Placebo: amapolas en llamas (Parte I)

El pasado día 17 de junio se cumplieron 25 años del lanzamiento del primer disco de Placebo. Mientras esperamos su octavo, mataremos el mono repasando su trayectoria musical hasta el momento.

Tras haber dado la vuelta al mundo varias veces durante más de dos décadas haciendo aquello que mejor se le da (ruido), la banda liderada por Brian Molko continúa resultando hiriente y hermosa a partes iguales.

Un ramillete de flores que abrasa con un fuego oscuro.

Pincha AQUÍ para leer Placebo: amapolas en llamas (Parte II)

Amapolas en llamas

Ya os adelanto que Placebo es, con diferencia, mi grupo favorito. Así que no esperéis demasiada objetividad en este artículo. Sentimiento sí, eso seguro, pues mi admiración hacia ellos emana de un lugar convenientemente atrapado entre mis costillas, palpitante y húmedo.

Os lo explico en pocas palabras: mi crianza fue indudablemente afectuosa, pero muy conservadora en determinados aspectos. A esta estricta moral heredada, mi yo adolescente le sumaba un carácter inseguro y una marcada tendencia hacia la introversión. Seguro que muchos sabéis de lo que estoy hablando.

Formaba parte, en definitiva, del público objetivo de una banda que hace rock por y para juguetes, si no rotos, definitivamente defectuosos. Los descubrí a los quince a años, a principios de los 2000, buceando entre música punk y sus derivados, cuando más los necesitaba.

Placebo nos enseñó, a mí y a una multitud de fans, que sentirse un bicho raro puede ser tan natural como constructivo, que éramos muchos, y peleones. Las aguas mansas suelen ser también las más profundas, y aunque la luz se vaya apagando a medida que uno llega al fondo, no están desprovistas de una cierta belleza (aun terrible).

Placebo es un antídoto contra lo normativo, un chute de autoconfianza para aquellos que no encajan. Un grupo especial, que no ha llegado a las cotas de popularidad de otros tales como U2, por ejemplo, pero que siguen llenando estadios allá por donde pasan.

Para empezar, vamos a repasar sus orígenes, así como sus primeros tres discos de estudio.

Subid el volumen.

Placebo.
Placebo.

Animales escénicos

Brian Molko nació en Bruselas en diciembre de 1972 (cuando David Bowie se hallaba en pleno Ziggy Stardust Tour). Su padre era un próspero banquero norteamericano cuyo trabajo obligaba a su familia a mudarse frecuentemente. Finalmente, se asentaron a unos cinco kilómetros al sur de la capital de Luxemburgo.

Fue ahí donde Brian pasó su vida escolar. De la Escuela Europea pasó a un colegio privado americano, donde permaneció hasta los diecisiete años. Desde los once este muchacho canijo y solitario demostró una cierta querencia hacia el arte dramático. En las funciones escolares, demostraba una confianza y un espíritu que escondía en cualquier otro contexto.

Mientras Brian ensayaba, un chico sueco tocaba instrumentos de percusión en la banda del colegio. Stefan Olsdal era su antítesis, alto y guaperas, dieciséis meses menor que él, y extremadamente popular entre sus compañeros.

Los dos muchachos apenas habían cruzado palabra pese a haber estado a escasos metros el uno del otro durante años. Y es que no parecía que tuvieran nada en común. Sin embargo, los dos cultivaron paralelamente un profundo amor por la música y los escenarios. Mientras Brian escuchaba a los Dead Kennedies, The Cure, Sonic Youth o Jane’s Addiction, Stefan se prodigaba entre ABBA, Depende Mode, Iron Maiden, o Slayer.

Molko y Bowie
Brian Molko y Bowie.

Maquillaje en el pub

Tiempo después, volvieron a encontrarse en un andén de la estación de metro de South Kensington, en Londres. Molko venía de pasar una noche de desenfreno con una antigua compañera del mismo colegio. Con la boca sabiendo a tabaco y un incipiente dolor de cabeza, fue ella quien reparó en un chico de casi dos metros de alto y con una guitarra a la espalda, que le era familiar.

A esas alturas, Brian estaba estudiando arte dramático en la Universidad Goldsmith y Stefan recibía una formación musical clásica en la Escuela Musical de Londres (conocida entonces como la M. I.). Tras una corta conversación, el primero invitó al segundo a verle actuar en un pub de Deptford, el Round the Bend.

Stefan Olsdal. Placebo.
Stefan Olsdal.

Dicho y hecho, unos días después, Olsdal asistió a un pequeño concierto en el que Brian cantaba (o se desgañitaba, más bien) y rasgaba una guitarra, acompañado a la batería por un tal Steve Hewitt. Y el resto, como se dice, es Historia.

