2000) y sus múltiples secuelas. Con la proximidad de Halloween, parece mejor momento que nunca para que intentemos adivinar quién se esconde detrás de la máscara del fantasma…

Drew Barrymore en la inolvidable primera escena de Scream.

Scream (1996): el mejor truco del diablo

Los ardides más devastadores de la Historia poseen un rasgo en común. Es imposible que vuelvan a repetirse una vez tuvieron su noche de gloria. Ya sea el caballo de Troya o el jaque mate del pastor, las fallas reveladas se fortalecen de inmediato. Scream (1996) sufre de ese denominador común: el impacto y su grandeza residen en su giro de tuerca, un atractivo planteamiento de Kevin Williamson para burlarse de las convenciones del slasher y un gran magisterio a cargo de Wes Craven.

Más allá de las salpicaduras carmesíes, el metraje lograba ser una auténtica reflexión del siempre rentable en taquilla terror adolescente. Craven se divirtió tanto en la travesura que se reservó poder hacer un cameo como un inquietante conserje que recordaba a cierto monstruo que atacaba en las pesadillas. A través de la interpretación convincente de Neve Campbell, una generación conoció las desventuras de Sidney Prescott, cuyo aniversario de una tragedia familiar se va a ser todavía más mancillado por un asesino en serie.

Con una serie de trucos bien hilados y personajes que aceleraban los acontecimientos (destacando la ambiciosa Gale Weathers, una celebridad local que quiere dar el salto a las grandes Ligas con estos crímenes), el largometraje funcionaba con precisión. Courteney Cox, la actriz encarnada de dar vida a Weathers, tuvo además una química envidiable con el personaje de David Arquette, cuyo Dewey se convirtió en una fuerza del orden con la que era fácil empatizar.  

El resto del casting resultó igualmente idóneo. Skeet Ulrich supo aportar a Billy Loomis, el esforzado novio de Sydney que estaba aguardando a su primer encuentro sexual con su pareja con varios traumas como telón de fondo. Ciertamente, había tópicos, pero el libreto se daba cuenta de ello y lo exprimía para hacer reflexionar a los roles protagónicos, casi rompiendo la cuarta pared.

Póster de Scream.
Póster de Scream.

Scream 2 (1997): Popcorn Face

Normalmente, una segunda parte de algo exitoso suele poner el freno de mano. La productora pretende que los personajes de quiebre que sorprendieron sean más llevaderos para el gran público, pudiendo ser consumida por más sectores sociales. Mediante una cita en un estreno de cine, Maureen Evans (Jada Pinkett Smith reflexionando en voz alta sobre los clichés del género y el papel de lo afroamericano en el mismo) y su pareja se topan con el nuevo panem et circenses de su tiempo: el estreno de una cinta ultraviolenta que evoca los hechos de la primera entrega sirve de excusa para ejecutar un asesinato jaleado involuntariamente por la descerebrada turba.

Puñalada se convirtió en la metáfora perfecta del éxito de Scream, la versión en dicho universo de ficción de una rentable saga del celuloide sustentada en los botes de kétchup expandidos como si no hubiera un mañana sobre los cuerpos del reparto. Apenas dos años dan para mucho y Woodsboro apenas soportaba las cicatrices que dejaron los horribles crímenes del pasado. En esta ocasión, Sidney se encontraba con Cotton Weary (Liev Schreiber), el hombre falsamente acusado de acabar con su madre. Stu Macher y su inesperado cómplice lograron inculpar a Weary y asesinar a su amante, a quien acusaban machistamente se haber querido jugar a ser Sharon Stone en Instinto básico (1992).

Aunque Wes Craven repitió detrás de la cámara y el libreto corrió a cargo de Kevin Williamson, algo no terminó de encajar tan bien. El largometraje era ameno y se empleaban elementos poderosos (de hecho, usar el montaje de la tragedia griega donde participa Sidney para el teatro en el Campus de la Universidad de Windsor incluso se podría haber alargado), pero no disponía del mismo impacto de la original.

Un “Cluedo” sangriento

El vozarrón de Robert L. Jackson marcó la pauta de la gran amenaza. En España, Antonio García Moral, garante de la tradición de buenos doblajes en castellano, supo captar la esencia de su tono telefónico. De hecho, el equipo de Craven buscó evitar que el elenco pusiera cara a Jackson hasta el final del rodaje. Siempre se teme más a lo desconocido.

