‘La última tentación de Cristo’, de Scorsese: el retrato más radical

La voz resonaba clara y pulcra, la propia de una conciencia iluminada: “La única evidencia que veo del diablo es el deseo de todos de que esté aquí”. Sean Connery había dado vida a héroes del celuloide con frecuencia, incluyendo a James Bond. Sin embargo, aquellas palabras herían más que cualquier arma del agente 007: con sagacidad, fray Guillermo de Baskerville, su personaje en aquella adaptación al celuloide de El nombre de la rosa (1986) evidenciaba una de las paradojas del celo religioso: buscar en los demás la oscuridad que procede del interior.

Si la belleza está en el ojo que la contempla, otro tanto suele ocurrir con la dimensión más tenebrosa del espíritu. Han transcurrido muchas décadas, pero La última tentación de Cristo (1988) mantiene imperturbable su capacidad de honrar a otra cita célebre; en este caso, de Friedrich Nietzsche: “Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”. ¿Por qué la pieza dirigida por Martin Scorsese llegó a provocar un encontronazo del arzobispo de París con la política cultural de François Miterrand? 

Académicamente, suele sostenerse que no hay un acercamiento más real a la lectura de los evangelios que hacerlo en el griego clásico en que fueron redactados originalmente. Curiosamente, nuestra historia comienza con un autor heleno y la capacidad de otro hombre, plagado de demonios, de descodificar sus claves para llevarlas a su lengua, a lo más profundo de su formación.

Póster de La última tentación de Cristo.
Póster de La última tentación de Cristo.

La última tentación de Cristo: Encuentros apócrifos

Hay una amplia distancia entre el griego demótico y la jerga empleada en Malas calles (1973) por Robert De Niro. Sin embargo, Martin Scorsese notó que aquella recomendación le estaba removiendo algo, apelaba directamente a sus entrañas con su propio código. La culpa de todo ello fue de una dama: Barbara Hershey, quien luego se convertiría en María Magdalena para la cinta del cineasta italoamericano. Junto a David Carradine, la actriz le habló de un libro que le iba a volver loco: Nikos Kazantzakis había firmado en 1953 algo más que literatura religiosa: La última tentación de Cristo era una de esas cosas que podían terminar explotando entre las manos.

En contra de lo que pudiera pensarse, el regalo de Hershey no supuso una lectura rápida. Al contrario, ocurrió algo bastante especial, una sensación que reflejó mejor que nadie la voz de Scarlett Johansson en la premonitoria Her (2013): esa tristeza cariñosa de estar desprendiéndose, a regañadientes, de las páginas de tu libro favorito. Scorsese no acabó por completo aquella pieza literaria hasta 1979 en Florencia durante una visita a sus colegas Taviani, la pareja de directores transalpinos.

Como en otras ocasiones, el realizador llamó a Paul Schrader para adaptar aquellos párrafos espirituales a un guion adecuado para la gran pantalla. De formación calvinista, Schrader puso bastante de sí mismo en un primer borrador donde pensaba profundamente en su alma la pérdida de un ser querido: nada menos que su madre. Pese a ser él mismo visceral, Scorsese logró frenar el fuego deicida de su camarada en una escena donde el acto de la primera comunión pasaba a ser auténtico canibalismo. Con el tiempo, se descubriría que Jay Cocks fue el tercero en discordia, la última pluma del texto definitivo.

Martin Scorsese rodando La última tentación de Cristo.
Martin Scorsese rodando La última tentación de Cristo.

Debates bizantinos

Año 451 d.C. La celebración del Concilio de Calcedonia marca la cuarta gran reunión ecuménica de dicha índole para dilucidar aspectos fundamentales de la figura de Jesucristo. Finalmente, a pesar de que ello provoca un cisma con las Iglesias Ortodoxas, se acepta que Jesús de Nazaret aglutinaba dos naturalezas en un mismo ser sin división: la divina y la humana. Podría parecer un dato de partida de Trivial, una curiosidad histórica. No obstante, siglos después ocurría un apasionado debate en New York sobre esa misma materia: Paul Moore, obispo de la ciudad que nunca duerme, parlamentaba con Martin Scorsese sobre una de las bases de su largometraje más especial.

No dejaba de ser irónica la conexión tan profunda que el hombre de raíces sicilianas estaba estableciendo con una persona a la que nunca llegó a conocer. En efecto, Nikos Kazantzakis jamás coincidió con el hombre que llevó sus palabras a lo audiovisual, pero ello no impidió al director trabar interesantes conversaciones con Eleni, la viuda del escritor. A través de ella pudo ver que Nikos había sido mucho más asceta que él, a fin de cuentas, un chico criado en el asfalto, las procesiones callejeras o los enfrentamientos de pandillas: Nikos, por el contrario, podía refugiarse en el Monte Athos para experimentar en sus carnes la auténtica vida y soledad monástica.