Hewitt nació en Northwich, al sureste de Manchester, en marzo de 1971. Sus gustos musicales oscilaron durante su juventud entre bandas de rock y heavy metal clásico, y otras de un corte más indie. Autodidacta, daba clases particulares de batería mientras trabajaba como dependiente en la única tienda de guitarras de su ciudad.

En 1988, Steve se unió a la banda alternativa Breed, con los que tocó durante ocho años alcanzando una repercusión más que considerable. Entre tanto, siendo un enfermo de la música como era, realizaba bolos con otras bandas de amigos. Y así fue cómo conoció a Brian.

Ambos tocaron juntos en varias ocasiones, pero los compromisos de Hewitt con Breed impedían una colaboración estable. No fue así con Olsdal. El sueco se había pasado al bajo, por aquel entonces, intentando emular a Steve Harris, uno de sus ídolos. Desde aquel encuentro en el metro, Molko y él iniciaron una profunda (y prolífica) amistad que dura hasta hoy.

Steve Hewitt. Foto de Gilbert Blecken en 1997.
Steve Hewitt. Foto de Gilbert Blecken en 1997.

Primeros moratones

En 1994, las listas de discos más vendidos en el Reino unido era una combinación de pop prefabricado, hip hop y R&B importado de Estados Unidos, techno, y grupos de rock macho que bebían pintas de cerveza e iban al fútbol tales como Blur, Oasis, o Supergrass. Cuando Brian Molko y Stefan Olsdal comenzaron a hacerse un hueco en la escena londinense, lo hicieron con un sonido y una actitud que recordaba más a los primeros Manic Street Preachers o Suede, una cosa dinámica y electrizante, provista de un halo oscuro y una querencia a arañar tímpanos.

Las primeras composiciones de Molko podrían definirse como punk pop para suicidas en potencia. Por aquel entonces, el rock se había quedado huérfano con la muerte de Kurt Cobain y el declive posterior del grunge, y parecía estar en busca de su siguiente salvador. Placebo presentó su candidatura apelando a su viejo espíritu underground, adoptando una sofisticación y ambigüedad sexual heredada del glam rock y la violencia de su hijo anfetamínico, el punk.

Brian Molko, en particular, llamaba mucho la atención. Su aspecto andrógino unido a su actitud de pequeño chihuahua, siempre dispuesto a hundirte los colmillos, despertaba simpatías y antipatías por igual. También su pose de absoluta indiferencia hacia tu puta opinión. Y su estridente voz nasal, claro, con la que cantaba sus propias letras, que algunos consideraban vulgares y abiertamente ofensivas.

El grupo se llamó Ashtray Heart en principio, referenciando a una canción de Captain Beefheart.

Poco después, Molko y Olsdal se decidieron por Placebo, considerando gracioso que, en una época donde otras bandas se estaban bautizando con nombres de drogas, ellos se llamasen como una que no funcionaba.

Placebo tocó por primera vez en un local de Convent Garden, en enero 1995. En la batería estaba Robert Schultzberg, amigo y compatriota de Stefan. Ese mismo año grabaron su primera demo, Bruise Pristine, con el sello discográfico Fierce Panda, que se había hecho famoso recientemente gracias al single Caught by the Fuzz de los ya mencionados Supergrass.

Bruise Pristine hablaba acerca de una relación tóxica acompañada de una distorsión y unas guitarras que recordaban poderosamente a Sonic Youth.

Bruise Pristine, serene, we were born to lose…

Pero si algo estaba destinado Placebo no era a perder. Al contrario. Durante los meses siguientes estuvieron realizando conciertos por todo el Reino Unido, sorprendiendo a propios y extraños debido a su teatralidad y ambigüedad sexual.

Hasta que llegó el momento de grabar su primer álbum.

Placebo

El disco homónimo de Placebo se grabó en los estudios Westland de Dublín, y fue lanzado por el sello discográfico de Virgin en junio de 1996.

La infancia y adolescencia retrotraída habían dado paso a una juventud frenética en la que Brian Molko vivió en una espiral de sexo, drogas y rock ‘n’ roll. Placebo es un sumario acústico de todo ese desenfreno. Y en verdad que no cesa.

Come home es su primer tema, y comienza con un ritmo electrónico y machacón. Teen angst y Bionic continúan con la estridencia, acompañándola de una atmósfera opresiva y unos ecos propios de unos Bauhaus más melódicos e inmediatos. “None of you can make the grade”, repite Brian Molko una y otra vez, dejando entrever el triste trasfondo de sus hedonistas travesuras.

