‘Cupido’, un flechazo de nostalgia

Sergio Márquez

Para hablar de Cupido es necesario analizar nuestro presente y echar la vista atrás uno años. Mucho ha cambiado desde la irrupción de un sello editorial como la extinto Laberinto hasta el día de hoy.

La explosión del género de superhéroes en el cine, así como la popularidad de multitud de productos televisivos y su extrema mercantilización, ha llevado al fenómeno fan al mainstream. En un mundo en el que el cachitas de gimnasio de turno lleva una camiseta del Capitán América, y la niña bien más melindrosa tiene en su estantería la serie completa de Juego de Tronos o una colección de muñequitos Funko, la figura del friki se ha diversificado muchísimo.

Ahora puedes hablar de la trilogía del Caballero Oscuro con tu vecino de arriba (sí, ese que tiene el escudo del Real Madrid en el felpudo), o de la nueva de Star Wars con tu compañera de trabajo (ya sabes cuál, la de la manicura francesa). Y aunque (bromas aparte) esta democratización de la cultura pop tenga sus puntos positivos, también despoja a algunos de una antigua noción de exclusividad.

Con espíritu de fanzine

A finales de los años 90 y principios de los 2000, por ejemplo, ser friki era otra cosa. O al menos tenía unas connotaciones distintas. El fanático de los cómics o del cine de género tenía acceso a una plétora de historias cojonudas totalmente desconocidas para el gran público. Este secreto compartido por unos pocos les otorgaba un encanto outsider que solía ir de la mano de ciertas inclinaciones estéticas, musicales, e incluso filosóficas.

Iberia Inc. de Carlos Pacheco y Rafa Marín ¿Alguien pensaba que en España no había superhéroes?

Lo sé, no hay postura más ridícula que la del pureta. Aun no queriendo caer en ella, no puedo evitar, cual cupido, romantizar la época en la que un montón de grupos de amigos buscaban sonar como Nirvana, y cualquiera al que le gustase dibujar quería hacer su propio fanzine.

De este caldo de cultivo se nutrió Laberinto, un sello editorial lanzado por Planeta DeAgostini en 1996 (cuando algunos estábamos todavía cursando la E.G.B.) con intención de impulsar a autores de cómic español con la actitud de moda.  En su corta trayectoria de apenas tres años, tuvo un éxito relativo gracias a títulos tales como Gorka, Iberia Inc., o Desafío.

Levitas y pistolas

Otro cómic que recuerdo con nostalgia, y que reúne todas estas características de las que os vengo hablando, es Cupido, de Oriol Roca.

En él se nos cuenta una historia frenética en tres números de apenas veinticinco páginas. El protagonista es un justiciero asesino que se viste de cura y firma sus trabajos con un as de corazones perforado por una bala.

En estas que un empresario corrupto se trae una serie de negocios sucios con un constructor con influencias políticas. El trato debe quedar en el más absoluto secreto, claro. Sin embargo, el constructor admite haberle hablado del tema a un cura confesor. Este pequeño desliz le cuesta la vida.

Posteriormente, el villano ordena a sus dos matones que encuentren al párroco en cuestión, y lo maten. La mala suerte se ceba con Cupido cuando se ve envuelto en este asunto y acaba arrojado por un barranco.

Cupido de Oriol Roca
Cupido de Oriol Roca

La caída no lo mata, pero sí altera su memoria. Ahora se cree un cura de verdad, y así, magullado y dolorido, termina en un seminario donde se están realizando unas jornadas de tolerancia religiosa entre varios representantes del catolicismo, el judaísmo y el islam. El resultado de semejante embrollo es una violenta sangría, de la que Cupido intentará escapar con vida.

Oriol Roca nos cuenta una historia blasfema, irreverente y violenta, con el aspecto de un cómic hecho con pocos medios pero muchísimo entusiasmo. Su estilo de dibujo simplista y cartoon, y su aire noir, recuerda un poco al de Bruce Timm (quizá con algo del de Steve Dillon en El Predicador).

Actualmente Cupido puede conseguirse de segunda mano por internet, en formato grapa. Veinticuatro años después de su publicación no pierde encanto, y retrotrae a unos tiempos en que las cosas eran, si no mejores, decididamente diferentes.

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