Curiosamente, la creencia no es condición sine qua non para disfrutar de este film que tardó años en gestarse. Richard Schickel, autor de uno de los mejores libros de conversaciones con Scorsese, le reconoció que, pese a su condición de firme ateo convencido, La última tentación de Cristo fue capaz de generarle fuertes emociones e incomodidades. Es algo similar a lo logrado por Paolo Sorrentino con The Young Pope (2016): poner contra la espada y la pared lo que creíamos saber.

La última tentación de Cristo.
Willem Dafoe en La última tentación de Cristo.

La última tentación de Cristo: un rostro esquivo

Aidan Quinn había sido la primera opción. Sin embargo, problemas de agenda e incluso dilemas personales le alejaron del rol. Lo mismo terminaría sucediendo con Eric Roberts y Christopher Walken. Sea como fuere, Willem Dafoe terminó siendo una recomendación que Scorsese acogió con agrado. Lo conocía por su capacidad de hacer convincentes villanos y ahora era el momento donde debía confirmar que podía jugar en el otro lado de la red.

Históricamente hablando, debatir alrededor de la figura de Jesús de Nazaret es fascinante. Revistas especializadas como Desperta Ferro: Arqueología e Historia han dedicado incluso ejemplares completos a una cuestión plagada de artistas, con argumentos a favor y en contra de las dos posibilidades. No hablamos aquí del apartado de la fe y el misterio que sería una cuestión individual, sino de las evidencias científicas, de las dudas alrededor de los añadidos textuales o la importancia de entender los manuscritos esenios

A ese respecto, Scorsese lo tenía más fácil. Nadie esperaba una respuesta rotunda de su parte, únicamente debía bucear en su memoria fílmica: desde Rey de reyes (1965) a El evangelio según San Mateo (1964), de su admirado Pasolini, cada obra había apostado por algo. Una en particular le sirvió de inspiración: Barrabás (1961), basada en la novela de Pär Lagerkvist, le cautivaba. Anthony Quin había dado presencia al célebre proscrito que la tradición cristina hizo perdonar en perjuicio de Jesús: el camaleónico intérprete dio carisma a un antihéroe que permitía que el metraje pudiera ser entendido en dos claves: una espiritual y otra completamente terrenal, interesante para las personas no creyentes.

Aunque la preceptiva de aquellos días mandaba que el protagonista al final abrazaba el martirio de la cruz, el escepticismo de Barrabás duraba hasta el final y le hacían rebatir a esos primeros cristianos, no siendo el villano.

Buenas calles: Harvey Keitel como Judas

Quinn había dado no pocas claves al equipo de Scorsese. Ladrón, asesino, falible y con humanidad, su personaje terminaba argumentando que, acorde con la creencia de aquella incipiente secta por los rincones de Jerusalén, él apenas había sido el instrumento de un plan mayor. Si aquel sabio rabí ha muerto por la redención de todas las almas, ¿no incluía eso a la suya? ¿Por qué debía ser censurado o juzgado culpable cuando aquello excedía a su pobre existencia?

Esa jugada se repite en La última tentación de Cristo. Harvey Keitel encarnó a Judas Iscariote, el vilipendiado discípulo que se vendió por 30 monedas de plata. Siendo un monaguillo descendiente de sicilianos por Little Italy, convencido de que solamente se podía ser gánster o sacerdote cuando fuera mayor, el pequeño Martin se olía gato encerrado. En todo caso, acorde con los goodfellas que observaba desde la ventana, el renegado debió pedir un precio mayor.

Por eso, casi recorriendo las sendas gnósticas del llamado Evangelio de Judas, Keitel compuso en él al alumno más cercano a las enseñanzas de Jesús. En el mejor de los casos, el film muestra un vínculo confuso y es hasta razonable entender los vaivenes por los que su alianza pasa. Dafoe muestra esta metamorfosis tras la resurrección de Lázaro, el instante donde empieza a comprender realmente la magnitud de sus poderes. Por su parte, Keitel es el voluntario entusiasta de una revolución, capaz incluso de eliminar a su líder si siente que se desvía de la tarea.

Al igual que el Barrabás de ese péplum que le había llenado los ojos, el Judas de Keitel rebosa humanidad e imperfección. Es sumamente fácil empatizar con ellos. Con todo, las más fuertes emociones del cóctel estaban reservadas a otro personaje capital.