En 36 degrees nos refuerza la trágica visión que tiene de las relaciones amorosas y la vida en general, “waxing with a candlelight and burning just for you”. Al mismo tiempo, el ritmo que imprime le da un giro de lo más punkarra, mirando de frente a sus miserias y dedicándoles una carcajada desafiante.

Hang on to your IQ se toma un pequeño respiro en un lugar solitario para volver al tumulto de Nancy boy, el tema central del álbum. En este, Molko canta su particular versión del Queen bitch de David Bowie, celebrando su propia androginia a su surreal manera y enseñándole los dientes al que sea que le moleste.

I know vuelve a imprimir una cierta pausa con Schultzberg tocando el didyeridú además de la batería. En ella, Molko repite “I know…” una y otra vez, al estilo de algunos estribillos de Nirvana, seguido de unas rimas particularmente fatalistas. “I know… the past will catch you up as you run faster. I know… the last in line is always called a bastard”.

Después viene Bruise pristine, su primer single, con un sonido algo más pulido. Este es el último rayo de luz ultravioleta que ofrece el disco antes de sumirnos en la total oscuridad de Lady of the flowers y Swallow.

Para acabar, Placebo tiene una canción oculta que nos dice adiós con el latido de un corazón que duele acompañado de una sutil melodía de guitarra y piano, H. K. Farewell.

Without you I’m nothing

A principios de 1997, Brian y Stefan tuvieron una discusión con Robert que terminó por echar a este del grupo.

Para cubrir la vacante, solo había un nombre posible. Steve Hewitt había dejado de tocar con Breed a esas alturas, y se ganaba la vida como camionero. Así que pasó a formar parte de Placebo de forma permanente, formando su alineación clásica (y más sobresaliente).

Tras haber estado de gira y haberse consagrado como uno de los grupos más interesantes y prometedores de las Islas Británicas, tocaba encerrarse a grabar un segundo álbum en los Estudios Real World de Peter Gabriel, cerca de Bath.

Without you I’m nothing significó el primer cambio drástico en el sonido de la banda, que ya no recordaba tanto a Sonic Youth. Pese a no contar con una narrativa uniforme, relata una historia de corazones dolientes más allá del amor, del sexo, de las drogas, e, incluso, de la tumba.

Si Placebo es una fiesta destructiva, Without you I’m nothing es, sin duda, la resaca. Un disco propio del mes de octubre de 1998 en el que se lanzó, que mantenía el tono exhibicionista de su predecesor, pero con una capa más de melodramatismo y negrura.

Pure morning es la primera canción y el primer single del disco, dedicado a las mujeres amigas de Brian. “A friend in need’s a friend indeed, a friend with weed is better. A friend with breasts and all the rest, a friend who’s dressed in leather”.

Brick shithouse y You don’t care about us estallan con toda la rabia de Brian Molko, mientras que Ask for answers observa los escombros de un pesimismo narcisista que parece condenarle a la más profunda soledad.

Without you I’m nothing es la canción que da título al disco, un grito en el vacío al que no responde más que su propio eco, el desgarro de alguien a quien nada le importa el mundo o a quien le importa demasiado. “I’m unclean, a libertine, and every time you vent your spleen I seem to lose the power of speech. You’re slipping slowly from my reach, you grow me like an evergreen. You’ve never seen the lonely me at all…”. Brutal.

El vídeo oficial presenta a David Bowie cantando junto a sus alumnos más aventajados, que tanto le deben.

Allergic trae de vuelta la distorsión del primer disco para dejarla caer un momento después en The crawl, que se arrastra sobre las notas de un piano melancólico a través de un callejón en sombra.

Seguidamente, Every you and every me se levanta de un brinco para realizar un alegato narcisista y kamikaze: “Like the naked leads the blind I know I’m selfish, I’m unkind. Sucker love I always find, someone to bruise and leave behind”. Cruel y retorcida, esta canción es, quizá, la mejor y más conocida del grupo, una gota de tu veneno favorito, que deleita a la vez que mata.

My sweet prince vuelve al terreno de la melancolía, caminando entre los fantasmas que nosotros mismos creamos, a veces. Posteriormente, Summer’s gone es una lluvia fina que cae sobre todos esos espectros, realzando su brillo de plata.

Scared of girls nos recuerda de nuevo que estamos escuchando un disco de rock y nos invita a menear la cabeza mientras Molko nos relata algo de sus devaneos sexuales y de su búsqueda de significado entre cama y cama.

Burger queen es un poema patetista que cierra un disco magullado, escondiendo sus cardenales bajo una manta de seda negra.