A partir de la segunda entrega de este atípico slasher, la audiencia comenzó a compartir esas teorías de videoclub que tan bien funcionaron en su estreno: daba igual lo simpático y apolíneo que resultase el personaje de Jerry O’Connell, todos los novios de Sidney estarían bajo sospecha. Más allá del terror, los filmes se sostenían en lo divertido que era elucubrar sobre quién estaba detrás de la máscara. Una de las bases de su éxito.

Luego existían químicas en pantalla que nunca defraudaban. Cox y Arquette tuvieron un romance que se tradujo en matrimonio y, posteriormente, un divorcio amistoso. Curiosamente, los libretos de las secuelas se han valido de ello para acentuar la evolución de dos personas con un intenso pasado común. Algo así como la utilización por parte de Tim Burton de Michelle Pfeiffer y Michael Keaton de la relación de ambos para Batman vuelve (1992).

Cualquiera podía ser víctima o verdugo en el tablero, pero se daban añadidos refrescantes. A gran distancia de otros colegas que eran perseguidos con machetes, los chicos y las chicas de Woodsboro, la ciudad ficticia de California, sí comprendían en qué trampa se encontraban y cuáles eran las mejores pautas para esquivar el cuchillo (otro cantar era si lo lograban).

Además, aquí no siempre tenía que ser Michael Myers. La gracia es que la máscara blanca de plástico resultaba fácil de adquirir y cualquier hombre o mujer podía, en determinadas circunstancias, resultar creíble como peligro.

Póster de Scream 2.
Póster de Scream 2.

Scream 3 (2000): el cazador cazado

Hay que tener mucho cuidado con esa posibilidad en el género del terror. Anthony Perkins deslumbró como Norman Bates en su colaboración con Hitchcock. Tampoco puede considerarse negativo su retorno como este pintoresco asesino en serie en la secuela de 1983, obra bastante infravalorada de Richard Franklin con guion de Tom Holland. Sin embargo, querer estirar el chicle en ese motel tan de novela gótica ha llevado a otras apariciones innecesarias que han restado aura a uno de los monstruos inolvidables del séptimo arte.

Wes Craven, quien había acertado en la diana con su humor y capacidad de analizar el género slasher, casi pareció caer en sus propias redes con Scream 3 (2000). Tal vez, la aportación más cuestionable de la trilogía original. Estaba Ehren Kruger cogiendo a las creaciones de Kevin Williamson en un marco donde Sidney se había recluido en las montañas y buscaba apoyar a mujeres en situaciones desesperadas a través de la línea telefónica.

Con alguna referencia a miembros de la mitología original (el prólogo es con Cottom, confirmándose que no es una persona rencorosa), en esta ocasión el juego es una comparativa en paralelo con Puñalada 3. Hay mucha burla de las secuelas y las franquicias, incluso con cameos de celebridades aportando su granito de arena, si bien cabe pensar hasta que punto eso articula un buen discurso o se trata de una broma privada de Colegio Mayor.

Ello no es óbice para admitir que hay aspectos revalorizados. En los compases de su rodaje, no estaba la sociedad tan sensibilizada con el lado más bárbaro de la industria y el engranaje de abusos sexuales entre bambalinas de las grandes productoras. Tal vez con sal gruesa, esta tercera entrega nos sumergía en ello sin anestesia. A nivel onírico, Craven buscaba un cierto toque a Lynch en las escenas de su protagonista con su madre.

El linaje Weinstein

Como hemos mencionado, el cierre de la trilogía de Scream tuvo algún punto fuerte, más allá de su típico final tramposo, alrededor de su forma de exponer temas escabrosos de Hollywood. Irónicamente, la rentabilísima saga de filmes estará siempre ligada a “Bob” Weinstein, hermano del tristemente célebre Harvey Weinstein, artífice involuntario con su forma de proceder el movimiento #MeToo.

En primer lugar, debe recordarse que nadie es culpable de los delitos cometidos por otra persona con su mismo apellido, si bien la fuerte ligazón de los dos en sus años de esplendor podría llevar a ciertas elucubraciones. “Bob” se erige en la principal causa de que Craven terminase colocándose a los mandos en estas cintas terroríficas, pero él mismo recibió acusaciones por parte de la productora Amanda Seigel y en su primer divorcio, donde el cuerpo de abogados de Anne Clancy argumentó miedo a sufrir represalias físicas. Por su lado, la defensa del productor alegó los presuntos problemas de alcoholismo de Clancy y su negativa a recibir ayuda.