Victor Argo, Willem Dafoe y Harvey Keitel en La última tentación de Cristo.
Victor Argo, Willem Dafoe y Harvey Keitel en La última tentación de Cristo.

La última tentación de Cristo: Barbara Hershey

Solamente podía ser ella. Hershey le había regalado aquel libro de un escritor ortodoxo, probablemente consciente de que iba a ser la chispa de un gran fuego cinematográfico. Martin Scorsese no vaciló a la hora de darle el relevante papel de María Magdalena. La Virgen María sería encarnada por Verna Bloom. Con mucha sagacidad, Rubén de la Prida ha afirmado en Los diez mandamientos de Martín Scorsese (2024) que el célebre director no deja de caer en el tentador tópico del artista masculino al buscar a sus musas: o son seres virginales o caen en la prostitución.

Este es un rasgo que está latente en su propia formación religiosa. La misma que llevó a otra celebridad como Madonna a reaccionar con unas sensatas reflexiones: no mostrar ningún desagrado ante la posible figura de Jesús de Nazaret y su mensaje, pero sí una sensata distancia ante cualquier clase de organización religiosa que no esté abierta a autocuestionarse y permitir a sus fieles explorar nuevos caminos.

Una mirada femenina de sumo interés que casaría con la ficticia arqueóloga Sharon Golban, interpretada por Olivia Williams, en la infravalorada The Body (2001): ¿y si hubo un rabí de excepcional compasión del que todos podríamos aprender de su filosofía? En caso de no haber sido un ser divino, ¿habría que rechazar por eso lo positivo de su ejemplo?

La composición de Hershey no es precisamente edulcorada. Al igual que Dafoe o Keitel, da muchas aristas a una figura archiconocida. Al comienzo de La última tentación de Cristo, reprocha al carpintero de Nazaret que con su trabajo está ayudando a los romanos cara a poder infligir la terrible condena de la crucifixión. Fascinado de joven por La túnica sagrada (1953), Scorsese estaba colocando sus propias piezas para acentuar una dicotomía.

Barbara Hershey en La última tentación de Cristo.
Barbara Hershey en La última tentación de Cristo.

La última tentación de Cristo: leones y corderos

Sin Thelma Schoonmaker, maestra del montaje, las películas del genio detrás de Casino (1995) ocuparían un lugar menos destacado en el Olimpo del cine norteamericano. Es un hecho admitido sin rubor y con inteligencia por parte del propio Scorsese, el cual reconoció que sus viajes para Marruecos y otros lugares exóticos (nos referimos bajo su punto de vista de un muchacho neoyorquino) lo tuvo demasiado alejado y dependiente de conexiones telefónicas con la editora que mejor le entiende.

Curiosamente, en las reformulaciones y ediciones finales hallamos algunos de los momentos más sensibles y delicados de un director de tanta calidad como dureza. Por terroríficos que sean los golpes en Toro salvaje (1980), lo que causa auténtico pavor es la violencia doméstica de Jake LaMotta. El prototipo de relaciones sentimentales en el cine del italoamericano alcanza la perfección en las interpretaciones de Lorraine Bracco y Ray Liotta en Uno de los nuestros (1990). Es decir, mundo rudos, patriarcales, ásperos y donde la mujer debe armarse en aras de la mera supervivencia.

Acostumbrados a esa clase de diálogos y puestas en escena, sorprende la delicadeza con la que Hershey hace recordar la infancia de su personaje con Jesús. Un vínculo de suma ternura y con una de las declaraciones de amor más bellas en su filmografía: “Tú eras todo lo que yo quería”.

Mucho antes de que Dan Brown levantase ampollas con su best seller, ya hubo un producto de la cultura de masas que, si se permite, era incluso más audaz en su planteamiento, insertando auténticas dosis de teología por el camino. El deseo de terminar formando un hogar con María Magdalena se configura como algo que va más allá de una tentación. Es un anhelo humano con el que es sumamente comprensible.

La última tentación de Cristo
La última tentación de Cristo.

La última tentación de Cristo: círculos en el desierto

Hay algo tenebroso en el mero concepto. Utilizar una herramienta propicia para la construcción como las piedras para lastimar atrozmente a otro ser humano es perverso desde su concepción. Que hubiera un tiempo donde al hombre más “honesto” se le diera el “honor” de tirar la primera piedra sobre la pecadora provoca escalofríos. A buen seguro, Scorsese recordaba el rostro de horror de Anthony Quinn en la escena de Barrabás donde un antiguo amor suyo de Jerusalén, interpretada por Silvana Mangano, era apedreada hasta la muerte por la “buena” ciudadanía.