La canción oculta, en esta ocasión, es Evil dildo, el cardiograma de un corazón roto por anhelos inalcanzables y violencia sexual.

Black Market Music

Placebo fue creciendo en fama y éxito, tocando las canciones de sus primeros dos discos hasta la saciedad. Llegados a cierto punto, sin embargo, comenzaron a hastiarse del mismo material.

Había llegado el momento de grabar un tercer álbum, esta vez en una variedad de estudios londinenses. Exorcizados unos cuantos demonios, seguramente, el trío se puso como objetivo realizar un disco puramente de rock (o su versión de ello). Y vaya si lo consiguió.

Black market music es un poco eso, una afirmación del carácter subversivo y marginal de la música rock en general. Una cosa de la que tan solo se habla en ciertos contextos, y entre susurros. Algo deseable y peligroso a la vez. Un producto de mercado negro, vaya.

Terminada la fiesta y pasada la resaca, toca reflexionar sobre lo ocurrido y sacar lo mejor de ello. Y eso es Black market music, mi disco preferido y la consagración internacional de Placebo. Provisto de la misma mordiente postpunk que se asocia al grupo, cuenta con melodías más digeribles y, si bien no es luminoso, digamos que lleva la oscuridad hacia la luz. Hasta la voz de Brian Molko suena algo distinta, más profunda y sensible, y menos urgente.

Days before you came nos introduce en este paraíso de hermosos desastres. Una vez adentro, entre las flores, nos hace una espídica declaración de amor: “Days before you came, freezing cold and empty, towns that change their name and a horn of plenty”.

Special K es otro de los puntos fuertes del disco, en el que Brian Molko nos describe sus sentimientos “weeping wounds that never heal”. Entre tanto, nos ofrece el subidón repentino de la ketamina y nos deja así, ingrávidos, en espera de nuestra siguiente dosis.

Que no es otra sino Spite and Malice, un tema que nos retrotrae a los Bestie Boys y su trepidante mezcolanza de punk y rap. En él participa Justin Warfield, el MC que es la segunda mitad de la banda californiana She Wants Revenge. Durante la canción se repite a menudo el viejo lema de MC5 “dope, guns and fucking in the streets”, que tanto se presta para mover el esqueleto y dejarse llevar por una decadente alacridad.

Passive agressive es otro ejemplo del carácter melancólico que acompaña siempre, para bien o para mal, a Placebo. Igual que Black-eyed, un lamento irrefrenable de Molko, con el que se muestra más vulnerable que nunca: “I was never loyal except to my own pleasure zone. I’m forever black-eyed, a product of a broken home”.

En Blue american continúa refiriéndose a sí mismo y a su tendencia a la depresión, que es también la de muchos de nosotros, en determinados momentos.

Slave to the wave nos muestra a un Molko algo más político que de costumbre, realizando una crítica mordaz a la sociedad de consumo en que vivimos, y describiéndola como “a race for rats to die”.

Commertial for Levi y Haemoglobin son dos advertencias que nos hace, sin moralina, acerca de circular demasiado deprisa y temerariamente por la vida. Entendiendo la fascinación que producen este tipo de conductas (y habiendo incurrido en ellas a menudo) nos insta a preocuparnos de seguir vivos (el clásico “no hagáis lo que yo hago”).

Narcoleptic, por su parte, es una de las canciones más hermosas de Placebo. En ella, torna una mirada triste al jardín de amapolas en llamas, por así decirlo. “It seemed a place for us to dream”.

Peeping Tom tampoco se queda corta, y da donde más duele. A veces podemos plantarnos delante del espejo y encontrar ahí algo que no nos gusta o de lo que, incluso, nos avergonzamos. La estética de lo patético vuelve en este autorretrato que Brian se hace, mostrándose como un indeseable mirón con tanta sed de afecto como tendencia a alejar de él a aquellos a los que observa.

Siguiendo con la tradición de las canciones ocultas, Placebo nos ofrece una última transfusión de sangre en la forma de Black market blood. En ella, un piano y un violín acompañan a la ominosa voz de Brian, relatándonos el último de sus cuentos acerca de muertos en vida.

Aquí lo dejamos

Así finaliza esta introducción a la discografía de Placebo.

Continuaremos repasando su trayectoria en dos artículos más.

En el próximo, toca repasar sus dos siguientes discos de estudio y su primer recopilatorio: Sleeping with ghosts, Meds, y One more time with feeling, respectivamente.

Hasta entonces, abrazos furiosos.

Pincha AQUÍ para leer Placebo: amapolas en llamas (Parte II)