Frente a la caída del imperio de Harvey, su actitud se prestó a la ambivalencia. Públicamente censuró a su pariente y hasta alegó abusos verbales de los que fue objeto, mientras que otros sectores cuestionaban posibles ayudas económicas para comprar silencios y deseo de tapar los escándalos en aquellas épocas donde los millones de dólares llegaban a espuertas. Se rumoreó que Craven y su equipo usaron a John Milton (encarnado por Lance Heriksen) como una especie de trasunto de quien fuera la cabeza visible de la potente Miramax.

En materia meramente profesional, Weinstein aprobó en los noventa conceder los 400.000 dólares en los que se tasaba el guion de Williamson. De igual manera, presionó para el terrible asesinato del inquietante director Himbry en la primera entrega, puesto que si no el metraje habría estado demasiado tiempo sin muertes.

Póster de Scream 3.
Póster de Scream 3.

Scream IV (2011): Mascarada

Había llovido mucho desde que el equipo de rodaje encontró aquella vieja máscara. En producción dudaron de ello, pero se convirtió en icono a la altura de las garras de Freddy o la protección para jugar al hockey de Jason. Ahora jugaban en la élite y su primer título desechado, Scary Movie, se había convertido en la marca distintiva de una colección de películas paródicas con el género. El malogrado Harvey Weinstein sugirió utilizar Scream tras haber quedado impactado con un tema de Michael Jackson, siendo hoy casi imposible pensar otra manera de denominar a una saga que en 2011 retornaba a las salas de proyección.

¿Por qué se arriesgó Wes Craven a exprimir todavía más a su gallina de los huevos de oro? Ciertamente, sacar una buena tajada de dólares era tentadora, pero nunca se podrá negar algo de Scream IV: no es la favorita de casi nadie entre el fandom, pero brindó a Kirby, una heroína inolvidable que halló en Hayden Panettiere a la mejor intérprete. A fin de cuentas, Kevin Williamson volvía al teclado y, al igual que en el tenis, ya se estaba preocupando por sembrar a una Next Gen a la altura de los mayores.

Eso no resultó óbice para cuidar al Big Three particular: Neve Campbell repetía como Sidney, trayendo en esta ocasión una gran capacidad como escritora de éxito. Como si fuera El ciudadano ilustre (2016), tratará de afrontar reencontrarse con su pasado. En similares tribulaciones profesionales estaría Courteney Cox, cuya intrépida periodista está ahora en una fase de crisis profesional y reformulación de su vínculo con Dewey, quien ha subido en el escalafón hasta el grado de sheriff.

Un sentido paso del tiempo es visible entendiendo que en la primera parte alquilar cintas todavía estaba de moda y ahora las redes sociales suponían otra herramienta para Ghostface.

Póster de Scream 4.
Póster de Scream 4.

Scream V (2022): la carta ensangrentada

Woodsboro estaba de luto. Habían pasado diez años desde la última cita de la saga Scream y la ausencia de Craven no auguraba nada bueno para la franquicia. Todo cambió cuando Neve Campbell abrió una carta conmovedora: Tyler Gillett y Matt Bettinelli-Olpin no eran únicamente dos cineastas ofreciéndole trabajo actoral: se trataba de dos auténticos adoradores del malogrado director y conocían al dedillo todos los detalles de uno de sus filmes más célebres. De repente, se vio dando el sí al igual que David Arquette y Courtney Cox.

Una Vieja Guardia que debería codearse con la cantera en ciernes. Una cuestión delicada que exigía ojo certero: Rich Delia dirigió un casting exquisito donde se apostó por auténticas perlas. Jenna Ortega en pleno ascenso de su cursus honorum haría las veces de Tara Carpenter, la heredera de la mítica escena de Drew Barrymore con el suficiente homenaje y variaciones para seguir resultando interesante. Por su parte, Mikey Madison no había robado todavía el corazón de la audiencia en Anora (2024), pero ya tenía todos los mimbres para hacerlo. Y así en varios casos más.

En un lugar de un remake encubierto, como suele suceder en estas cuestiones, Scream V (2022) supo expandir su universo mezclando savia nueva con la antigua. Se configuraba un whodunit más que resultón que volvía plantear un rompecabezas capaz de satisfacer a la vieja hinchada, además de meterse en bolsillo a una camada recién llegada que observaría con agrado la inundación de las redes sociales que salpica a los aspirantes a supervivientes de este eterno ciclo alrededor de una máscara fantasmal.

Las cuestiones del linaje y el poder de la sangre son aprovechadas en aras de hacer guiños a etapas del pasado, sin ningún rubor por caer en lo folletinesco o giros dignos de una novela otomana de Netflix.

Póster de Scream V.
Póster de Scream V.

