‘La peor persona del mundo’: la esencia escondida bajo la piel que debe mudar

El aclamado director noruego Joachim Trier vuelve a los cines con una joya audiovisual incuestionable. De la mano de Eskil Vogt, común compañero de viaje en sus guiones. Ambos componen una historia introspectiva exquisita. Envuelta en una atmósfera visual y sonora inmejorable. Con ello, La peor persona del mundo consigue dos nominaciones en los Premios Oscar 2022. Mejor Guion Original y Mejor Película Internacional.

Julie es la protagonista del filme noruego. Aunque no tanto de su propia historia. Sentada desde la butaca observa su vida pasar mientras el tiempo se le escurre entre los dedos. Una mujer en la treintena inmersa en una sociedad posmoderna y neoliberal. Con dudas existenciales que la acucian a cada instante, haciéndole cuestionarse cada decisión. Desde qué trabajo escoger, hasta si ser madre o no.

Renate Reinsve en La peor persona del mundo.
Renate Reinsve es Julie en La peor persona del mundo.

El carpe diem posmoderno. El aquí y ahora más fútil.

La sociedad retratada en la cinta de Joachim Trier se compone de aspectos característicos de la posmodernidad. Julie, interpretada por una soberbia e imprescindible Renate Reinsve, vive inevitablemente inmersa en dicha sociedad. Sociedad que no solo constituye su forma de vida, sino su forma de relacionarse. Aspectos que directores como Charlie Kauffman representan a la perfección en películas como la reciente Estoy pensando en dejarlo (2020). O la impecable Olvídate de mí (2004), que aborda de forma singular las relaciones románticas y su aspecto más pesimista y a la vez realista. La decadencia de las relaciones que comienzan con una saturación cromática explosiva. Y terminan por difuminarse dejando los colores más fríos y vacíos.

Tono que el filme de Trier recupera de forma sublime. Con la construcción de una atmósfera repleta de individualismo y hastío que reseca la piel de Julie hasta escamarla. Construyendo cáscaras que van cayendo por su propio peso para intentar dejar al descubierto su verdadera esencia. Pero cada nueva capa trae junto a ella una nueva duda. Una decisión transcendental que podría suponer la bifurcación necesaria para encarrilar su futuro.

Renate Reinsve y Anders Danielsen Lie en La peor persona del mundo.
Renate Reinsve y Anders Danielsen Lie en La peor persona del mundo.

Esta sucesión de caminos sin terminar de explorar provoca en la protagonista una actitud de desencanto. La cual viene acompañada de una irracionalidad inconmensurable ante cada situación que experimenta.

El carpe diem que genera el impulso de vivir la vida con intensidad. De aferrarse a la brevedad de esa primera chispa encendida. Dejando de lado el resto de la mecha que nunca terminará de quemarse. ¿Qué es lo que quieres hacer? Como si Julie pudiera contestar a esa pregunta. ¿Cómo lo iba a saber? Vivir. En el aquí y ahora, en el presente más inmediato, en la cresta de ola. Hasta que inevitablemente la ola te deja caer y llega hasta la orilla. Aunque siempre quedará esa corriente de resaca que te devuelva al mar, brindándote la posibilidad de volver a subirte a la tabla sin mirar atrás. Del mismo modo que sin dejarte ver lo que te espera al otro lado.

La peor persona del mundo: Julie y las lágrimas de risa y dolor más sinceras

Renate Reinsve ha recibido el galardón a Mejor Actriz en el Festival de Cannes. Un merecido premio por su inestimable interpretación. La película se compone como una pieza audiovisual redonda. Sin embargo, no podría sustentarse sin el papel de Renate. El amasijo de emociones que construyen a Julie rueda a la perfección de la mano de la actriz.

La representación e interpretación de las emociones más primarias es una tarea compleja. Sobre todo, a la hora de transmitir el afecto a la audiencia que observa fríamente la pantalla. Sin embargo, gracias al trabajo de Renate, todo lo que siente la actriz en su propia piel es palpable para las personas espectadoras en sus butacas.

La peor persona del mundo.
La peor persona del mundo.

Incluso algo tan aparentemente trivial como el observar una puesta de sol. Y que los últimos rayos que quedan por ocultarse provoquen el llanto más natural e incontrolable en la protagonista. Acostumbrada a observar la vida a través de la pantalla. A vivir sumergida en constantes estímulos de ondas y mensajería instantánea. Que la alejan de los momentos irrepetibles que ocurren fuera de la red. La paradoja de vivir en el aquí y ahora, olvidando los pequeños detalles efímeros que no pueden ser grabados más allá de la propia memoria. Como ese recuerdo de aquella puesta de sol y sus tonos violáceos que te hizo llorar. Y que la simple evocación de este te vuelve a generar una emoción similar.

Las digresiones y su papel esencial para romper con la monotonía

El cineasta pone en movimiento el realismo desolador de Edward Hopper. Y añade puntuales digresiones diegéticas que enriquecen la cinta. Estas, además, se sumergen de lleno en el mundo interno de la protagonista. Transgrediendo así la forma de acercar a la audiencia al aspecto más introspectivo de la historia. Sin ser extravagante, pero tampoco anecdótico, el cineasta noruego consigue dar un toque genuino y casi experimental al relato más realista.

Para ello, lleva a cabo un despliegue exquisito de recursos audiovisuales. Regalando a las personas espectadoras una de las escenas más inolvidables. Secuencia donde se representa de forma espectacular la concepción de la inexorabilidad del tiempo. De la imposibilidad de controlar el fluir de la vida. Pero encontrar el resquicio necesario para zafarse del ritmo frenético en la que se haya una persona inmersa. Para ello, es imprescindible también el trabajo de Ola Fløttum en la música. Así como Kasper Tuxen en la fotografía. Una combinación elegante, sutil y precisa que crea una textura visual y sonora sinestésica.

La peor persona del mundo.
La peor persona del mundo.

La película funciona como un juego de espejos infinitos. Donde la audiencia puede verse reflejada viendo la vida de la protagonista en pantalla. Mientras que, a su vez, la protagonista es la propia espectadora de su vida. Y así sucesivamente. Como un bucle infinito metafílmico cuyo horizonte es inalcanzable. Desde un punto de vista más oscuro, Black Bear abordó estos aspectos también de forma sobresaliente. Subiéndose a esa tendencia más actual que busca los huecos inusitados dentro del mundo cinematográfico. Aquellos que llevan a la pantalla asuntos tan triviales como las relaciones interpersonales, y los envuelven en un halo genuino que absorbe a la audiencia ya no solo por el contenido, sino por la forma. Añadiendo además temas tan actuales y esenciales como el tabú sobre la menstruación, el mansplaining o el feminismo en general.

Una obra audiovisual imprescindible que da continuación a una filmografía excelsa como la de Joachim Trier. Donde la brecha generacional es reseñada de forma hermosa. Dejando fluir la cultura que emana de los libros. De esa narración literaria que te cuenta en tercera persona aquello que acontece. La película noruega se percibe como un objeto cultural que se aleja de lo tendencioso o mainstream. Una pieza imprescindible donde la audiencia puede sublimar sus deseos y dudas más ocultas, a través del séptimo arte. Así como acompañar a la protagonista y también espectadora, en el devenir de su propia vida.

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