Actores como Rafael Álvarez “El Brujo” han dedicado no pocos pensamientos al célebre episodio donde Jesús se entretiene dibujando para calmar a una muchedumbre antes de cometer otra atroz lapidación. Como en la performance de un ilusionista, parece intuirse el componente del mago que quiere mover al ojo del público hacia un lado de la pista antes de efectuar su sortilegio. En La última tentación de Cristo, Dafoe tiene la oportunidad de recrearlo, en este caso con un círculo, para salvar al personaje de Hershey. Es un momento plagado de tensión, donde la muchedumbre, algo que Scorsese maneja bien, parece un animal sediento de un baño de sangre.

Una espada de Damocles irónicamente latente en algo que debería elevar el espíritu. Si las religiones pueden elevar a la compasión o el crecimiento, no es menos cierto que históricamente pueden adulterarse en guerras santas, castigos atroces o una nula capacidad de admitir la más mínima objeción. Ese pánico está latente en el rostro de Dafoe cuando desafía al “hombre puro” a que tome la primera piedra. Una pena desproporcionada que parecía hallar un oscuro placer en el sexo femenino: la adúltera, la blasfema, la desviada, etc.

Cuando marche al desierto, el protagonista de la cinta de Scorsesese encierra en otro círculo de soledad.

La última tentación de Cristo.
La última tentación de Cristo.

Nietzscheano

Adulterar los mensajes ajenos es relativamente sencillo tras la muerte. La intelectual alemana Therese Elisabeth Alexandra Förster-Nietzsche supo hacerlo con su célebre hermano en aras de hacer casar mejor su filosofía con el incipiente movimiento nazi en Alemania durante la década de los treinta del pasado siglo. Dotado de una poesía sumamente especial en sus tesis, Friedrich dejó metáforas tan fascinantes como las que parecen alumbrar los pasajes en el desierto de La última tentación de Cristo. De igual manera, escondía sus demonios: “No olvides tu látigo” solía decir sobre la relación de los hombres con las mujeres, si bien, como analizó Betrand Russell, esas fanfarronadas machistas no dejaban de esconder su propia frustración en la relación con ellas.

De cualquier modo, el Nietzsche más brillante sí parece flotar en el círculo que Dafoe traza para sobrevivir en ese paisaje que ha inspirado a muchas fábulas: desde Lawrence de Arabia a Paul Atreides. El filósofo teutón habló del camello, el león y el niño recién nacido para hablar de la formación del espíritu. El Jesús de Scorsese ha cargado con ser un papel que todavía no comprendía bien. Posteriormente, estalla contra los mercaderes del templo como una fuerza destructiva, un león con espada. Pese a ello, nada de eso llegará a buen puerto sin un alma creativa, el espíritu liberado de los propios demonios.

El propio Scorsese afirmó haberse inspirado en Gandhi, entre otras personalidades célebres. Algo lógico, puesto que incluso del dirigente más sobresaliente de la resistencia pacífica contra el dominio imperial británico no queda exento de varios rincones oscuros en su biografía.

Un volcán del que no está exento el Judas de Keitel. Heroico y apasionado a la hora de enfrentar a la ocupación romana, asistiría indiferente a la lapidación de una mujer adúltera.

La última tentación de Cristo.
La última tentación de Cristo.

La última tentación de Cristo: llamas

Volviendo a fray Guillermo de Baskerville, hay que saber diferenciar entre lo que contemplamos y aquello que anhelaríamos ver, nuestro sesgo de confirmación. La última tentación de Cristo, como su propio nombre indica, habla del postrero de los anzuelos lanzados hacia la figura de Jesús de Nazaret, una oferta que escapaba de los fabulosos reinos o las riquezas materiales. Irónicamente, en esta versión cinematográfica, anidaba una posibilidad mucho más tentadora: la opción de no morir en la cruz, de vivir un amor honesto, envejecer con una familia afectuosa.

La escena del encuentro íntimo del protagonista con la María Magdalena de Hershey bien puede ser una de las más elegantes jamás filmadas por Scorsese. Se trata de un fugaz instante de complicidad para plantear ese futuro donde el Mesías termina teniendo unos hijos a los que ama y con los que alcanza otra faceta de la humanidad. Sin embargo, cual Claudio Frollo, el archidiácono de Notre Dame en la célebre novela de Víctor Hugo, hay quienes únicamente quieren ver arder a Esmeralda.