El largo adiós

Williamson ha admitido que ha dicho tantas veces adiós a esta ficción que casi parece una locura. Remotamente basado en los asesinatos del infame Danny Harold Rolling, el autor logró derivar en una obra donde el círculo de protagonistas era realmente interesante. Absolutamente impactado por Halloween (1978), sorprende poco que Carpenter no sea un apellido infrecuente en Scream. De hecho, mirando un poco más allá, la fiesta cinéfila de Stu Macher incluso la primera aparición de Myers en la gran pantalla.

Cada cierto tiempo, conviene recordar una escena en la que Wes Craven invirtió más de veinte días hasta que se filmó como la deseaba: se trata de la disertación de Randy (Jamie Kennedy) sobre cómo se puede sobrevivir en una película de miedo en la primera parte de la saga. A la altura de 2022, la creación de Wes Hicks (Dylan Minnette) resultó una hábil excusa del libreto para poder rendir un homenaje al desaparecido Craven. Ese hilo conductor y el cariño con el que todavía nombres como Campbell o Barrymore hablan de sus conversaciones con el artífice de este terror elevan a este slasher en comparación con otros colegas del negocio.

Por más secuelas que surjan, muchos comerciales de identificadores de llamadas en los Estados Unidos habrán de estar agradecidos de aquel teléfono sonando mientras las palomitas se calentaban. Igual que José Luis López Váquez consiguió que una generación española tuviera miedo a meterse en una cabina telefónica, Williamson y compañía lograron un pasaporte a la inmortalidad audiovisual.

Un amor que Craven mantuvo con su financiación hasta su deceso de las temporadas de Netflix (2015-2016) que no estaban directamente conectadas con la rama principal, aunque se erigió en otro ejemplo de terror adolescente. Eso sí, la repercusión jamás sería igual, ya que la verdadera máscara blanca inspirada en la obra de Edvard Munch siempre ha sido un animal de cine.

Póster de la serie de Scream.

Scream VI (2023): expandiendo el tablero

Samara Weaving se mueve con soltura en esas lides. No en vano, su rol protagónico en Noche de bodas (2019) terminó llevando aparejada una continuación en 2026. Por eso, verla desfilar por las calles neoyorquinas en una trampa amable que se va tornando amenazante es algo que encaja. Pese a ello, la clave del asunto radica en que aquella escena de 2023 pertenecía a Scream. Nada menos que a la sexta entrega: las reglas del juego se modificaban y ahora era aceptable marchar a la Gran Manzana.

Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett habían rendido justa pleitesía a Craven, haciendo una continuación que reflexionaba con acierto e hipérbole sobre el fandom más tóxico. De cualquier modo, repetir cualquier cosa en el mítico pueblo, digno de Stephen King, iba a sonar a melodía ya sabida. Por ello, la audacia del argumento de James Vanderbilt y Guy Busick radicaba en atreverse a marcha a la Gran Manzana. Brett Jutkiewicz, director de fotografía, rindió cariño a la ciudad que nunca duerme, aunque hermanándola, como suele decirse en el medio comiquero, con el lado más oscuro de Gotham City.

Usar escenarios como el siempre transitado metro o los edificios de alquiler con escaleras de incendio permitía mayor creatividad en los crímenes y dejaba más a la defensiva a un elenco de personajes que ya estaban muy habituados a lidiar con cualquier encarnación de Ghostface. La apuesta salió exitosa y, más allá del sano autohomenaje, existían mimbres para que la cinta fuera un producto capaz de valerse por sí mismo.

Con fino olfato, Oti Rodríguez Marchante, uno de los críticos más longevos en España, afirmaba que la franquicia estaba sabiendo bascular el peso de sus tramas en la pareja ganadora Melissa Barrera y Jenna Ortega. Además, para impedir la nostalgia, Courtney Cox repetía en su rol como sabuesa de las noticias.

Nadie está a salvo

Barrera tenía la pareja de baile más incómoda. Samantha Carpenter (el apellido delata) no era una más entre las jóvenes que aportaban savia nueva al mito. Como se terminaba revelando, era la hija oculta de Billy Loomis, una de esas presencias que con apenas una aportación parecen quedarse para siempre en el imaginario popular. Con habilidad, el argumento hizo pensar en el tentador tópico de proyectar a la heredera de un linaje infame (pensemos en lo ocurrido con Harry Osborn en los cómics de Spiderman), cuyas alucinaciones la arrastran a las cuchilladas a diestro y siniestro.

Afortunadamente, no así. Un sello que ha dejado Williamson es que el atractivo de Ghostface radica en su cambiante identidad. Por ello, es muy importante simpatizar en las fortalezas y debilidades de sus potenciales víctimas. Si la comparamos con la muy rentable Terrifier, Scream apuesta por el círculo de las víctimas, siendo el gore un complemento antes que la causa sobre la que todo orbita.

Eso permite que Samantha y su hermana, Tara (Ortega), se conviertan en un excelente soplo de aire fresco que, además, permite interacciones bien curiosas con la Vieja Escuela. Gracias a escenarios novedosos e inesperados en el slasher (el metro, un supermercado, etc.), podemos ver a la pareja reforzar vínculos con Kirby, cuyo retorno en el sexto film fue uno de los mejor recibidos en mucho tiempo. Dermot Mulroney tuvo claro el fuerte apego de la grada por Dewey, algo que reflejó componiendo a otro agente del orden bien distinto.

Ello ha permitido mezclar a dos camadas distintas donde es sencillo generar rivalidades, amistades, filias y fobias. Justo cuando la decadencia ondeaba, esta inyección permitió a la máscara fantasmal volver a flotar amenazante y en nuevos registros.

Póster de Scream VI.
Póster de Scream VI.

Scream VII (2026): Queen Prescott

Una extraña y precipitada sensación de incompleto preside a la última (de momento) entrega de los puñales por la espalda (y también en otras posiciones). El regreso por la puerta grande de Neve Campbell siempre es bien recibido, ya tornada en la auténtica reina superviviente de este complicado juego. No obstante, varias cuestiones maniataron a Scream VII (2026).

Matthew Lillard, el cual regresaba a esta ficción en la era de la incertidumbre y la IA, confesó posteriormente la principal causa del sabor amargo: el despido de Melissa Barrera por haber expresado su opinión horrorizada ante las masacres acontecidas en Palestina la enemistó con lo políticamente correcto en el peor sentido de la palabra y supuso su salida.

Ello llevaba al poco tiempo a otro efecto colateral dañino: la marcha de Ortega, una de las apuestas más sólidas en el género del terror por su gancho con el público: pensemos en su carismática Miércoles Addams o su papel en X (2022), otro interesante slasher que aprovechaba los clichés de estas películas para reflexionar sobre la industria del porno a finales de los setenta del siglo XX.

Este broche que debía ser de oro (era la primera vez que Kevin Williamson se colocaba detrás de la cámara para mover a las piezas que surgían de su imaginación sobre el folio) salió realmente lastrado y en una aparente calma tensa. El vínculo de Sidney con su hija (Isabel May) es interesante en cuanto al propio pasado traumático de una mujer de fuerte carácter dispuesta a evitar que la historia se repita, pero la sensación de serenata interrumpida preside todo el concierto.

El prólogo, ahí se advierte la mano de Williamson, es realmente certero con nuestro tiempo. Un novio influencer está buscando tener toda una experiencia pasando una noche en una siniestra casa con recuerdos de Ghostface.

Póster de Scream 7.
Póster de Scream 7.

Una trampa tras otra

Justo cuando nos estamos preparando para que Jordi Wild salga de un momento a otro a comentar con él los diseños y grabaciones del asesino en serie, Scream VII brinda un potente inicio que luego se va diluyendo. Las aportaciones de Campbell son de lo mejor de un producto donde los diálogos, antaño chispeantes, ya suenan a truco aprendido. Hemos roto en múltiples ocasiones la cuarta pared para entender que estas víctimas conocen las reglas y que la actualidad va exigiendo nuevos manuales de instrucciones.

Sería justo admitir que, añorando muchísimo a Barrera y Ortega, hay tics que eran asimismo visibles incluso en las mejores entregas anteriores: la duplicidad de Ghostface y sus habilidades de combate o forma física dependen mucho de lo que la escena de marras necesite, sin ninguna preocupación cara a la continuidad. El propio Craven, un maestro en su oficio, caía sin sonrojo en revelaciones de whodunit que buscaban epatar antes que cualquier clase de verosimilitud.

Eso sí, cualquier crítica es más digerible con 200 millones de dólares recaudados. De hecho, se terminó anunciando que Lilla y Nora Zuckermann van a ser el músculo creativo de Scream VIII (2027). Es decir, justo cuando parecía la hora de abandonar el barco, sale otro hábil anzuelo que nos hará seguir buscando arrancar la careta. Para colmo de males, Williamson ha revelado que Campbell tiene una idea muy interesante para dar un giro de tuerca a Sidney…

Una trampa tras otra. Y será imposible que no queramos caer en ellas.

¿Póster de Scream 8?
¿Póster de Scream 8?