“Quisiera ver quemada la película de Scorsese y a lo mejor a él también” llegó a afirmar Franco Zefirelli, colega de profesión del italoamericano. Algunas proyecciones del film en el sur estadounidense fueron abortadas por pánico a posibles disturbios o incluso atentados. ¿Tal poder tenían unos fotogramas? ¿Había algo subterráneo en aquella ternura exhibida por las actuaciones de Hershey y Dafoe o eran los espejismos creados por el fanatismo internos quienes conjuraban a las presuntas figuras demoníacas?

El What If…? planteado resulta tan atractivo que se hace muy corto su desarrollo, si bien estamos frente a un metraje extenso. La idea de un Jesús maduro contemplando la destrucción de Jerusalén o su conversación con Pablo son tan sugerentes como atractivas para la persona creyente o no.

La última tentación de Cristo.
La última tentación de Cristo.

La última tentación de Cristo: conócete a ti mismo

A medias con el jesuita Antonio Spadaro, Martin Scorsese ha firmado recientemente Diálogos sobre la fe (2025). No en vano, él en el pasado había estado apuntado en el seminario y, antes de conocer el lado más oscuro de las adicciones en las calles, coqueteó seriamente con ser un sacerdote. Esa frontera entre dos realidades, también expuesta en El padrino III (1990) de una forma sugerente y mucho más laica, posee no pocos vasos comunicantes.

“Para conocer mejor a Jesús”. Esa fue su respuesta a la primera reunión en serio con la United Artist para filmar este trabajo. Quienes sigan a Scorsese, saben de sus pocos pelos en la lengua al criticar fenómenos tan populares como lo superheroico. De igual manera, no se le caían los anillos por atacar a Ben-Hur (1959), una obra maestra donde el apartado espiritual era tan disfrutable como el disfuncional romance oscuro entre el romano Mesala y el protagonista. Él ansiaba hacer un estreno neotestamentario que se alejase del glamour de aquellas grandes producciones, de una luminosidad divina.

Lo fascinante del asunto es que hay se coloca una involuntaria venda, la misma que muchas hordas furibundas frente a su magnífica La última tentación de Cristo. Se puede disfrutar de Endgame (2019) y seguir admirando Taxi Driver (1976). Si bien él mismo ponía el foco en el apartado cristológico, una persona nada religiosa puede quedar fascinada ante lo montado por Thelma Schoonmaker y la experiencia musical brindada por Peter Gabriel (con unas influencias que abarcaban todos los continentes).

A la altura de 1988, haber visto un pase del controvertido estreno protagonizado por Dafoe llevó al obispo de New York a regalarle la novela Silencio a Scorsese, quien volvería a sentir un flechazo artístico que lo arrojaría a otra cinta mística décadas después.

La última tentación de Cristo.
La última tentación de Cristo.

La última tentación de Cristo: el viaje a Ítaca

Rodar en la cordillera Atlas. Visitar al legendario Marlon Brando en una remota isla de su propiedad. Ver cancelarse el proyecto y luego recobrar bríos con capital extranjero. Roger Ebert, el reputado crítico cinematográfico, afirmó que rara vez había visto una pieza tan desafiante como La última tentación de Cristo. Indudablemente, para Martin Scorsese y equipo fue asimismo una experiencia extenuante, aquella que había comenzado con una cortesía tan aparentemente anecdótica como el obsequio literario de Barbara Hershey al director.

La fe y lo terrenal se dieron la mano en no pocas ocasiones. Rodando un muy bien pagado (y sofisticado) sport publicitario para Armani, Scorsese se encontró con las buenas noticias de que volvía la financiación. Al final del día, más allá de los fundamentalismos, una de las reflexiones más inteligentes sobre este fenómeno vino de boca de la propia Hershey, mucho tiempo después: “Lo que quería Marty era una obra que llevase a la gente a debatir frente a un buen café“.

A buen seguro, Nikos Kazantzakis se hubiera sentido halagado de que una actriz emergente de diecinueve años calificase como touching una historia donde había sufrido y sentido compasión por el protagonista. Sorprende poco que tuviera un papel de secundaria de lujo en otra obra espiritual como Cisne negro (2010), bajo otra cámara tan amante de lo bíblico como la de Darren Aronofsky. Y es igualmente predecible lo mucho que se la echa de menos en el tercer acto de La última tentación de Cristo, siendo sustituida con excesiva premura.

Suele decirse que incluso el ser humano más abyecto puede ser sensible con sus propios dolores o méritos. No obstante, hace falta verdadera sensibilidad para apreciar el talento ajeno. Mientras compartían experiencia como Roger Corman, Hershey supo que Martin Scorsese iba a ser un futuro cineasta, uno entre un millón. Ella, criada en una familia que hundía raíces en el credo judío y presbiteriano, supo que aquel antiguo monaguillo debía contar esa historia.